Herencia maldita del panismo
Félix Fuentes
Ni en novelas de terror o películas de ficción hemos leído o visto atrocidades como las sucedidas en México en estos días. El abandono de 49 torsos, 43 de hombres y 6 de mujeres en el asfalto de la carretera de Monterrey a Reynosa, horroriza al mundo.
En tiempos aún recientes, nadie podía imaginar que en nuestro país hubiese seres humanos capaces de separar cabezas, brazos y piernas de cuerpos inertes o aún con vida, y sobre los restos dejar mensajes amenazantes a autoridades y adversarios.
¿De qué están hechos quienes así proceden y por qué se les adiestra en crueldad extrema? Todavía en este sexenio eran consumadas las venganzas con la muerte misma, sin llegar a la disección de cuerpos. Hoy causan terror mediante prácticas infernales que asombrarían al mismo Satanás.
Explica el falaz secretario de Gobernación, Alejandro Poiré, que las matanzas actuales se deben a pleitos entre las mafias por territorios para la venta de drogas. ¿Y para ejercer ese comercio llegan a tan dantescas prácticas?
En esto pueden estar en juego propósitos de extrema gravedad. Según los analistas estadounidenses George W. Grayson y Samuel Logan, en su libro El verdugo de los hombres, advierten que los Zetas amenazan el Estado de derecho mexicano y pretenden establecer un gobierno paralelo al nacional a fin de establecer rutas exclusivas en el trasiego de drogas.
Parece de fantasía ese paralelismo, pero vistas las conquistas de los cárteles ante el fracaso de la “guerra” de Felipe Calderón, no es descabellado que los Zetas amplíen sus zonas de dominio en entidades del norte del país, además de las ya poseídas.
Lo reconoció el secretario de la Defensa Nacional, general Guillermo Galván, en su discurso del 10 de febrero pasado. Afirmó: “…en algunas regiones del país, la delincuencia organizada se apropió de las instituciones del Estado… y diversificó sus ominosas actividades para despojar a la sociedad de lo que por derecho le corresponde, generando un clima de violencia inusitado”.
No fue una mera profecía. Galván sabía cuánto nos esperaba, visto el poderío de los Zetas. Los mencionados escritores de Estados Unidos señalaron: “No tiene precedente ni forma ni razón el reguero de sangre que hay en México, [y] afecta directamente el panorama político”.
Sin embargo, Calderón sostiene lo contrario y en su lavado de culpas afirma que los 60 mil muertos de su sexenio se deben a enfrentamientos entre las mafias. Ni en cuenta toma, entre otros homicidios colectivos, a los 72 inmigrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas.
Nadie sabía hasta el martes pasado, ni el presidente, a quiénes corresponden los 49 torsos lanzados en la carretera de Monterrey a Reynosa y los otros cinco torsos descubiertos en un refrigerador industrial cerca de Chapala, Jalisco.
En medio del terror extendido por la república, la candidata panista, Josefina Vázquez Mota, hizo promesas inverosímiles en Tamaulipas, Veracruz y Nuevo León, de que va a sacar a la delincuencia de esas entidades. A gritos, como perdedora desesperada, presumió mucho valor y no tener compromisos con las mafias.
Causa pena. Ni ella ni nadie acabarán con los cárteles en el próximo sexenio. Vicente Fox y Felipe Calderón los dejaron crecer tanto que subsistirán por mucho tiempo. Es la herencia maldita del panismo.
Aparte de sus fatuos compromisos, Vázquez Mota debiera bajarle a sus gritos y pensar en cuanto dice, porque el hampa no perdona. Y si ella no está comprometida con las mafias, ¿tampoco sabe quiénes sí lo están? O si lo sabe, ¿por qué no los denuncia?
