Gonzalo Valdés Medellín
Ofelia Medina, Norma Lazareno, Plutarco Haza y un buen elenco dan vida a una de las piezas emblemáticas de Tennessee Williams: Dulce pájaro de la juventud, bajo la dirección de Marta Luna, legendaria directora mexicana quien sin duda parece ser la rectora idónea para esta puesta en escena, desde su estreno en Broadway en 1959, muy controvertida, integrándose a lo que puede verse como El teatro maldito de Tennessee Williams; un teatro que no ha sido superado —ni en forma ni en fondo— hasta la actualidad y que continúa vigente y coherentemente engarzado, desde el realismo psicológico, a nuestro presente, al subconsciente colectivo (mal llamado “imaginario colectivo”, pues no es “imaginario”, el subconsciente revela realidades).
Presentada en gira por el interior de la República, esta nueva versión de Dulce pájaro de la juventud ha vuelto a ser pasto de aquello de lo que fue víctima el teatro de Williams en algunas de sus translaciones al cine (caso de La gata sobre el tejado de zinc caliente y De repente en el último verano, para poner los dos ejemplos más claros de censura a la que se enfrentó este dramaturgo cediendo, aun a riesgo de sí mismo y de su propia obra, con el fin de ir más allá de las cuatro paredes de un escenario y transgredir fronteras a partir de la industria fílmica).
De nueva cuenta y presuponiendo que estos tiempos ya no permiten que el teatro toque temas escabrosos desde la plataforma de la comercialidad sedentaria, esta versión cambia la cuestión sexual del protagonista —que en el original de Williams es castrado— por una versión acaso más edulcorada y menos “agresiva”.
El estudioso Forster Hirch en un larguísimo, complejo y completo ensayo sobre la obra del autor de Un tranvía llamado Deseo escrito en 1979, cita al crítico Robert Brustein quien señaló: “El pájaro no sólo representa la pureza sino… el órgano sexual masculino. Si el pájaro es una imagen fálica, entonces la dulzura y juventud de Chance (el protagonista) están asociadas con la sexualidad y su pureza sólo termina cuando se le castra…”. Sin embargo, la obra siempre ha querido ser presentada al gran público como el melodramático amor-pasión de una actriz madura por un prostituto que aspira al estrellato hollywoodense, y no como la gran metáfora del semental castrado, castigado por su osadía sexual en una sociedad intolerante, que sin duda fue la intención fundamental del dramaturgo. Elizabeth Taylor llevó esta historia a un telefilme en los años noventa con muy poco acierto, en un tratamiento convencional y poco inteligente. Rascón Banda halló miga argumental en este Dulce pájaro… para la escritura de El deseo que justamente representó Ofelia Medina, intérprete ahora de la coprotagonista Alexandra del Lago, uno de los personajes claves en la dramaturgia de Williams. Hoy el teatro comercial —superfluo y mediático— vuelve a la obra de Williams con mucha “precaución” para no asustar ni —dicen— “deprimir” al público, suprimiendo la castración del protagonista, que constituye la médula del drama mismo. ¡Qué cosas!, ¿verdad? Es increíble que a estas alturas del siglo xxi el moralismo pacato disfrazado de “compasión sociológica” (¿o de qué?) siga impidiendo que la obra del gran maestro del teatro del siglo xx sea vista tal cual y sin censura.
