Juan José Reyes

Carlos Fuentes fue un escritor formidable, asombroso. Muchísimas de sus páginas seducen al lector tal vez más que por lo que dicen sino por cómo dice las cosas, la vida, los momentos, los instantes de la vida de sus personajes. Fue un hombre que supo estar a tono, comprender cabalmente la tradición en varios sentidos: la de las letras españolas, la de la historia mexicana, la de la literatura de su patria. Asimiló y se asimiló en esa tradición para romperla numerosas veces, desde una clara inteligencia y a partir de la posesión de un único poderío verbal entre los narradores. Fue un hombre cultísimo, que lo mismo conoció la filosofía que la historia, las letras que el cine, las artes plásticas que la música. Como escritor, cultivó con espléndida fortuna todos los géneros, con obras centrales como las novelas La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Las buenas conciencias, Aura, Una familia lejana, Terra Nostra hasta las más recientes, entre las que descuella La voluntad y la fortuna, o los relatos de (el que puede ser su mejor libro) Agua quemada, o los cuentos de Cantar de ciegos, o la pieza teatral El tuerto es rey, o los ensayos de Tiempo mexicano y El nuevo tiempo mexicano, o los reportajes periodísticos, como el dedicado al Mayo francés o al crimen contra Rubén Jaramillo (que apareció por primera vez, si no recuerdo mal, en estas páginas de Siempre!).

Lo suyo más propio era la expresión. Recuerdo que lo entrevisté una tarde, en su casa de San Jerónimo, al sur de la Ciudad de México. De inmediato puso, junto a la grabadora que llevé, una botella de Chivas Regal, una hielera retacada de hielos, dos vasos y una jarra de agua. Sirvió dos jaiboles y me miró atento. Tres horas después, Carlos Fuentes seguía hablando, con entusiasmo e inteligencia indeclinables. Se hizo de noche y los dueños de la casa esperaban invitados a cenar. Con discreción Silvia Lemus, periodista enterada y esposa del escritor, pasó dos o tres veces delante de nosotros, preparando la mesa y otras cosas para la reunión. Llegada la noche no aguantó más y de plano nos interrumpió. Le recordó al marido a sus invitados. Entonces Carlos Fuentes pareció salir de un encantamiento. Guardó silencio unos segundos, sólo para decirme: “Pero, te quedas, ¿no?”. Yo sonreí, con agradecimiento y algo parecido al horror. “Al cabo, mira, los que vienen son Luis Villoro y Víctor Flores Olea, y a los dos los conoces desde niño”. Era cierto pero no bastaba para que la cosa dejara de parecerme demasiado cuesta arriba. Sonó el timbre. Me levanté. Cogí la grabadora de la mesa. Di un sorbo a mi vaso. Fuentes me pidió que lo acompañara a abrir, sin escuchar que yo comenzaba a despedirme. Eran Villoro y Flores Olea. Se abrazaron el anfitrión y los invitados, quienes de seguro agradecieron mi insistencia en que yo ya me iba. Fuentes me dio un abrazo entonces. Aquella fue la última vez que pude verlo.

La entrevista apareció en un suplemento cultural y al día siguiente gente del ABC madrileño habló al diario donde se publicaban aquellas páginas y compró los derechos. Fuentes había estado brillante, sin duda, reconocí, pero no era para tanto: ¿cuántas entrevistas daba en un año? ¿Cuántas entrevistas suyas aparecían ante los lectores de lengua española, de Francia, de Estados Unidos, de Inglaterra, de Italia? Era una figura mundial, como ningún otro mexicano, salvo, claro está, Octavio Paz.

Quien quiera entender plenamente la obra de Carlos Fuentes ha de conocer la de Octavio Paz. Bien puede ser esto un lugar común, pero tengo la impresión de que quizá se haya dicho demasiado y ha dejado de recordarse. A la vez, Fuentes no paró de escribir. Su obra asombra tanto por su calidad como por su cantidad. Fuentes fue un prodigio de disciplina y de condición física, aparte del genio que tan a menudo supo desplegar y de los conocimientos que atesoró y reprodujo sin pausa. La magnitud de su obra tal vez contribuya a difuminar el peso de sus influencias primeras. Entre ellas la de Paz es fundamental.

Si no detuvo nunca su escritura, cosa igual hizo con su lectura Carlos Fuentes. Es claro que leyó con atención y rico provecho El laberinto de la soledad, luego de haber cursado por muchísimas páginas de Alfonso Reyes sobre México. En la obra de Paz, Fuentes supo ver la novedad. Descubrió que algo muy importante cambiaba en el país con la aparición de aquel libro. Si otros trabajos habían traído al pensamiento nacional las herramientas más novedosas para tratar de interpretar la realidad del país y de “lo mexicano” (muy especialmente los del grupo Hiperión, y sobre todo entre ellos el de Emilio Uranga: Análisis del ser del mexicano), el de Paz, que es en esencia un ensayo literario (del que salen vertientes varias: históricas, psicológicas, políticas, antropológicas) que sitúa a México en la modernidad. Lo hace por sus dimensiones intelectuales, como no hay duda, y acaso más aún por la altura de estilo. En su lectura es muy probable que Fuentes haya terminado de convencerse, siendo aún muy joven, que el ensayo literario mexicano (y, por legítima ampliación, la literatura toda) había dado el brinco que la obra de Alfonso Reyes había comenzado tan feliz y brillantemente. México dejaba de ser una provincia. El mexicano, cualquiera que fuera su carácter, había dejado de ser un mero espectador, un ente pasivo delante de los lujos y prodigios que venían de Europa y los vecinos del norte. Aquel ambiente donde la cultura mexicana parece despuntar hacia su nuevo espacio quedaría reflejado, aún en los años cincuenta, en la primera novela de Carlos Fuentes, aquel fresco enorme y abigarrado que se llamaría, en honor de Von Humboldt y de don Alfonso, La región más transparente. La novela es, entre varias otras cosas, el registro, en ocasiones caricaturesco, de los modos en que los mexicanos de una generación coquetean penduleando entre la verdad presunta de “lo auténticamente” nacional y lo cosmopolita. Aquella es la generación de Carlos Fuentes, el racimo de mexicanos universitarios, cultos que caía en cuenta de que había llegado la hora de dejar de ser “agachados”, de dejar de dormir la infaltable siesta. La generación que comenzaba a reírse del macho mexicano al tiempo en que lo denunciaba. La generación de Medio Siglo, la revista que fundaron Flores Olea, Muñoz Ledo, Javier Wimer, el propio Carlos Fuentes y otros, que terminarían en la vida política o en la universitaria o en las dos alternadamente. Había entonces que cambiar el rumbo del país. Luego de varios años la Revolución parecía desfallecer; su aliento no daba para mucho más, por el camino andado. Por eso aquel grupo recibiría con entusiasmo poco después las noticias de la revolución cubana y por eso sus integrantes saludaron con alegría la rebeldía de los movimientos del 68.

Desde los años de El laberinto de la soledad Carlos Fuentes supo que Octavio Paz tenía razón. Por primera vez en la historia eran los mexicanos contemporáneos de todos los hombres. Acostumbrado a vivir bajo otros cielos y en otras tierras desde la infancia (hijo de un diplomático, Fuentes nació en Panamá en 1928), el escritor se habitúa pronto a reconocer afinidades y diferencias. Conoce América del Sur —vive en Argentina a sus quince años—, viaja sin descanso, como haría hasta su muerte. Desentraña lo popular de cada sitio; por ejemplo, no tarda en convertirse en un diestro bailarín de tango, como recordó en su última entrevista.

No pierde su obsesión central: México y su historia. Si pronto escribe Las buenas conciencias, donde delata la hipocresía de la vida recogida de Guanajuato, se ocupa también de los años de la Revolución en La muerte de Artemio Cruz. Viaja sin dificultad a través de las invisibles paredes de la historia, en sus cuentos, en sus novelas. No se fija en fronteras, mas que para saltarlas. Así ocurre con su amada Ciudad de México, que reinventa en La región más transparente y que recrea de manera prodigiosa en los relatos de Agua quemada.

Toda esta reinterpretación histórica, imaginativa y sugerente, poblada de seres que llegan a menudo a convertirse en arquetipos, adquiere su formidable fuerza literaria gracias al poderío expresivo de Carlos Fuentes. También aquí podría encontrarse un paralelismo entre una línea de Octavio Paz y otra de Carlos Fuentes. Me refiero a un Octavio Paz que ha sido insuficientemente atendido por la crítica y los lectores en general: al autor de ¿Águila o sol?, en especial de una parte de aquellos poemas en prosa. Hay allí rastros surrealistas, sin duda. En las de Fuentes, sobre todo en su primera novela, no aparecen aquellos rastros con tanta claridad pero sí una particular explosión lingüística análoga. El denuesto, el juego de palabras, la imprecación, la apelación tanto a la lógica como al surgimiento del absurdo. Fuentes, autor también de la prosa narrativa más elegante y eficaz, amó la esencia de la lengua, amó las palabras, con delicadeza y vigor inusitados.