Juan Coronado

 Jaime Torres Bodet fue, sin lugar a dudas, un hombre de su tiempo, una figura ejemplar; representó al hombre de acción, al escritor y al intelectual fundidos en una misma imagen. Su tiempo histórico le marcó la ruta: ser parte de la construcción de una cultura nueva, la que estaba naciendo con la Revolución. Recibió muy de cerca el espíritu vasconcelista que era el fuego primordial del nuevo siglo, el orgulloso y prepotente siglo XX. Torres Bodet nace en 1902 y muere en 1974. Su ciclo vital recorre la mayor parte de ese siglo y lo vive con todas sus contradicciones y grandezas.

La historia de la literatura lo coloca en el grupo generacional de los Contemporáneos, pues comparte con ellos su primera formación en la Escuela Nacional Preparatoria, sus lecturas universalistas, su vocación poética y, en cierto sentido, la amistad que los llevó a la participación en revistas que estaban ayudando a la formación de un nuevo medio intelectual. Sin embargo, no comparte algunas de las actitudes del núcleo más cerrado del grupo, como la rebeldía estética y el desnudamiento de una nueva moral en las costumbres. En este sentido Torres Bodet se acerca más a la generación inmediatamente anterior, la de los ateneístas, como Reyes y Vasconcelos.

El poeta de Fervor se decide a continuar la tradición que viene de Nervo y Enrique González Martínez y no quiere ser un joven rebelde. Se sube al carro del espíritu vasconcelista para ser el constructor de una realidad cultural que el país nacido de la Revolución está necesitando. No se adhiere al ámbito individualista que otros miembros del grupo buscaban. En este sentido, Torres Bodet se quiere un escritor al servicio de una cultura social y no perteneciente a un cenáculo puramente artístico.

Sin embargo, el joven Jaime se acerca al espíritu rebelde de los miembros de su generación al lanzarse a la aventura de una nueva prosa. Los jóvenes poetas deciden sumergirse en el mar de una novela experimental que se está practicando en los ámbitos internacionales. Tres Contemporáneos deciden entrar al aliento proustiano y su “sombra de muchachas en flor”: Gilberto Owen y su Novela como nube; Xavier Villaurrutia y su Dama de corazones y Jaime Torres Bodet y su Margarita de niebla. La apuesta renovadora resulta radical para el primero, mesurada para el segundo y conservadora para el tercero.

Margarita de niebla (1927) es una obra que conjuga aires renovadores y conservadores sin que esto signifique una contradicción. Renueva el rumbo que seguía la narrativa por aquellos años, sobre todo el que marcaba el apego realista a los hechos históricos de la reciente revolución. Conserva el espíritu de la poesía que tiene ya una raigambre de siglos. Lo que hace el joven rebelde moderado es un cruce de caminos: lleva el caudal de la poesía a los carriles de la narrativa; construye una prosa poética; narra un tiempo que es imagen poética. Renueva la prosa para dejarla en el mismo lugar que ya tenía la poesía. Margarita de niebla es un poema narrado o un relato poético; no llega a ser una novela “moderna” como sí lo es Novela como nube (1926) de Owen.

La aventura narrativa (casi desliz) es abandonada pronto por los Contemporáneos, pero no por Torres Bodet quien logra escribir otras diez obras de este género. Con Sombras (1941) logra el texto más cercano a lo que sería una novela corta; deja atrás la prosa poética y logra atmósferas tan oscuras y tensas como las del chileno José Donoso, muchos años después.

La trama de este relato sigue una dirección lineal, no hay rupturas ni espaciales ni temporales. En este sentido, tiene la textura de un cuento romántico con formas modernistas en el sentido del trabajo exhaustivo con la palabra. El autor se ve aquí como un artesano que le saca “lascas” a su lenguaje para embellecerlo, para darle la ligereza de la poesía; su ritmo es lento, como el de un minueto; su “espíritu” es emotivo y etéreo, como el de una epístola amorosa decimonónica. Metáforas, metonimias, sinestesias, paranomasias y demás figuras retóricas desfilan muy orondas por esta “margarita” que se deshoja y reconstruye conforme avanza. Se narra la historia de un enamoramiento que se envuelve en la niebla de la poesía que sirve de filtro, como en las películas que quieren huir de la rasposa realidad. Un primer retrato del personaje nos lo describe así, “dentro de una cabellera de aire, una mirada de zafiro”. El tono de sublimación de la realidad aparece como una constante en todo el recorrido del texto. Se diría que el art nouveau ha sentado sus reales en estas páginas; su escritura es de buen gusto, estilizada, burguesa, frívola, amanerada.

Pero no sólo acumula Torres Bodet la tradición poética, Romanticismo, Simbolismo, Parnasianismo, Modernismo; también está al grito de la moda con el Vanguardismo: sus imágenes son muchas veces audaces, estridentes, surrealistas, acordes con el mundo de la velocidad y el mecanicismo de los nuevos tiempos:

 Tras de dudarlo mucho, el camino acabó por escapar de la red que se había tendido él mismo y, como una flecha, al golpear la montaña que hiere, queda vibrando en él la velocidad con que lo disparó hacia arriba el arco tenso de la llanura. (capítulo 7)

El final no es feliz y esto tuerce el camino de sublimación de la realidad para enfrentarnos con el gran castigo de los tiempos modernos, el aburrimiento, el hastío que se pega a la piel como grasa inmunda. Después de recorrer el espacio sublime de la poesía, la novela se enreda entre lo sucio de la realidad:

 Pero esta poesía de los puertos no se ha hecho para olfatos delicados. Sube del muelle un olor viscoso de mariscos y, tras de pulverizarlo, las grúas lo diluyen en la brisa.” (capítulo 12)

Margarita de niebla no es una novela rosa como podría parecer en una lectura superficial; es una novela agria, desencantada; como un baño de hiel sobre cerezas rubicundas.

Definitivamente esta novela conforma, junto con las otras dos de los jóvenes Contemporáneos, una trilogía; y las podríamos incluir dentro del género de “novelas de aprendizaje”; es decir, obras que se centran en el proceso de toma de conciencia vital de sus personajes centrales; proceso que marca el paso de una inocencia a una madurez; del reconocimiento del amor y del dolor; de la toma de decisiones frente a las alternativas vitales. En este sentido son biografías espirituales de sus autores. Torres Bodet, Owen y Villaurrutia están tratando, cuando escriben sus novelas, de encontrar un camino vital que sea obra de su propia voluntad o de un destino, ¿quién lo sabe?

Margarita de niebla podría ser ‑¿por qué no?‑ la prefiguración de la ruta que ha de seguir su autor en la vida. El narrador en primera persona, Carlos Borja, se enamora primero de la realidad, en la figura de Margarita; y después lo deslumbra la fantasía, el ideal en la figura de Paloma. Elige a Margarita después de muchas dudas, pero se da cuenta de su equivocación cuando ya es tarde para cambiar de ruta. Don Jaime elige el trabajo, los puestos directivos que lo llevarán a las más altas cumbres de un hombre real y triunfador; pero, quizás, pierde el rumbo para llegar a ser un poeta de altos vuelos. Pero no quiere esto decir que un personaje se haya tragado al otro, no. Los dos Jaimes, el escritor y el funcionario, fueron igualmente brillantes. Los puestos altísimos que logró de la política y la diplomacia no impidieron que publicara “nueve libros de poemas, dos novelas (que al final fueron once), un libro de ‘notas de crítica’, Contemporáneos, una Perspectiva de la literatura mexicana actual y una veintena de ensayos y reseñas bibliográficas.” [1] Fue un verdadero “hacedor de cultura” y a menudo se le juzga, injustamente quizá, en comparación con sus jóvenes amigos que lograron tan inmensas alturas poéticas, como un poeta menor. El paso del tiempo ha ido delineando el papel de estos escritores dentro de la literatura mexicana y ese mismo camino marcará el sitio definitivo de cada uno de ellos. Oigamos nuevamente la voz de Carballo, “Más que poeta, narrador o ensayista (y en estos tres campos sus méritos no son pequeños), Torres Bodet es un humanista, el humanista más consecuente que ha producido México después de Alfonso Reyes.” [2]

Para el poeta de Sin tregua, sus primeras novelas fueron, “ejercicios de prosa nueva”, como él mismo las llamó; una forma de estar al día en lo que a literatura se refiere; y una manera de aligerar la pluma y darle mayor peso, al mismo tiempo. Son obras que hablan de aprendizaje vital y literario, todo en un mismo viaje.

En 1955 se publica Tiempo de arena, la primera parte de sus memorias y resulta, a la distancia, su mejor libro de prosa. Encontramos en esas páginas todo el aprendizaje que derivó de la escritura de sus novelas. Es un texto con toda la vitalidad de las novelas, pero con una muy notable madurez y un movimiento más suelto de la prosa. Tal vez esto se deba a la idea de no escribir bajo la coraza de un género como la novela. Como Vasconcelos en su Ulises criollo, la escritura memoriosa alcanza momentos de muy depurada y alta literatura. Narrar la propia historia permite que estos escritores se desenvuelvan como peces en el agua; mientras que narrar historias inventadas los convierte en peces de vitrina de cristal.

Los “veintes” en México no son años locos, aunque algunos Contemporáneos quieran vivirlos así; está todavía muy cerca la lucha armada de la Revolución y el reacomodo político, social y económico se está fraguando aún. No son tiempos de ocio y relajamiento, sino de construcción. Para los miembros del Ateneo esta tarea es muy clara e ineludible, mientras que para los Contemporáneos toma otro rumbo y otros matices. Torres Bodet sí se entrega a esa tarea constructora de tipo político y social y tal vez por eso su obra de escritor tiene que subordinarse en última instancia. Su arranque inicial tiene los mismos ímpetus que la de sus jóvenes amigos, pero le gana la partida una madurez prematura que le impide tener ese aire de “eternos adolescentes” de quienes hicieron las revistas Ulises y Contemporáneos.

Margarita de niebla tiene que ser leída por las nuevas generaciones, pues nos muestra con nitidez lo que se hacía literariamente en esos años turbulentos que no parecían dejarle espacio a las expresiones culturales, sobre todo a aquéllas que no se inscribían en el “nacionalismo institucional” que trataba de imponerse a sangre y fuego.



[1] Emmanuel Carballo, Protagonistas de la literatura mexicana, México, Porrúa. 1994. (Sepan Cuantos, 640), p. 227.

[2] Ibid., p.229.