Necesaria voluntad política
Raúl Jiménez Vázquez
El segundo jueves de mayo, Sir Paul McCartney estremeció a los casi 200 mil asistentes al magno concierto ofrecido en la explanada de la Plaza de la Constitución; sitio en el que Los Beatles se habrían presentado en el año de 1965 si no hubiese mediado el prejuicio y autoritarismo del llamado “Regente de Hierro”, que consideraba al cuarteto de Liverpool “una influencia negativa para la juventud mexicana”.
Entre muchas vibrantes piezas, el exbeatle interpretó Give Peace a Chance, indiscutible gema de la autoría del talentoso e inolvidable John Lennon. El resplandor de las luminarias permitió ver cómo la gente, haciendo la señal de la V de la victoria, entonaba con profunda emoción este extraordinario himno a la libertad mientras que, se supo después, Calderón hacia lo mismo parapetado tras las cortinas de la oficina presidencial del Palacio Nacional.
A través de esa memorable melodía Lennon exigía darle una oportunidad a la paz y acabar con la tremendamente injusta y oprobiosa guerra de Vietnam; proclama que igualmente asumiría Bob Dylan con la estrofa how many deaths will it take ‘till he knows that too many people have died? contenida en su propio himno generacional Blowin’ in the Wind. Fue así como se dio presencia musical a una trascendental cuestión ligada tanto a la ética social como a la lógica de la acción humana, consistente en la no aceptación de los fatalismos inexorables impuestos por las élites gobernantes.
Toda proporción guardada, algo similar está ocurriendo en el tópico de los hidrocarburos. En un tono parecido a aquél con el que se pronuncia el mantra sagrado destinado a activar el séptimo chakra, recientemente se han alzado voces que aseguran que ha llegado el momento de poner en marcha un esquema privatizador análogo al implementado en Brasil con Petrobras a la cabeza. En los hechos, lo que se pretende es demoler el edificio jurídico, organizativo e industrial emergido a raíz de la histórica nacionalización petrolera impulsada por el presidente Lázaro Cárdenas.
Emitir el acta de defunción de la industria petrolera nacionalizada, renunciando al principio de derecho consuetudinario internacional de la soberanía permanente sobre los recursos naturales y comprometiendo el patrimonio energético de los mexicanos, exige algo más que un simple derroche mediático de mantras, derrotismos, fatalismos o fundamentalismos. Antes que nada es preciso demostrar, más allá de toda duda razonable, que efectivamente no tiene ya sentido persistir en la vigencia del modelo constitucional que preserva para la nación la propiedad originaria, el dominio directo y la explotación integral de los hidrocarburos por conducto de organismos sujetos a la propiedad y el control del gobierno federal.
Muchos creemos que tal paradigma continúa siendo completa y absolutamente viable y que más de setenta años de esfuerzos denodados no pueden ser echados por la borda, menos aún en momentos como éstos, cuando en el plano internacional se advierte la existencia de una vigorosa corriente que pugna por el mantenimiento del control de los recursos energéticos.
Si Petrobras es la nueva piedra filosofal, la refulgente estrella polar a la que hay que referir cualquier análisis al respecto, antes de pensar en medidas tajantes o draconianas lo prudente es someter a Pemex a un elemental ejercicio de benchmarking, esto es, que se le permita operar en un contexto similar al de su homólogo del cono sur.
La doctora Rosío Vargas, brillante académica de la UNAM, es autora de un valioso y esclarecedor ensayo en que se destacan los factores que llevaron a Petrobras al pináculo en que se halla hoy en día. De entrada se asevera que atribuir ese éxito a la variable de la privatización y ulterior bursatilización de sus acciones constituye una visión definitivamente reduccionista; a su juicio, el origen de la fortaleza de la joya de la corona carioca se ubica en otras esferas tales como el desarrollo de la capacidad tecnológica, la expansión de sus presupuestos de inversión y su modelo de gestión.
Es decir, contrario a lo que se ha hecho en México, al amparo de una política de Estado ad hoc se incrementaron significativamente los presupuestos para el desarrollo tecnológico, se instrumentaron numerosos programas científico-tecnológicos, se crearon la Universidad Petrobras y el Centro de Investigación y Desarrollo Leopoldo Américo Miguez de Mello, y se establecieron alianzas con los centros de educación superior. Hace poco se dio a conocer que Petrobras asumió el compromiso de apoyar financieramente el programa gubernamental Ciencias sin Fronteras, cuyo propósito es enviar a más de cien mil estudiantes a especializarse en las mejores universidades y laboratorios del mundo en los ámbitos del petróleo, gas y biocombustibles.
Mientras que en nuestro país se ha privilegiado la desinversión de Pemex, los presupuestos de Petrobras han representado la piedra angular de su impresionante crecimiento empresarial; baste señalar que al sector de la producción primaria se canalizan aproximadamente 56.4 billones de dólares, de los cuales un 87% se eroga en beneficio del mercado interno.
Asimismo, el gigante brasileño cuenta con estructuras y procesos totalmente integrados, desarrolla sus tareas de conformidad con un plan de negocios cuyo horizonte de ejecución abarca quince años y está sujeto a un esquema tributario acorde a los principios de proporcionalidad y equidad; aspectos medulares que aquí brillan por su ausencia.
En suma, lo que se necesita es darle una oportunidad a Pemex, para ello es preciso hacer acopio de una gran voluntad política; parafraseando a John Lennon, es menester poner en movimiento una consigna a todas luces efectiva, sencilla, clara y precisa: give Pemex a chance.
