Vicente Francisco Torres
La aparición en 2006 de la primera novela de Guillermo Rubio, Pasito Tun tun, coctel de crueldad y humor negro, fue una mohonera en la literatura mexicana. Era una novela negra escrita por un hombre que conocía, por sus labores desempeñadas a lo largo de muchos años, el mundo criminal desde las entrañas del monstruo. Cierto que Dashiell Hammett había sido detective y sabía de lo que hablaba, pero el caso más próximo al de Guillermo me parece el del novelista italiano José Giovanni, quien se desempeñó algún tiempo como policía y acabó convertido en un exitoso novelista. A él lo difundió Ricardo Piglia desde Buenos Aires en la Editorial Tiempo Contemporáneo.
Hoy tenemos El Sinaloa (Editorial Terracota, 2012), su segunda novela, tan importante para él porque siente que por fin ha tenido la alternativa. Para los lectores significa una arista más del mundo de la violencia que ya le es propio y le ha dado un lugar en la literatura mexicana. Dicho de otra manera, Rubio es un escritor típico del momento que nos ha tocado vivir. En nuestros días en que se habla de neopolicial y novela del narco, no estaría mal incorporar la expresión colombiana sicariato, no para etiquetar, sino para describir un tipo de narrativa centrada en las terribles actividades con que nos desayunamos todos los días. El padre de Isaac Bashevis Singer le reprochaba a su hijo que leyese el periódico todas las mañanas, porque sentía que el futuro gran escritor desayunaba un vaso de veneno. Algo semejante nos pasa a nosotros, toda proporción guardada, con las muestras de crueldad que Rubio ha decantado en sus dos novelas.
El Sinaloa basa su argumento en el encargo de un asesinato, hecho que luego se complica y adereza con múltiples incidentes que nos recuerdan la novela de aventuras tipo Emilio Salgari, en donde cada episodio tiene un valor en sí mismo más allá de la línea dominante del argumento. Entrar en las páginas de este libro es como si fuéramos invitados a ver las mansiones de los narcos, a mirar sus carreras de caballos y sus peleas de gallos. Como si metiéramos la cabeza a los colsets para mirar su ropa, sus botas, sus alhajas, sus maletas llenas de dólares, sus armas de fuego y escuchásemos sus conversaciones en donde hablan de comilonas, fiestas y múltiples amantes. Pero a todo esto, su mundo es sombrío y sórdido.
El Sinaloa es una novela iluminadora porque muestra que la convivencia de policías, militares y narcos no puede generar más que corrupción. No hay solución posible porque la autoridad que detiene o decomisa queda atrapada en la misma telaraña. De este modo tenemos uno más dentro de la corrupción y la clandestinidad, pero también de la opulencia de la que ya no puede ni quiere salir; queda atrapado en la telaraña pegajosa del crimen que también tiene la fragancia de los billetes de banco.
Una espesa nata se cierne sobre todos los personajes: la traición. De aquí se desprende un hecho: nadie sale del negocio si no es con los pies por delante. Y el ejemplo es el personaje central de la novela. Quiso huir para vivir como un tranquilo padre de familia, pero acabó cumpliendo lo que José Revueltas llamó realismo dialéctico. El Sinaloa saca de trabajar a una joven colombiana, empleada de una casa de citas —lo que nos da a Lucrecia con el Muñeco— y se va con ella a Sudamérica, hasta donde lo alcanza el crimen organizado como sugiere el final abierto de la novela.
A mi juicio, son dos los valores de la novela: la vívida recreación del mundo de policías y narcotraficantes, y la caracterización del habla de esos personajes, que es violenta y a ratos descarnada, pero resulta una aproximación a ese grupo terrible que tiene de cabeza a nuestro atribulado país.
Si como dice Adelaida, la joven colombiana, “el alma descansa plasmando letras”, ojalá que Rubio esté satisfecho después de consumar su segunda novela, la que, ahora sí, lo hace sentirse escritor.
