Entrevista a Héctor Rodríguez Espinoza/Catedrático de la Universidad de Sonora

Antonio Cerda Ardura

“Resulta que quienes prefieren sembrar el odio contra un candidato presidencial, antes que exaltar las virtudes de su preferido para que sea el más votado, en realidad están deslegitimando la democracia electoral mexicana porque las elecciones son, por definición, la forma civilizada y democrática de protestar contra un mal candidato, un deficiente político y —en el extremo— contra un gobierno detestable.

“Y cuando en lugar de organizar a los ciudadanos para que acudan a las urnas a votar contra el candidato indeseable, contra el partido impresentable o el gobierno detestable, los partidos o los políticos manipulan a la sociedad para que cambie las urnas por la movilización callejera —en la que siembran el odio, la intolerancia y el rencor social— lo que sigue es la deslegitimación de las elecciones y la desestabilización democrática”.

Lo anterior lo escribe Ricardo Alemán, en Excélsior, quien presume que detrás de la actual movilización estudiantil están “«los mismos de siempre», aquéllos que desde 1994 movilizaron a miles en torno al «todos somos Marcos»”. Para el columnista, “quedó claro que utilizando como cuello de ganso «a los estudiantes» se empieza a sembrar en la conciencia colectiva la sensación de que Peña Nieto es lo más parecido al «perro del mal», al que —según los modernos inquisidores región cuatro— debe destruirse en caliente, antes de que llegue el fatídico 1 de julio; de lo contrario el país podría regresar a las peores etapas de intolerancia, arbitrariedad y represión”.

En el mismo sentido, el periodista Alberto Vieyra Gómez, de la Agencia Mexicana de Noticias, al comparar igual el clima político de 2012 con el de 1994, indica que “panistas y perredistas, realizan en alianza, una feroz campaña contra la campaña de Enrique Peña Nieto, que ha provocado encono y división entre los mexicanos”.

Pregunta Vieyra que si ambos políticos (Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota) aman entrañablemente a la patria mexicana, “¿por qué dividir a los mexicanos a costa de conseguir el poder por el poder y al precio que sea?, y también cuestiona: “¿Es permisible la prostitución política para denostar a un candidato presidencial, por el solo hecho de que figura en las preferencias y las encuestas como puntero?”.

En entrevista con Siempre!, el doctor en Derecho Héctor Rodríguez Espinoza, catedrático de la Universidad de Sonora e instructor de Moralidad Policiaca y Derechos Humanos, sostiene que aunque no es igual el clima político de 2012 al de 1994, el movimiento estudiantil puede llevar al linchamiento moral y crítico de Enrique Peña Nieto, pero, si se radicalizan las cosas, se pueden producir tragedias, porque la mano negra e invisible que asesinó al cardenal Posadas, a Colosio y a José Francisco Ruiz Massieu “está oculta por ahí, presta a surgir en cualquier momento”.

Factores y actores comunes

¿Habría alguna similitud entre lo que ocurrió en México en 1994, cuando se dieron diversos hechos políticos, uno de los cuales derivó en el asesinato del candidato presidencial priista, Luis Donaldo Colosio Murrieta, y lo que estamos viviendo en 2012, con un contexto electoral en el que, aparentemente, hay un clima o se está construyendo un clima de animadversión hacia un candidato presidencial?

En principio, yo no vería una similitud. ¿Por qué? Como sonorense, y en ese entones funcionario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, yo soy de una generación agraviada con ese crimen en contra del paisano que quería transformar su partido, la sociedad y el gobierno federal. Hay que recordar que en ese año se había dado el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el cual ahora es un actor elocuente, pero en silencio, y que en el momento en que ocurrió el crimen de Luis Donaldo Colosio estaba reciente aquel histórico discurso del 6 de marzo, en el cual, en cierta forma, él rompió con un pasado de su partido. Esto ahora es diferente: Enrique Peña Nieto no ha roto con el pasado de su partido. Se ha deslindado en forma expresa, sí, de un exgobernador, y, tácitamente, de otros gobernadores. En esa época el candidato sustituto, Ernesto Zedillo, compitió contra Cuauhtémoc Cárdenas, líder de la izquierda, y con Diego Fernández de Cevallos, abanderado del PAN. Ahora el priista Enrique Peña Nieto compite con Andrés Manuel López Obrador, candidato de las izquierdas, y con Josefina Vázquez Mota, del PAN, que, por cierto, hoy es gobierno. En la época de Colosio, el PRI era gobierno. En 1994, los cárteles del narcotráfico, que ahora son delincuencia organizada, quizás operaban sin tanta saña ni escándalo, o sin muertos conocidos. Hoy son un actor o protagonistas de un gran número de actos de la delincuencia organizada, que nos ha costado 60 mil muertos, 15 mil desaparecidos y cerca 250 mil desplazados, lo cual ha llevado a muchos expertos a pensar que en ciertas partes del país hay un Estado fallido. En 1994 todavía había un Estado respetable, en lo posible, y respetado. En aquella época tampoco había, como hoy, ni Internet ni redes sociales. En la actualidad éstas son herramientas que irrumpen en forma masiva, anónima, pero muy protagónica, e influyen en la manera de pensar de la ciudadanía y de los actores políticos. Por tanto, son diferentes épocas y momentos.

En aquel momento entraba también en vigencia el Tratado de Libre Comercio y había repercusiones de lo político en la Bolsa de Valores. En particular, contra Colosio, se dice que existía una campaña negra, la de Manuel Camacho Solís. ¿Nota usted algo semejante ahora?

Sí se observan factores y actores comunes. Yo, por ejemplo, me atrevo a preguntar: ¿Estarán operando, por un lado, el expresidente Carlos Salinas de Gortari, su hermano Raúl, y el doctor José María Córdoba Montoya? ¿Por el otro lado, estará operando Manuel Camacho Solís, quien sí lo hizo en 1994, no en la campaña contra la campaña, pero sí para enrarecer el ambiente que llevó a ese desenlace trágico de la muerte de Colosio?

Por otra parte, habría que aceptar que esta movilización de los jóvenes —que irrumpen en forma sorpresiva en el ambiente político y que han cambiado el discurso y la agenda, sobre todo de la campaña del PRI y su candidato, y de Televisa, como la cadena de televisión más vista y oída del país— sí puede llevar al linchamiento moral y crítico, no tanto físico, de Peña Nieto. Aunque hay que advertir que si se radicalizan las cosas en estos 30 días, se pueden producir tragedias. En las campañas, los ánimos se sobrecalientan y esa mano negra, invisible, que mató al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, a Colosio y a José Francisco Ruiz Massieu está oculta por ahí, presta a surgir en cualquier momento. Habrá que ver, igual, qué impacto tendrá la película que, sobre Colosio, se estrenará el próximo 8 de junio. Entonces, sí hay riesgo del linchamiento mediático de Peña Nieto, pero también hay peligros para el otro candidato, López Obrador, que parece que ya va en segundo lugar, aunque sus proyectos políticos sean distintos y, en cierta, forma contrarios.

Ninguno de los tres candidatos es el culpable real de la situación general de México. ¿Es justo o válido ese linchamiento moral de uno de ellos?

No lo es, porque, finalmente, se trata de tres mexicanos que aman su país. Peña Nieto, como abogado; López Obrador, como licenciado en Ciencias Políticas, y Vázquez Mota, como economista, son profesionistas de la política que están ejerciendo los derechos que establece el artículo tercero constitucional. Los tres, sin duda, aman la patria. El punto es que los partidos tienen un pasado, una biografía que de muchas maneras representan un lastre para los tres candidatos. Esos factores son un ancla que les impide avanzar como quisieran, porque tienen que batallar con ellos y con personajes impresentables de los tres partidos. Obviamente la oposición respectiva le echa en cara a cada candidato esas cosas, que pueden producir lo que estamos viendo en las redes sociales: cientos o miles de frases, de fotos y de videos que están enfermando no sólo a la juventud, sino a todo el mundo. Hay hasta familias que se distancian y se pelean, y ayuntamientos o gobiernos locales que están en ebullición, lo cual es normal cada seis años. Gustavo Díaz Ordaz, decía, por ejemplo, que los sonorenses son muy trabajadores, pero que cada seis años enloquecen. Aquí, en Sonora, estamos también en el proceso para elegir senadores, diputados federales y ayuntamientos, y el ambiente es así, calentado, más no sobrecalentado. A nivel federal se trata de la elección presidencial, del poder, que, aunque es muy acotado por los medios, las Iglesias, o, digamos, Estados Unidos, sigue siendo muy fuerte, porque, nada más y nada menos, tiene el mando de las Fuerzas Armadas. Eso hace que esa posición sea buscada, a como dé lugar, en la guerra política. Y en la guerra, como en el amor, mucha gente cree que todo se vale, lo cual no es cierto.

¿Ve usted un odio excesivo? ¿Estamos exagerando nuestras posiciones políticas? ¿Entre 1994 y 2012 ve un factor común de encono, en este caso, contra Peña Nieto?

Hay un encono en contra de Peña Nieto que no empezó en la Universidad Iberoamericana. Usted lo dijo en las páginas de Siempre!, en la entrevista con Alfredo Jalife: empezó con un tweet que surgió del concierto de Paul McCartney en el Zócalo. Y tenía, como dice Jalife, bastante tiempo incubándose; no sé, 12 o 15 años… Pero, para que vea la importancia que tienen las redes, ese tweet fue el detonador y al día siguiente fue lo de la Universidad Iberoamericana. Luego apareció el video de los 131 (estudiantes) y después la marcha del 22. Esto ha venido irrumpiendo, digamos, de forma vertiginosa. No creo que sea odio. En todo caso, es crítica a la forma en que el PRI designó a Peña Nieto, a sus antecedentes como gobernador del Estado de México y a su antecesor. Eso lleva a una mezcla de encono y crítica, pero no creo que de odio. Sólo ha aparecido en las redes un cartón de odio, pero no es importante.

Hay algunas caricaturas bastante groseras, que llegan, incluso, a la agresión, y que sirven para azuzar.

Sí. Y está latente la mano negra a la que me referí, aparte de que hay otros dedos meñiques que están también moviendo teclas, a veces agudas, a veces graves. ¿Por qué? ¡Pues porque está en disputa la Presidencia de la República!

 

Dedos que mueven teclas

Entonces este movimiento no es químicamente puro.

Debe haber deditos que está moviendo teclas. La cosa es que la inteligencia del gobierno federal y la prudencia de los propios jóvenes, de un lado y de otro, no se dejen llevar por ellos. Debemos esperar que haya sensatez, prudencia, madurez, para que el mundo entero nos vea como una democracia joven, incipiente pero no desbordada. Esos estudiantes de Michoacán, por ejemplo, muestran casi signos de insurgencia que, me imagino, nos hacen ver en el extranjero como una democracia sudamericana de los años 60.

¿Ve usted algún riesgo de descarrilamiento de la elección presidencial?

Pudiera llegar. Recordemos que en el 2006 las cosas llegaron al punto de casi evitar la toma de protesta de Felipe Calderón. Por lo tanto, no hubiéramos tenido presidente y tendríamos que haber nombrado a un mandatario interino y convocar a nuevas elecciones presidenciales. Eso podría llegar a repetirse si la diferencia de votos es mínima, o se trata de evitar, si no la elección, si la calificación que haga el IFE y luego el Trife, o si hay un juicio ante el Tribunal Electoral Federal, con todo lo que implica la descomposición de julio a diciembre. La elección pudiera descarrilarse, pero depende mucho de los actores políticos, de los partidos y del IFE, sobre todo, no tanto del Trife. Es posible que el movimiento tenga cierta ebullición, pero creo que no va a llegar a una explosión como el Popocatépetl. Yo creo que, por el contrario, esto va a llevar a un encarrilamiento, si no perfecto, que es el reto, sí deseable de que gane el mejor candidato, porque triunfó en las urnas. Si esta “Primavera mexicana” incipiente se descarrilara a nivel de odio, de delitos o crímenes, sería una regresión para el país.

No ganaría nadie.

Exactamente: nadie gana y todos perdemos.