Lorel Hernández Manzano
Algo en el gesto de Elena Poniatowska me recuerda a la escritora alemana Ana Seghers. Quizá sea la mirada. No. Quizá se trate de la forma de entornar los labios, o el modo de apoyar la barbilla sobre la mano izquierda. No lo sé. Ana con frecuencia luce en sus fotos apesadumbrada, con el ceño fruncido y el gesto de quien mira a sus compañeros de la infancia marchar a la guerra. Quizá entre Elena y Ana sólo exista un ligero aire en la forma de mantenerse en pie frente al mundo y dar testimonio de él.
Ana Seghers fue testigo de un siglo: nació en 1900 y murió en 1983. Creció en Maguncia, a orillas del Rin. A lo largo de su obra aparece una y otra vez la neblina azul de aquel río, una neblina que finalmente cubrió, en años posteriores, a sus amigas y compañeros, como muy bien lo apunta en su relato “La excursión de las muchachas muertas”. Entonces, cuando vivía en Maguncia nunca se hubiera imaginado que la pequeña Nora, quien en aquella excursión había adornado con flores el lugar de una maestra judía, años más tarde se encargaría de enviar a esa misma maestra a un campo de concentración, no sin antes gritarle “cochina judía”.
Tras la toma del poder por los nacionalsocialistas, Seghers huyó a Francia. Debía hacerlo: era judía, comunista, colaboraba en la Asociación de Escritores Proletario-Revolucionarios, estaba casada con uno de los líderes del Instituto Marxista de Trabajadores y había ganado el Premio Heinrich von Kleist por su libro La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara. El título deja ver demasiado: se trata de la brutal pobreza en un pueblo de pescadores. Los hombres se levantan en contra de los abusos de la sociedad de Armadoras que se lleva la pesca por precios ridículos. La resistencia de sus habitantes es tremenda, como tremendos resultan los conflictos entre los propios pescadores. Ana había abandonado cierta visión maniquea evidente en sus primeros relatos, deseaba mostrar la desigualdad material y ahondar en el desconcierto que tal desigualdad crea en el hombre. Hacerlo sin heroísmo, sin dramatismo resultó una autoimposición, la cual derivaba de sus lecturas de Dostoievski. “A través de las novelas de Dostoievski nos imaginábamos la agitada sociedad rusa, donde ya se podía escuchar el clamor de la revolución. Al mismo tiempo surgía el ser individual en toda su magnitud y en todas sus bajezas”, apuntó Seghers en su ensayo De dónde vienen, a dónde van, ensayos en torno a Tolstoi y Dostoievski.
Entre 1935 y 1938, la escritora alemana participó en los congresos celebrados en España y París por la Defensa de la Cultura. Y cuando las tropas alemanas invadieron Francia, huyó con sus dos pequeños hijos a México. Una vez establecida en la capital del país, participó en el movimiento Alemania Libre y se volvió la presidenta del Club Heinrich Heine, cuyo objetivo era la promoción y fomento del arte alemán libre y crítico. “La belleza y la cultura de México, así como la profundidad de su gente, se grabaron para siempre en mí. Mi madre escribió más tarde que México fue nuestra madre adoptiva”, dijo en entrevista la hija de Ana.
En efecto. La estancia en nuestro país representó un gran momento en la vida práctica e intelectual de Seghers. Aquí escribió una de sus novelas más importantes: La séptima cruz, novela que gira en torno a la Alemania de Hitler y la cual fue llevada al cine. También escribió su novela Tránsito, diversos ensayos, los relatos “La excursión de las muchachas muertas” y “Crisanta”. Ana Seghers comienza este último con la pregunta “¿sobre quién debo narrar?, ¿sobre Hidalgo?, ¿sobre Morelos?, ¿sobre Juárez? No quiero hablar sobre estos hombres y tampoco sobre otros grandes hombres que después cambiaron la historia de México, aunque pertenezcan a los más grandes. Yo quiero hablar de Crisanta, una joven tortillera de quince años”. También quería hablar sobre Tina Modotti en 1942:
…nuestros amigos dicen que Tina está muerta. ¿No ví con mis propios ojos la tierra que fue arrojada en su tumba? ¿No ví yo misma por última vez en el sarcófago –en ese terrible e inevitable vehículo- su pequeño, silencioso y tranquilo rostro?
Pero Tina siempre estaba tranquila. Me parece ahora como si su callar fuera solamente un poco más persistente. Por eso tengo la impresión de que me la volveré a encontrar, quizá en este año o en algunos años, así como nosotras nos encontrábamos siempre, sin mediaciones, en alguna calle vivaz, en alguna ciudad del viejo o del nuevo mundo, en las cerradas filas de una manifestación –ella, tranquila y callada- o en el cuarto trasero de una imprenta, o alguna tarde en una reunión. Seguramente estará sentada algún día, silenciosa y pálida, en la esquina de un barco que nos lleve de regreso a nuestras respectivas patrias. Sí, cuando los mudos hablen; sí, cuando los ciegos vean; sí, cuando los últimos sean los primeros; sí, cuando nuestros muertos resuciten, la pequeña, silenciosa y confiable sombra de Tina será saludada con entusiasmo por su pueblo.
El interés de Ana Seghers por el papel de la mujer cobraba entonces mayor relevancia: como si en la figura femenina, detrás de una aparente debilidad se escondiera un potencial transformador. Los títulos de sus relatos “Las leyendas de Artemisa”, “Agathe Schweigert”, “Tres mujeres de Haití”, “La hija de la delegada”, o “Cuarenta años de Margarete Wolf” dan cuenta del desarrollo de la conciencia femenina en su obra y ponen en conflicto la esfera privada y el compromiso social, pero a través de un nuevo uso del lenguaje. La expresión de experiencias o sentimientos debía ser fuerte y condensada, además debía cuestionar la propia realidad del lector, llamar a la conciencia a través de la derrota.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Ana Seghers regresó a Alemania. Caminó nuevamente a orillas del Rin, en tanto recordaba “La excursión de las muchachas muertas”. La cara redonda de su amiga Leni se le aparecía “como una manzana fresca”, alegre, sin mostrar la más mínima huella de “los golpes que la Gestapo le había propinado al ser detenida, después de negarse a declarar en contra de su marido”. No había entonces asomo del resentimiento contra otra de las muchachas muertas, con quien siempre andaba abrazada y quien después de casarse con un general de la SS, delató las reuniones en las cuales Leni tomaba parte. “Me extrañé cómo podía olvidar a veces su cabeza adornada con una cinta y cómo al columpiarse su gruesa trenza se separaba de la nuca” … “Estaba segura que incluso a la hora de la muerte en un campo de concentración había conservado su cara de manzana”.
Cómo le hubiera gustado escribir a la autora alemana un adiós como el que hoy publica Elena Poniatowska en La Jornada. Se trata de un adiós que es también un homenaje a la vida y está dedicado a una querida amiga del colegio: Georgina Luna Parra de García Sáinz. Los recuerdos de la amistad de juventud no se perdieron en la neblina del río, todo lo contrario, se alimentaron con el paso de los años y se colmaron de colores y orgullo. Georgina, apunta Elenita, “escribió sobre los coras, los rarámuris, el mundo de las máscaras, la herbolaria y los remedios indígenas, los trajes típicos y la comida, y llevó a Europa, a lo largo de los años y a través de varias exposiciones, el color turquesa, el jade, el rojo púrpura de la grana cochinilla.” Qué texto más festivo el de Elena.
No. En la sonrisa no guardan parecido. Pero sigo pensando en la capacidad de ambas mujeres para hacerse oír, para hacer uso de la palabra, desatendiendo a quien dijo “ni menciones la noche de Tlatelolco”, o “mejor no vuelvas a cuestionar al Führer”. Elenita lee el periódico, está al día y no duda en llamar a las cosas por su nombre. Se pregunta, eso sí, sonriente. ¿Nadie le dijo al señor Nieto que en una feria de internacional de libros se habla de libros? Sí: los twits de Paulinita Peña son el botón de muestra. Clasismo es la mejor palabra. Elenita no compra productos chatarra. Ana Seghers tampoco lo haría. No se dejaría engañar por la televisión.




