Arturo Texcahua
En mi paso por la licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras, uno de los recuerdos más vivos es mi clase de Historia de la Cultura, porque tuve el gusto de ser alumno de la doctora Eugenia Revueltas, quien se ocupaba de sus cursos con el gran entusiasmo, entrega y responsabilidad que desde entonces le he conocido. En aras de esa misión académica recuerdo que organizó una excursión por algunos sitios cercanos al Distrito Federal. Hoy, cuando la Universidad está de luto por la muerte de un maestro y de algunos de sus estudiantes de la Facultad de Economía en un absurdo accidente automovilístico —¿y qué de los sucesos sangrientos en este país no es absurdo?— entiendo más el riesgo y responsabilidad que supone para un maestro realizar este tipo de actividades.
También de aquella época no puedo olvidar que después del terrible sismo de 1985, la doctora Revueltas organizó el acopio de ayuda para los afectados y con ello nos enseñó otro aspecto de la cultura: el de la solidaridad. Unos meses después nos propuso que colaboráramos con ella en la preparación de artículos sobre la cultura mexicana, para un proyecto enmarcado en la realización del Mundial de Futbol México 1986. Aún aparece en mi currículum este, por decirlo de algún modo, primer empleo, que me supuso suficientes ingresos como para casarme.
Un hecho: el compromiso de la doctora Revueltas por su trabajo y por sus alumnos es irreprochable. Esto lo he comprobado reiteradamente.
El acto que este día llevamos al cabo, la presentación del libro Los caminos de la vía es una prueba más de lo que advierto. Muestra la constante preocupación del maestro por hallar estrategias acordes con el siempre distinto perfil de los alumnos, y busca no estancarse en una monótona rutina pedagógica. Sólo por estos dos hechos, el libro presentado es ya importante.
No obstante, de este libro podemos decir más. Primero, la afortunada ocurrencia de relacionar los doce trabajos de Hércules con el más popular de los transportes de la ciudad de México: el Metro, y específicamente la Línea 9, que corre de Tacubaya a Pantitlán. Hacer de este medio el escenario directo o indirecto de historias y voces disímiles destaca su relevancia en la vida de quienes vivimos en esta urbe.
Como suele ocurrir en una compilación o en una antología, los escritos muestran diferentes intereses, preocupaciones, estilos y calidades, unidas, en este caso, por un pretexto. Un pretexto que se convierte en una referencia inquietante, toda vez que abre la curiosidad del lector que quizá sólo conozca al famoso personaje griego por alguna producción de Hollywood. Un pretexto que detona el ingenio, que motiva la creatividad, que nos acerca a la reflexión de una vida aún tortuosa, aún complicada y angustiante, como es la que todos los días afronta el ser humano en el tiempo y espacio presente.
Las estaciones del Metro son puntos de difusión, desde los cuales se dispersan anécdotas, historias ágiles y aun originales, juegos de palabras, intentos de hallar en la forma sentidos, explícitos e implícitos.
Aseguro que este primer round es de contendientes de buena madera, de fajadores aguerridos que prometen buenas peleas. Aún les falta por ejercitar sus músculos y apropiarse de técnicas y de secretos que sólo la práctica y el oficio dan, pero tienen el punch, como es evidente. Ellos sabrán si continúan por el difícil camino que implica la escritura.
Yo les deseo lo mejor en lo que decidan. Como editor de este libro, me siento orgulloso de albergarlos en Trajín, de que formen parte de esta aventura editorial independiente.
A la doctora Revueltas le agradezco la confianza de su amistad, y como siempre me asumo como otro de sus alumnos permanentes.

