Juan Antonio Rosado
Como sabemos, Eróstrato fue un bandido que le prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso sólo para pasar a la posteridad.
No hay mucha diferencia con quienes desean a toda costa dejar huella, aunque sea una huella negativa, a través de la destrucción de otros o de sí mismos. No sabemos, sin embargo, los nombres de quienes destruyeron gran parte de las bibliotecas y obras desde el inicio de la Edad Media; no conocemos el nombre de los que aniquilaron la obra completa de Hipatia, casi toda la obra de Safo y gran parte de la obra de Porfirio, si bien sabemos que fue la cristiandad, por su proverbial odio contra esos y otros muchos intelectuales. Sabemos que rescataron lo que les convino. Fray Diego de Landa destruyó en Yucatán miles de códices mayas, que sustituyó con un pálido libro. Neutralizar el saber, el conocimiento, seleccionar y tergiversar la información, dejar huecos, crear historias es otra forma de destruir: una forma más moderna. Es el nuevo fundamentalismo cultural en que están envueltas sociedades como la mexicana.
La destrucción casi siempre es aliada del fanatismo, sin importar que éste sea creyente (Diego de Landa, los primeros cristianos o los cristeros en México) o antirreligioso (Tomás Garrido Canabal, en Tabasco), pero suele ser mucho más virulento cuando está ligado a la religiosidad que cree en una sola verdad. Por ello, el primer precepto del jainismo —religión atea surgida en India durante el siglo vi a. de n.e.— es que la verdad no existe, que el universo es increado y que siempre ha estado y estará allí, de modo que los jainas respetan todas la creencias y a todas las formas de vida.
Afirma Jean-Claude Carriere que “el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos”. Nada peor si esto ocurriera: el mismo Dios les ayudaría a sus fanáticos a destruir libros y bibliotecas. La gravedad es que casi imperceptiblemente en nuestro país se ha privilegiado la visión mágica que justo Gabino Barreda quería erradicar de la educación, a fin de acercar más al pueblo a la razón. Umberto Eco ha detectado este vuelco en otros niveles: “Una vez más —dice— buscamos en las mitologías el refugio de las amenazas de la tecnología”. El mismo Eco refuta a Marx cuando éste afirma que la religión es el opio del pueblo. No es el opio; es la cocaína: “La religión es la cocaína del pueblo. La religión excita al pueblo”. No hay como el respeto a toda creencia o no creencia para tender a una sociedad armónica.
Rollo May habla de la necesidad del mito y de cómo el pueblo romano sintió angustia al perder la fe en las fuerzas que representaban los dioses. Tal vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Occidente experimenta algo similar: una crisis del intelecto, de la razón que ya no nos lleva a ordenar, a seleccionar, a interpretar adecuadamente, sino que nos lanza al vacío del lenguaje, que es una de las formas del silencio. Antes, quizá desde el siglo xviii, lo habían advertido poetas, pensadores, filósofos, pero el movimiento social, el afán colectivo se manifiesta en toda su complejidad tras la Segunda Guerra Mundial. La creencia y el consecuente fanatismo en el neorromanticismo, por un lado, y en el neoliberalismo, por otro, han sido más destructivos que benéficos. Al igual que Eróstrato, sólo les interesa privilegiar el individualismo y los intereses particulares o corporativos. Lo demás puede dejar de existir.


