Carlos Olivares Baró

Manuel Pereira (La Habana, 1948) es un viajero literario incansable. Peregrinación que asume en los riesgos de una escritura que se abalanza sobre las rendijas de la reminiscencia para entregarnos un cosmos desbordado de insólitas trasnominaciones iconográficas. El comandante Veneno (1977): “Es la novela que me hubiera gustado escribir sobre Cuba”: Gabriel García Márquez; El Ruso (1980); Toilette (1993); Insolación (2006): cuatro novelas de pujas autobiográficas que son viaticu, camino, andanzas: testimonio de las mutaciones y acosos padecidos por varias generaciones de cubanos.
Un viejo viaje (Textofilia Ediciones, México, 2010) —muy bien acogida por los lectores y la crítica en México— aborda las encrucijadas del alucinado protagonista de Toilette, el pintor Lucio Gaitán, quien reaparece “extraviado entre la selva y el zoológico”, en el vestíbulo del aeropuerto de Barajas: “bolsa salchicha en bandolera y dos maletas abultadas como cadáveres inflados de fuego fatuos”. Acaba de aparecer en México la segunda edición de Mataperros (Textofilia, 2012), cuentario galardonado en 2006 con el Premio Iberoamericano de relatos Cortes de Cádiz, España. Una tarde lo encontré en la librería Bella Época del Fondo de Cultura Económica hablando de mitología y cine —dos pasiones que también cultiva con desvelo—: Truffaut, Resnais, Godard, Chabrol, Glauber Rocha, el neorrealismo italiano, Bergman, Fellini y Buñuel se empalmaban con pasajes de Proserpina, Narciso, Sísifo y Hades. Pongo a disposición de los lectores de Siempre! la conversación que pude sostener con él a raíz de la edición mexicana de su libro Mataperros, Premio Iberoamericano de relatos Cortes de Cádiz, España, 2006.
—Veo en Mataperros visos enmascarados de novela en la modulación del narrador en tercera persona (estilo indirecto flaubertiano), en la confluencia de los personajes, en los escenarios concurrentes, en la intermitencia temática… El lector cierra la última página con las huellas que impregna una novela. Coméntame esa duplicidad genérica presente en este libro.
—(Manuel Pereira): Ya desde La Celestina los géneros se están mezclando. La técnica inventada por el gran Flaubert me permite una gran libertad, casi jazzística, para ir combinando, improvisando y creando lo que llamas “duplicidad genérica”. Por otra parte, estos cuentos se desprendieron de una larga novela titulada Insolación. A medida que yo la trabajaba, iba quitando lo que consideraba accesorio. Más tarde, revisé ese material sobrante, y ya lo iba a desechar cuando, de pronto, descubrí que aquí y allá fulguraban en bruto algunas perlas narrativas. Las retoqué, y con ellas engarcé los abalorios de Mataperros. Estos cuentos son como diminutos planetas que giran alrededor de ese inmenso sol que es Insolación. Por eso tu olfato literario te dice que en este libro hay una “novela enmascarada”.
—Relator que recurre a la crónica y al ensayo: collage, presentación de un cosmos, índice iconográfico de La Habana precastrista y, asimismo, de los primeros años de la revolución cubana. Explícame esa concepción del manejo del tempo, develada en el ánimo del relator.
—Ese cambio de tono se debe a la drástica transformación experimentada por el país después de 1959. La mirada del narrador-cronista se vuelve más crítica a partir de esa fecha, mientras que antes de 1959, la dicha y el candor infantil todavía impregnaban su voz. Mataperros es un díptico que funciona como una doble bisagra, ya que la acción transcurre en dos momentos de transición. Por un lado, asistimos al tránsito de la niñez a la adolescencia y, por otro, presenciamos el final de la dictadura de Batista y el inicio de la castrista.
—¿Fábula que subraya algunos elementos de la novela de formación sentimental desde apuntes de las antagonías ideológicas que se producirán en la familia cubana?
—Desgraciadamente ese agón en la familia cubana no ha terminado. Lo peor que nos ha sucedido en los últimos cincuenta años ha sido la división o la separación familiar. Todo lo demás se podrá arreglar más tarde o más temprano, pero la tragedia familiar, ya no tiene remedio. Todas esas tumbas alejadas en las dos orillas del Estrecho de la Florida, el cementerio marino que se extiende entre Cayo Hueso y Cuba… es algo irreparable. Todos esos muertos separados, que quisieran reposar juntos en la misma tierra que los vio nacer, tienen la metempsicosis trastornada. A veces imagino un futuro tráfago de huesos en barcos y aviones hacia Cuba. Con todas las lágrimas derramadas por los cubanos durante medio siglo podría fabricarse un océano tan abrumador que si hubiera un tsunami no quedaría nada vivo en la faz de la Tierra.
—Recreación del habla habanera: “perforo cortante”, “bayúes”, “estrallón”, “chivichana”, “cabillazo”, “jabao”, “garnatones”, “bayoya”, “postilla”, “sopapos”, “matahambres”, “bemba” “guillados”, “tropelaje”, “pingúo”, “mandangas”, “guayabito” “vitrola”…: erizado inventario de términos, idiolecto muy exclusivo. ¿El habla como consonancia y urdimbre para hacer literatura?
—A pesar de haber vivido tanto tiempo en Francia, en España y ahora en México, mi lenguaje sigue siendo cien por ciento habanero. La lengua es nuestro pneuma, un arcano que se adquiere o se desarrolla en la niñez. Dado que los protagonistas de este libro son niños, lógicamente ese tesoro lexical que enumeras recorre como un soplo de susurros estas páginas.
—“Azogados”, viñeta de corte borgesiano y guiños a Felisberto Hernández. Poema en prosa: ¿Contrapunto en las aristas estructurales de una pieza de jazz?
—Me alegra mucho que hayas captado la secreta estructura musical de este libro. Por si fuera poco, también descubriste el cuento clave de esta colección de relatos. “Azogados” es el punto matemático cero, es esa singularidad que desencadena el Big Bang. Paradójicamente ese cuento fue escrito mucho después de mis primeras ficciones publicadas, lo cual no tiene mayor importancia, porque en esta poética cuántica el orden de los factores no altera el producto y la flecha del tiempo puede volar al revés, o quedarse detenida en el aire, como en una aporía eleática.
—Cabrera Infante hizo la crónica de La Habana: bolero, pachanga, luces, cabaret, salas de cine… Tú, sin embargo, has realizado el itinerario de un microcosmos en el que un grupo de muchachos actúa y testifica fajazones, burlas, improntas revolucionarias, aparición de barbudos, toques de tambores, jolgorio y carnaval. Veo ciertas trasnominaciones en los ecos de Mataperros con Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto.
—La novela de Cabrera Infante que más me impactó fue La Habana para un infante difunto, principalmente por sus recreaciones de los solares de un barrio colindante con el mío. Entre él y yo había una diferencia generacional de veinte años, por eso no conocí mucho el mundo nocturno descrito en Tres tristes tigres. Sin embargo, es posible que existan esos ecos que tú barruntas. Los caminos de la genética literaria son inescrutables.
—Niños bitongos, niños góticos y mataperros… Blanquitos y negritos. Pandilleros y matarifes. ¿Disección metafórica del entramado social de la Cuba Republicana?
—Por supuesto, todo ese desfile de personajes constituye una biopsia del tejido social y económico de La Habana de aquel tiempo. Creo que ese mismo tejido ya está reapareciendo en estos momentos y que se impondrá en los próximos cinco años con la fuerza impetuosa de un atavismo.
—La escritura como obsesión, destino, acabamiento, azar recurrente. ¿Qué proyecto tiene en la cabeza el incansable Manuel Pereira?
—Hace una semana terminé un libro de ensayos. El ensayo es un género que cada día me gusta más, porque moviliza ideas obligando al lector a pensar, que es lo que hace falta en esta época de tanta indigencia intelectual. Hace tres días retomé una novela en barbecho —llevaba dos años estancada— y ahora avanza viento en popa.
Comenzamos a las seis de la tarde y terminamos a las diez de la noche. Una luna redonda, inmensa —ojo de azogue en el cielo—, se entrometió en la charla: salimos a mirarla. Pereira seguía hablando: desbocado, temperamental, labia febril arrolladora… Me dedicó Mataperros y me dijo: “Si te vas a referir a la foto de portada, te informo que la tiró mi padre en 1957 en el litoral rocoso del malecón habanero. Aparezco yo —tercero al frente, sacando pecho y enseñando costillas— con mis amigos mataperros bañándome en una poceta”.