Segundo debate: mediocridad
Humberto Musacchio
Sin una verdadera tradición polémica, los debates entre candidatos han servido para combatir el insomnio, pero no mucho más. El formato, la limitada expresión de los participantes y su incapacidad para meter nuevos elementos a la discusión fueron causa de la mediocridad con que se desenvolvió el encuentro de los cuatro.
Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador no se tocaron y apenas si respondieron, generalmente en tono cortés, a las repetidas acusaciones y señalamientos que lanzaba una desconocida pero previsible Josefina Vázquez Mota, que esa noche lo puso todo sobre la mesa, pues para seguir en la pelea debía mostrar iniciativa y agresividad.
En efecto, desde el primer momento la abanderada de los azules soltó mandobles a izquierda y derecha, arriba y abajo. Ni Quadri, a quien ignoraron los otros contendientes, se salvo de los zarpazos que lanzaba Josefina, quien acusó al candidato del Panal de servir a la abeja reina. Una y otra vez empleó la referencia a Elba Esther Gordillo, a la que sólo una vez mencionó por su nombre, hasta que Quadri mostró una foto donde aparecen muy sonrientes la maestra, Felipe Calderón ¡y la señora Vázquez Mota!
Quadri insistió en el juego tramposo de presentarse como un mero ciudadano frente a “los políticos”, pero esta vez no le resultó. Quiso convertirse en el centro del debate y en ese afán retó una y otra vez a los presentes a manifestarse en torno a temas espinosos, como el aborto o el matrimonio gay. Pero nadie cayó en la trampa. El triunfador del primer debate está vez fue el perdedor absoluto.
Por su parte, Enrique Peña Nieto mostró cierta habilidad para exponer con coherencia y hacer sus propuestas en forma ordenada. Por supuesto, tuvo algunos resbalones oratorios, pero se vio mucho más seguro que en el encuentro anterior, reconoció legitimidad a “las expresiones” que le son adversas y en todo momento pareció que el candidato del partido gobernante era él y no Josefina.
De López Obrador se esperaba más empuje, pero a lo largo del programa, al igual que Peña Nieto, se mantuvo en una línea tranquila, expositiva y propositiva. Ambos, al margen de las enormes diferencias que arrojan las encuestas, actuaron como los punteros, negándose a toda actitud rijosa, como si ya estuvieran en Los Pinos.
El negrito en el arroz fueron las fallas de la emisión. Si en el primer debate el IFE cometió la torpeza de encargarlo a un enemigo declarado de López Obrador, esta vez lo puso en manos incapaces. Por fortuna, el resultado de un debate incide, pero no decide la elección. Creo.
