¿En verdad no hay opción?

 

Jorge Carrillo Olea

 

Sin tener para dónde mirar en este desierto de paladines e ideas, al final de la campaña electoral se crea una generalizada pesadumbre porque no se advierte una preocupación eminente entre aquéllos que serán elegidos en sólo días. A nivel presidencial los candidatos naturalmente son los más revelados a la opinión pública y ésta es de desencanto y desaliento, por encima de los espíritus festivos que siempre estarán presentes. Todo ello se reflejará en los niveles de abstencionismo.

 

Los senadores, diputados federales, locales y presidentes municipales que serán también elegidos en lo general no despiertan ningún auténtico entusiasmo, el que no debe confundirse con las matracas, sombreros, despensas y demás instrumentos del acarreo. El pueblo en general que sí desea una perspectiva histórica busca sin encontrar a ese sabio conductor que no solamente sabrá salvar el momento de angustias presente, sino que sabrá proyectar el país hacia su merecido espacio para todo el siglo XXI.

A fines de los años cincuenta, Francia enfrentaba una terrible crisis. Los gobiernos caían cada pocos meses (20 en 15 años). El modelo político gubernamental militar y social de la IV República fue desastroso y puso a Francia al borde de la guerra civil. Su propio ejército se sublevaba por Argelia y había una guerra recién perdida en Indochina. Transformándolo todo de raíz y para un siglo, surgió Charles de Gaulle y en 1959 heredó la hasta hoy vigente V República. ¿Habría una visión e interpretación mexicana de esos alcances? Aparentemente no.

La IV República francesa se recuerda sobre todo por la desestabilización política y por la costosa y fracasada defensa de dos de las colonias francesas: Indochina y Argelia. La sucesión de primeros ministros ocurría entre líderes de muy diferentes partidos (15 en 20 años) dedicándose a proponer votos de censura para eliminarse entre sí.

 

Para evitar una dictadura militar, los dirigentes de la República se definieron por llamar al gobierno al general De Gaulle, el legendario héroe de la Segunda Guerra mundial. Con la oposición de la izquierda, obtuvo del parlamento plenos poderes y el encargo de preparar una revisión total del sistema político y constitucional.

De Gaulle aceptó la investidura de jefe de Estado y de Gobierno pero con la condición de que se aprobase una nueva constitución. El parlamento francés cedió a esta presión ante la amenaza de una rebelión militar masiva. Cuando se realizaron estos cambios nació la V República. Su elección cambiaría profundamente el funcionamiento de las instituciones: se vio aparecer la cohabitación, neologismo en la vida política y democrática que significó abrir un sabio espacio a todos y que es simplemente la situación que se da cuando el jefe de Estado es de determinado partido político y que no conforma una coalición donde el jefe de Gobierno, siendo de otro partido, tiene que ser aceptado por el parlamento.

Difícil decir en líneas el tremendo salto que dio Francia con un gran líder y un gran proyecto. Hoy casi 60 años después y por encima de convulsiones que son tan propias de una democracia sólida y madura, Francia sigue siendo en ejemplo de identidad, de prestigio, de fuerza internacional y, en el interior, ejemplo de una sociedad que acepta, maneja y resuelve sus diferencias en marco del progreso.

Me resisto a pensar, por simple razón estadística, que México no hubiera producido un estadista en 100 años. ¿No ha habido otro Alvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas o, en otro orden de aspiraciones, otro Adolfo Ruiz Cortines? ¿Deberíamos reducir nuestras aspiraciones a la medianía de Enrique Peña o al héroe psicótico Andrés Manuel López Obrador, como destino ineludible del país? Entonces estamos ante un involucionismo político. Un proverbio señala que todos estaríamos escribiendo un libro titulado Reflexiones para después de la muerte o Biografía de un cobarde.

 

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…Suspensivos. ¡Maese Peña, qué sentido de la oportunidad! Hay ideas disonantes con la suya: somos paranoicos y cerrados hacia lo externo. Además a veces las cosas no cuadran, vea: Colombia es una república central, México no. La Policía Nacional de allá es muy profesional, la de aquí… usted dirá. Su tema narco es bien distinto, enredado con guerrilla y con paramilitares y en México sobran generales, grave error jalarle los bigotes al tigre verde. ¿So?

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