Vicente Francisco Torres
Hay personas que dedican su vida a desarrollar un solo tema. Lo asedian una vez y otra, y una más, no sólo porque se les presenta inagotable, sino porque encuentran placer e interés en él y quieren que lo que escriban sea lo mejor o la referencia ineludible al respecto. Gilda Rocha Romero e Irma Munguía Zatarain son de esos seres; la primera es profesora de la Universidad Pedagógica Nacional y la segunda labora en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa.
Hace más de treinta años, cuando yo trabajaba en la primera de las dos instituciones mencionadas, Irma llegaba muy temprano a las oficinas y fijaba una tarjeta con un aforismo en uno de los pizarrones de corcho. Todos nos desayunábamos con una sonrisa que provocaba lo leído y que daba cuenta de las lecturas que iba haciendo nuestra compañera. Al correr de los años Irma involucró a Gilda en el interés aforístico y publicaron un libro: Aforismos. Una selección libre (1992). Luego vino Diccionario antológico de aforismos (2007) y hoy reinciden con El humor y la risa en el discurso aforístico (2011), que forma parte de una bella colección coeditada por Ediciones sin Nombre, la Universidad de Sonora y el Conacyt. Esta pequeña serie lleva el saludable y elocuente nombre de Relámpago de la risa.
Mientras los dos primeros libros eran un regalo que los cachetes agradecieron durante horas, el más reciente también está lleno de muestras que nos ponen a sonreír y a pensar, pero también es ensayístico y define lo que es el aforismo, contiene apartados sobre las bondades del humor y la risa, el humor como elemento nutricio del aforismo y la parodia y el aforismo. También hay una convincente exposición sobre las bondades del aforismo como elemento provocador, desacralizador y liberardor y, claro, también una explicación de cómo funcionan los aforismos, cuáles son sus mecanismos.
Aquí van tres ejemplos, acordes con esta tarde lluviosa en que redacto estas líneas:
Llovió tan fuerte que todos los cerdos se limpiaron y todos los hombres se emporcaron.
Llovió tan fuerte que todos los cerdos se limpiaron y todos los hombres se emporcaron.
La lujuria es un lujo: y debe administrarse como tal.
¡Remato cuerda para suicidas!

