Jimena Briz Tena

 Desde el piso inferior uno supone qué pasa cuando los rechinidos perceptibles desde el techo llevan un ritmo tan hipnótico como constante de resortes, que en el vaivén de cada noche han ido desgastándose cada vez más, perdiendo momento a momento, acto con acto, un poco de su condición y firmeza para soportar ese trance entre la euforia y el agotamiento, un trance que ella conoce bien y que no por ello puede sentirse parte. Al contrario, cada noche siente que se pierde más y más entre el ir y venir de sus caderas pegadas a las de su compañero. Desde el momento en que se pone esas medias de red y el labial carmín, no es Beatriz, que queda guardada quizá en el ropero, quizá se evapora en la taza de café previa, quizá Beatriz no sabe en donde se queda la que en este momento duerme o deambula, en tanto que el labial se despinta y mancha las sábanas, las almohadas, su propio rostro y le recuerda que en el agitamiento ella es ella y nadie más.

Uno tras otro entran en ese cuarto, aconsejado cada uno por el anterior, casi haciendo fila, y de no ser por la agenda que con tanto hartazgo maneja, probablemente el inmenso y oscuro pasillo estaría repleto de hombres de todos aspectos, con sus cabecillas asomadas, una tras de la otra, impacientes y sofocados por conocer esa sensación; altos, gordos, con bigote,  hasta el hombre con aire más inocente logra verse ante la puerta.

Ella, que los recibe a todos con una sonrisa en los labios, no puede sino solo verlos como miles de hormigas que se multiplican cayendo sobre todo su cuerpo, y si es verdad que no todos lo hacen al mismo tiempo, la sensación de tener a un hombre distinto cada media hora encima de sí, le hace recordar todas las sucias caricias que cada uno le ha proporcionado.

Truco tras truco y juego tras juego, pasaban de uno en uno como si fueran las piezas de un tablero de ajedrez, que ella, como toda buena y renombrada puta, podía manejar a su antojo, haciéndoles pensar que por sus viriles encantos, se le venían a la mente nuevas y mejores formas de llevarlos, con su arte, al éxtasis en cada nuevo encuentro.

Por fin se va el último hombre registrado en la lista. En la mente de la bella muchacha, que teniendo tan cautivadora faz, no era comprensible el motivo de su inclusión en ese mal habido oficio, solo se encontraba el deseo de desmanchar su tez ceniza de esas garras pestilentes que había cargado sobre su esbelto talle durante toda la noche.

El toc toc de la puerta retumbó en sus oídos pareciéndole la más perturbadora pesadilla, pero, sin otra opción, se acercó a abrir la puerta y vio a un sujeto jadeando de tal forma, que parecía que lo había perseguido un perro por varias cuadras. Atenta, le preguntó si deseaba algo. Él, de una manera sórdida, no hizo sino una seña dirigiendo la mirada a sus genitales, y ella, mordiéndose el labio y con una sonrisa maliciosa, le hizo saber que al día siguiente con gusto lo atendería, bueno, eso de con gusto es discutible, pues solo lo podía expresar en el exterior, porque por dentro no tenía más ganas sino de tirarle un florero en la cabeza. Enfadado, el joven echó una mirada de desprecio a la muchacha, quien después de pensarlo bien, no tenía nada que perder,  ¿qué era uno más o uno menos? después de todo, ya había tenido diez clientes esa noche, otro más sobre su cuerpo no sería más que una hormiga extra combatiendo a las otras mil de aquella noche.

Sin más que decir, el hombre se dispuso a entrar, y mientras ella se ponía dentro del baño el baby doll negro con encajes rojos,  lo más lento posible para pasar menos tiempo con tan despreciable humano, él hacía todo lo contrario; se desprendía rápidamente de cada una de sus ropas con el deseo de llegar al momento tan placentero del que todos los demás hablaban.

Cuando salió del baño, él ya estaba esperándola desnudo bajo las sábanas y ella, con la sonrisa de siempre se dispuso a hacerle uno de sus secretos más conocidos, que por ser tan conocido, ya no era ningún secreto.

Con tanta repulsión lo veía, que no podía dejar de imaginar la figura de un cerdo encima de ella, moviéndose de arriba a abajo, e incluso le parecía peor que todos los demás, pues no  olvidaba la cara de depravado sexual que le había lanzado al abrirle la puerta; por lo menos ese séquito de hombres que llegaba cada noche a su habitación hacía lo posible para agradarle, aunque solamente fuera para poder recibir un mejor “servicio”.

Sin embargo, en el momento cumbre, la muchacha no pudo resistir más; soltando un tímido gemido, que de no haberla visto el joven habría supuesto que era de placer, se soltó a llorar; él perdiendo la fluidez con la que había contado durante por lo menos veinte minutos, aflojó los dedos de la fina cintura de ella, y brindándole una delicada caricia en la mejilla, comenzó a vestirse y se marchó. Ella, recargada en el filo del colchón, siguió llorando, y al recordar la caricia que el joven le dedicó, una sonrisa se pintó en su rostro; asomó la cabeza por la ventana y solo pudo observar la espalda erguida del muchacho bajando las escaleras de la estación.

Los días siguieron pasando sin que algo cambiara, cabezas, cabezas y más cabezas se asomaban por el pasillo, que como si fuera una cita para buscar empleo, una a una se iban retirando conforme pasaba el tiempo, lo único que podía hacerla sentir mejor, era imaginar la mirada comprensiva de él, de quien ni siquiera conocía el nombre.

Noche a noche lo esperaba, más arreglada que nunca, con la esperanza de que el toc toc de la puerta lograra oírse inoportunamente como en aquel momento, en el cual le había parecido el peor de los males, y ahora, como el mejor de los bienes, no se había aparecido; imaginaba que vendría y sería el saltamontes que lograría derrotar a las mil y un hormigas que a diario le cosquilleaban suciamente las costillas, los pies, los senos, todas las comisuras de su cuerpo, aún las más escondidas.

Llegó. Emocionada salió a abrir la puerta, con una altivez que no dejaba ver los nervios que sentía por primera vez, o al menos ella no recordaba ningún momento así; esta ocasión estaba preparada  con aquel atuendo que había usado la vez anterior, pero ahora, no fue él el que tuvo la iniciativa de desnudarse, sino ella, que poco a poco y con una sensualidad que esta vez no parecía forzada, comenzó por arrojar a aquel, que con tan asqueroso semblante observaba, en la primera cita, la cama. Y aunque el joven no parecía tener ninguna otra intención más que la de satisfacer sus necesidades sexuales, ella se entregaba a él como si nunca antes hubiera entregado el cuerpo a alguien más; la diferencia era que ahora, en lugar de entregar el cuerpo, lo entregaba todo; el alma, la felicidad que nunca había sentido, y esa sonrisa dulce, que nadie, jamás, había podido contemplar.

Menos uno, menos dos, menos tres. Diariamente un espacio más en la lista, pero cada día era más feliz, ahora las visitas eran recurrentes, dedicaba horas y horas a mirarse en el espejo, a arreglar su cabello, su rostro, su atuendo. Besos, caricias, sonrisas. Diariamente lo veía marchar por el mismo camino, bajar las escaleras de la estación sin saber ni la dirección que tomaba, pero Beatriz sonreía, ahora ella es Beatriz, ya no es necesario ser más ella, pues sabe que al día siguiente su amor regresará.

No se ven más cabezas por el pasillo, solo una; a esa una, la única que queda, la esperan en la puerta, no es necesario que toque, es bienvenida. Besos, caricias, sonrisas. Escaleras de la estación.

Besos, caricias, sonrisas. Escaleras de la estación

Besos, caricias, sonrisas. Escaleras de la estación.

Un día, dos días, tres días… Algo debe pasar…

Beatriz camina hacia las escaleras de la estación, sonriendo, tal vez pueda encontrarlo ahí, darle una sorpresa.

Él cargaba a un bebé, le sonreía a una dama….

Ella nunca fue una dama…

Beatriz no quiere ser ella otra vez, sube al vagón del Metro Patriotismo sin saber a dónde va.

Caras; hombres, mujeres, transexuales, todos son ella.

Cuerpos; zapatillas, faldas, baby doll, todos son ella.

Con una lágrima en los ojos lo mira desde la ventana…

Sin saber a dónde va.