Margarita Valdovinos

 Lucía ya se había tardado más de lo indicado, yo estaba harto, cansado a más no poder, tenía hambre y me apretaba el resorte de los calzones. Le dije que podía ir por ella a su trabajo, pero dijo que se quedaría a trabajar con el desgraciado de Ricardo; yo sé que a él le gusta Lucía incluso desde antes de que ella y yo estuviéramos saliendo. Él era una de esas personas a las que detestas porque debes detestarlas. Lucía no llegaba y mis tripas ya me comían.  Me senté en el suelo del andén; Tacubaya, a pesar de ser una estación importante por sus transbordes, estaba bastante ligera de usuarios esa tarde, así que me senté en el piso brillante del andén. A veces creía que no valía la pena esperar tanto a Lucía, ya que solo tenía que acompañarla hasta la estación Puebla para que tomara su camión, besarnos un poco en el transcurso y quizá irme un rato a pasarla bien a su casa. Guadalupe también está muy bien.

Me sentí muy cómodo allí en el suelo, así que lo mejor que podía hacer era sacar mi ejemplar de El Gráfico y hojear discretamente las páginas eróticas, al fin y al cabo todos lo hacen cuando están en el Metro. Estaba muy cómodo leyendo, hasta que de pronto escuché a un hombre decir con una voz muy de macho de a mentiras: “Esa vieja ya es mía, su quesque novio es un pendejete”. Al instante supe que era él, pero no me la quise creer. El imbécil de Ricardo estaba gritando a sus amigos el cómo iba a quedarse con mi novia; me le quedé viendo fijamente y él sintió la mirada en su espalda y la respondió. Se despidió de sus amigos sin quitarme la vista de encima y sin desaparecer la sonrisa sarcástica que se le había dibujado en la asquerosa cara que tenía.

Ricardo se acercó a mí, se paró dándome el frente y dijo:

–Tu vieja es mía, pinche marica.

Eso fue todo, era hombre muerto. Literalmente. Me levanté como resorte nuevo y lo tomé de la camisa fuertemente. Era más alto que yo, y también más fornido, pero también más hablador. Lo jalé y le golpeé la cara, le tiré de los cabellos, logré tumbarlo al piso y patalearle encima cuantas veces me fue posible. Él dejó de poner resistencia alguna, su cuerpo estaba suelto, como trapo después de sacudir muebles y muebles.

Una ira acababa de tomar por completo mi cuerpo, volteé, no había una sola alma en el andén, éramos solo ese imbécil y yo. Tomé su asquerosa cabeza y le arranqué todos los cabellos que pude, en trozos grandes y gruesos, me gustaba escuchar cómo se rompían esos mechones; cuando me cansé de tirarle del pelo, me dispuse a patearle la cabeza hasta lograr sangrarle la sien, se veía hermoso, toda esa sangre deslizándole la cabeza, mezclándose con los montoncillos de pelo regado.

Me había deshecho de él, nuevamente yo era el león alfa y mi hembra no tendría distractor alguno. Llegó el Metro segundos después, se acomodó y vi bajar del vagón, ella me miró con gesto asustado y dijo:

–Heraclio, perdón, no quise demorar tanto.

¿Dónde estaba esa bola de carne ensangrentada que estaba por presentarle a mi amada? Ese maldito se había ido. No. No había sangre, ni pelos, y el andén estaba lleno de gente. Lucía y yo nos subimos al Metro y poco antes de que se cerraran las puertas se logró escuchar: “Esa vieja ya es mía, su quesque…”

Estoy loco. Y ese maldito ya era hombre muerto. Ahora sí.