Teodoro Barajas Rodríguez
México votó, no en el nivel deseado pero lo suficiente para definir el rumbo próximo. Retorna el PRI a Los Pinos, es la crónica de lo previsto y no queda más que el presidente Felipe Calderón regrese el poder a sus enemigos históricos, a la némesis del PAN. Finalmente, la regla de oro en las democracias la representa la mayoría.
Los tumbos de la actual administración influyeron en los ciudadanos que acudieron a su cita en las urnas porque el revés de Acción Nacional ha sido mayúsculo al ser destronado en sus bastiones como Jalisco, obviamente en ello contribuyó el capellán que actualmente gobierna.
Ya el PAN regresará a su antiguo estatus de oposición leal al régimen, tal condición la lleva en su ADN. El PRI no puede ser el de antes, ese vetusto paradigma no ayudaría porque sería tanto como evocar la nostalgia de los tiempos en que se ejerció un esquema monolítico, una simbiosis perversa que aniquilaba cualquier intento opositor.
Enrique Peña Nieto lleva de nueva cuenta el PRI al poder, urge plantear una reforma del Estado de manera integral. Incluir propuestas de sus contrincantes, trazar otro diseño en la política interior.
México ha cambiado, contamos con un sistema de partidos que ha derivado en la partidocracia, ya no estamos en la simulación, como ocurrió en 1976 en la elección de José López Portillo, candidato único.
La transparencia y rendición de cuentas son el binomio preciso que puede redituar en gobernabilidad, otras formas que produzcan otro fondo.
El PRI ganó pero no avasalló, se dibujan equilibrios, la izquierda electoral se consolida en el Distrito Federal, el PAN ratifica hegemonía en Guanajuato; Morelos y Tabasco pasan a ser gobernados por perredistas. Síntoma del México que tenemos.
El PRI fue una maquinaria en otros tiempos, la simbiosis con los gobiernos de turno que en esta época ya no cabe en el contexto de la normalidad democrática. Enrique Peña Nieto tendrá un mayúsculo reto si se ufana de ser democrático porque el retorno del vetusto dinosaurio sería un dibujo anacrónico. Digamos que hay dos PRI, uno en los estertores, otro que renace o se transforma.
La alternancia es afortunada porque es una medida adecuada que reconoce o reprueba gobiernos. Es una señal inequívoca en las democracias. Sólo que en México tenemos poco tiempo con elecciones creíbles, aunque en algunos casos siguen siendo cuestionables, como ocurrió en 2006.
Las viejas dictaduras casi todas han muerto, la democracia ganó terreno, es característica occidental. Vivimos bajo la vitrina de la globalización, la cual supone cambios pero también perversidades en el rubro económico.
Josefina Vázquez Mota y Gabriel Quadri han reconocido sin demora el resultado del primero de julio, Andrés Manuel López Obrador debe enfilarse a ello. La democracia es imperfecta, aunque como lo dijera Winston Churchill: los otros sistemas son peores.
Deseo nuestro país no sea infiltrado por el virus del fanatismo, al contrario, deseo que la legalidad sea la divisa imperante.
