César Arístides

El respeto que ganó el Conde de Villamediana como poeta y gallardo personaje avanzó por los siglos y los estilos literarios hasta encontrar en el Duque de Rivas —como apunté en mi anterior comentario de Con/verso— un leal animador de su donosura y fortuna. En esta entrega, toca el turno a Pablo Neruda de buscar el alma del malogrado Conde y exhumar sus aromas terribles. El autor de Residencia en tierra y Canto general encontró en el mito de Villamediana el terreno propicio para hablar de su estigma y legado, de su grandeza lírica y los arrebatos sensuales que lo llevaron a la tumba.

El resultado de esta asimilación es “El desenterrado”, un poema que avanza entre la elegía y la devoción: un encabalgamiento de versos donde los elementos naturales y las emociones agredidas se funden en despojo y sangre, evocación funeral y desgarradura.

La presencia temeraria de Juan de Tassis, el ilustre Conde, surge de la tierra y la penumbra, del olvido y la condenación para ser más que huesos y moléculas, erigirse como adalid y misterio. Neruda lo convoca, le llora y aguarda su esencia derruida: “quiero ver levantarse del polvo inútil/ un ronco árbol de venas sacudidas,/ yo quiero de la tierra más amarga,/ entre azufre y turquesa y olas rojas/ y torbellinos de carbón callado,/ quiero una carne despertar sus huesos/ aullando llamas,/ y un especial olfato correr en busca de algo,/ y una vista cegadora por la tierra/ correr detrás de dos ojos oscuros,/ y un oído, de pronto, como una ostra furiosa,/ rabiosa, desmedida,/ levantarse hacia el trueno,/ y un tacto puro, entre sales perdido,/ salir tocando pechos y azucenas, de pronto”.

El poeta nombra a otro poeta en el espejo de los verbos, pero también lo levanta de la tierra, del lodazal y la bruma, y lo arma con dolor y lumbre, con la fe de quien se mira en la calamidad y en los tropiezos. Neruda quisiera despertar la herida de Villamediana, por eso el tesón de sus invocaciones le permite desenterrar el abandono, traer de los cientos de años podridos los misterios del poeta asesinado: “Cuelgan de sus rodillas y sus hombros/ adherencias de olvido, hebras del suelo,/ zonas de vidrio roto y aluminio,/ cáscaras de cadáveres amargos,/ bolsillos de agua convertida en hierro,/ y reuniones de terribles bocas/ derramadas y azules,/ y ramas de coral acongojado/ hacen corona a su cabeza verde,/ y tristes vegetales fallecidos/ y maderas nocturnas le rodean,/ y en él aún duermen palomas entreabiertas/ con ojos de cemento subterráneo”.

Los versos se agolpan, condenan, se desatan; punzan la ternura y se arrumban en la queja. Pablo Neruda logra por fin sacar del sepulcro al poeta, trastocar el rencor del cuchillazo; al fin arranca al muerto de la dejadez terosa y su homenaje se vuelve el callado rumor de una pesadilla que al fin cede a la claridad de la ilusión: “¡Conde dulce, en la niebla,/ oh recién despertados de las minas,/ oh recién seco del agua sin río,/ oh recién sin arañas!/ …/ Crujen minutos en tus pies naciendo,/ tu sexo asesinado se incorpora,/ y levantas la mano en donde vive/ todavía el secreto de la espuma”. Así, quedará despierto el poeta condenado, será ultratumba su cielo de tierra, dolor y amargura, desenterrado por Neruda, se volverá añoranza que se eleva, cruje y se ilumina.