Alejandro Alvarado
La novela El más buscado (Mondadori), de Alejandro Almazán, retrata con tintes de ficción la vida del principal narcotraficante de México y, con mucha seguridad, del mundo: Joaquín Guzmán Loera, el Chapo. El periodista acudió a “fuentes fidedignas”, lo que le ha llevado más de quince años, para describir al Chapo cómo se adentra en el mundo de la droga, de su relación con Félix Gallardo y Amado Carrillo; sus enfrentamientos con los Arellano Félix, su presunta participación en el asesinato del cardenal Posadas Ocampo en Guadalajara, su arresto y fuga del penal de máxima seguridad y, por supuesto, la guerra desatada por el presidente Felipe Calderón contra los narcotraficantes.
—¿Qué es lo que hay detrás de esta historia?
—Leí hace tiempo en el New York Times, en el Washington Post y en la revista Proceso, que en el periodo electoral Felipe Calderón aprehendería al Chapo Guzmán para exhibirlo como un trofeo en las elecciones; además, esto podría también servir al gobierno estadounidense para lucirse. Esa posibilidad es el punto de partida de El más buscado.
—¿Qué tan real es este trabajo?
—Eso le toca descubrirlo al lector. Yo escribí una obra de ficción. Mi libro no es periodismo, sino una novela. Por otro lado, me ha tocado ver a soldados cuidando plantíos en la sierra, y he escuchado historias de cómo soldados, incluso generales, protegen a los propios narcotraficantes. Hay otras versiones de cómo los políticos están también inmiscuidos. En El más buscado traté de dejar claro que el Chalo Gaitán, el Chapo, los Arellano Félix, el Mayo Zambada, los Carrillo Fuentes, los que controlan ahora el cartel del Golfo, los Templarios y los Zetas son los malos de la película, sin duda; pero hay otros que hoy nos dicen que son los defensores de la patria y que solamente ellos nos pueden salvar de esta violencia, pero no es así. La violencia y la corrupción actual son pavorosas, pongo un ejemplo, si yo quisiera vender mariguana en este momento, te aseguro que dentro de un mes las autoridades van a darse cuenta y me arrestarán, salvo que yo les pague, y de esta manera es posible que siga yo vendiendo siempre.
—Danos tu opinión sobre la guerra contra el narco, de Felipe Calderón.
—Me enteré en Culiacán, cuando estaba tecleando la novela, que los estadounidenses controlan todo; ellos ordenan cuál es el cartel al que hay que proteger. Los gobiernos mexicano, colombiano, costarricense, brasileño deben acatar esas órdenes. Me llaman la atención las declaraciones de Vicente Zambada (hijo del Mayo), cuando lo apresaron, que en el cartel traficaban con consentimiento de la dea. Claro, la dea lo niega, argumenta que se infiltraron al cartel para poder arrestar narcotraficantes. Se habían infiltrado veinte años sin arrestar nunca a nadie… En caso de que sea cierta esa historia, es obvio que la única opción del presidente Calderón era obedecer. El problema es declarar la guerra a los narcotraficantes sin una estrategia real de combate. ¿Qué busca el presidente?, pues legitimar su candidatura. Con eso logra que sea más enferma la guerra. Con quién habló, quién le pidió que fuera a zarandear el avispero de esa manera. Bien pudo, primero, hacer la guerra contra ellos financieramente y después en el campo de batalla.
—¿Por qué, entonces, el presidente no actúa en consecuencia?
—Me parece que no ataca las finanzas porque el narcotráfico le ha dado una gran riqueza a este país. Lo que sí puedo decir es que en Cancún hay casas de cambio que emplean a mil personas. Todo mundo sabe que operan gracias al lavado de dinero. Hay ciudades como Culiacán o Guadalajara que se construyeron con dinero del narco. Si los traficantes de droga no hubieran aportado su dinero, esas ciudades serían unos viles ranchos a los que nadie quisiera ir. Y, sin embargo, hoy, Guadalajara es la segunda ciudad más importante de México. Si atacan las finanzas del narcotráfico el país entra en crisis, aún más.
—¿Qué perfil nuevo del Chapo Guzmán podemos ver en tu novela?
—Me convencí que debería escribir sobre él sin retratarlo ni como el diablo ni como alguien a quien reclutaron en el infierno; tampoco, por supuesto, es un ejemplo que está bajado del cielo, sino como un ser humano: un hombre con anhelos, frustraciones, que asesina. Es un tipo que vende drogas pero que no las consume. Un tipo contradictorio, como somos los seres humanos.
