Roberto García Bonilla
I
A 95 años de su nacimiento (1917) y más de cinco lustros del fallecimiento de Juan Rulfo (1986), la mención de su nombre sigue provocando reacciones antagónicas que rebasan interpretaciones y análisis de El Llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). El enigma signa al escritor que no se sabe con exactitud si nació en Apulco o en Sayula.[i] Sus pasos están rodeados de fuerzas en conflicto que van del milagro al infortunio, del silencio al estrépito, del confinamiento a la veneración. El sino de la ambigüedad lo persiguió a lo largo de la existencia; negó a sus entrevistadores noticias de sus primeros años y a través de los retratos sabemos de una tristeza advertible en el rictus de su mirada, y que mermó su trabajo escritural. ¿Cuántos creyeron que el fatalismo de Rulfo descansaba en sus efectos personales y no en su esqueleto? Después de su muerte, la imagen del personaje público y su obra se mantienen intactas como un enigma personificado y uno de los hitos de la literatura hispanoamericana y mundial.
El mito sustantiva al escritor jalisciense, es simiente de su posteridad. ¿Dónde terminan la realidad de los hechos y dónde se inicia el rumor?: complejo proceso de comunicación que se reinventa y actualiza su ambigüedad en cada nuevo pronunciamiento. El rumor es caldo de cultivo de las leyendas en un personaje tan huidizo como Rulfo, quien también podía cautivar a sus interlocutores con monólogos gestados, por ejemplo, de anecdotarios de rancheros que se enriquecían alterándose en la reconstrucción de la memoria y podían acabar como historias espontáneas que irrumpen y desaparecen como soplos de experiencias propias. Las declaraciones, los proyectos inconclusos del personaje -que firmó hasta la mitad de los años cuarenta como Juan Peréz Vizcaino-[ii] se confunden con los entredichos, artículos, informes, análisis, glosas que el medio cultural, periodístico y el académico han producido en volúmenes industriales. La valoración conjunta es imposible.
La parquedad de Rulfo y el celo con que protegió su intimidad, lo convirtieron en un enigma viviente. Lograr que aceptara una entrevista era, más que un privilegio, una fortuna del azar,[iii] y proponerse escribir una biografía de Rulfo en 1980 habría sido una extravagancia. Los secretos del escritor, sus hallazgos, su genialidad, en ocasiones escamoteada, su fragilidad propensa a la creación, al abandono, al extravío del mundo, emergían con grandes dosis de silencio que engendraron el mito alrededor de la esterilidad creadora durante los últimos treinta años de su vida.
Antecedentes de estudios de la vida del escritor son algunos textos que se concentran en un momento de su vida, una suerte de fragmentaria intención y esbozos de un rostro a través de la aprehensión de lo cotidiano. Un primer ejemplo es el de Luis Harss.[iv] En “Juan Rulfo o la pena sin nombre” (1968), reconocemos uno de los retratos sicológicos más penetrantes que se han escrito sobre Rulfo; su contundencia está en la manera de sugerir rasgos y ademanes, estableciendo semejanza entre la ausencia de grandilocuencia del autor y la de sus personajes. Después de mostrar lo lejos que estaba Rulfo del regionalismo, Harss traza un mapa para encontrar a los antepasados del escritor que habrían sido, por el lado materno, andaluces. Luego salta al pasado inmediato: la niñez y juventud del aspirante a escritor, para adentrarse, de inmediato, en los cuentos y la novela de “uno de los milagros de nuestra literatura. No es propiamente un renovador, sino al contrario el más sutil de los tradicionalistas”. Harss alterna los rasgos y motivaciones de los personajes con los de su mismo creador. Con una descripción puntillista delinea un mural sociohistórico de la obra, teñida con las brumas del pesimismo.
Reina Roffé publicó en 1973 uno de los primeros textos biográficos del escritor. Sobre nueve entrevistas y textos en primera persona, conformó Juan Rulfo, Autobiografía armada,[v] un “monólogo” en el que Rulfo recorre la historia de sus ancestros, recrea instantes de su infancia y la vida rural en Jalisco; aborda, también, el proceso de gestación de su obra y reflexiona sobre su postura como escritor y el choque entre campo y la capital del país. Ramiro Villaseñor señala el gran reto de los biógrafos del autor jalisciense hasta hace menos de diez años es el hecho que: “la biografía de Juan Rulfo está llena de alteraciones y omisiones”.[vi] En 1986 Felipe Cobián Rosales sitúa espacios y personajes del Llano Grande en las primeras décadas del siglo XX y describe momentos en la vida de los hermanos Pérez Rulfo, el asesinato de don Cheno y recupera testimonios de parientes y vecinos de Juanito.[vii] En “Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo” (1989), Federico Munguía Cárdenas precisa fechas y establece contradicciones alrededor de referencias biográficas (1987);[viii] Antonio Alatorre reconstruye en “Las cuitas del joven Rulfo burócrata” (1992) la atmósfera anímica y las rutinas del escritor cuando era empleado de la Secretaría de Gobernación (1936-1947).[ix] Luego, en “La persona de Juan Rulfo” (1999),[x] se propone evidenciar cómo la mentira y la verdad se mezclan en la construcción del autor; nota cómo Rulfo tuvo que protegerse de la fama y mantener ideas fijas como verdades, además de estimular su fantasía en algunas declaraciones y evocaciones públicas. Pero más que construir una imagen de sí mismo, el escritor pareció empeñado en esbozar autorretratos hablados y arrojar al vacío espectros de su ánima. Como muchos de sus personajes, se proyecta como un fantasma viviente. En “La leyenda de Rulfo: cómo se construye el escritor desde el momento que deja de serlo” (1992),[xi] Jorge Rufinelli recorre las fabulaciones alrededor del personaje que deviene en mito pluralizado: Rulfo, escritor artesanal y genial sin conciencia de sus alcances creativos; la leyenda negra del auxilio de colegas en la estructuración final de Pedro Páramo; “La Cordillera”, novela inexistente que en su mención reiterada logró, gracias a uno de los tantos misterios que rodean al escritor, la mención en una historia de la literatura. Una vez más apareció el error vivo.[xii] Y en Los caminos de la creación en Juan Rulfo (1993),[xiii] Sergio López Mena da cuenta de su formación literaria e integración a los círculos literarios de Guadalajara y de la Ciudad de México. Sabemos del ambiente que se respiraba dos décadas antes a la publicación de Pedro Páramo (1955). La capital del país no era “la región más transparente”, pero tampoco alcanzaba la asfixia cotidiana de nuestros días. Rulfo tuvo que vivir la sordidez laboral los primeros meses de 1947 en la Goodrich Euzkadi donde fungió como capataz (“fiscal de los obreros”). López Mena recorre la gestación de los cuentos y la novela. Aunque no se conoce fuera de los círculos académicos, este libro monográfico cubrió en su momento no pocos huecos alrededor de su obra y de su vida. Emmanuel Carballo, en “Juan Rulfo, 1917-1986” (1994),[xiv] deja una sintética biografía intelectual de su compañero en el Centro Mexicano de Escritores y aseguró: “influí de una manera decisiva en Juan Rulfo. Fue uno de mis descubrimientos. La gente no me ha dado el crédito necesario por razones de política literaria”.
Fabiola Ruiz rescata voces de pobladores de Jalisco que recordaron los años de infancia de Juan Rulfo y pinta sus propios cuadros de época; son una docena de textos en que manchones de la memoria se vuelven, gracias a la ficción, retratos abstractos. Por el camino de Juan[xv] reproduce fotografías de sus familiares, lo cual hará más ampliamente en la siguiente entrega editorial: una selección de 30 fotos que se inicia con un retrato del abuelo paterno, Severiano Pérez Jiménez, y concluye con una imagen del matrimonio Rulfo-Aparicio el día de su boda (mayo de 1948) en el Templo del Carmen en Guadalajara. La iconografía está precedida de una genealogía con datos inéditos sobre los ancestros del escritor: Juan Manuel Rulfo (1784-1834) es el primero de los Rulfo de que se tenga memoria, tatarabuelo de Juan Rulfo, quien se desempeñó como delegado realista en Zapotlán el Grande y capitán de la Compañía de Indios Patriotas, cuerpo de ejército conformado en las poblaciones para luchar contra los insurgentes.[xvi]
Entre los acercamientos biográficos de autores no mexicanos se cuentan los de Milagros Ezquerro (1980, 1986)[xvii] y el de José Riveiro Espasandín (1984).[xviii]
De 2003 a 2005 se publicaron cinco biografías de Juan Rulfo. Las primeras biografías son de Reina Roffé y Nuria Amat. En Juan Rulfo. Las mañas del zorro[xix] Roffé emprende un viaje por los eriales anímicos del escritor mexicano, penetrando en los abismos de su personalidad que emergían en oscilantes cambios anímicos proclives a la depresión. La biógrafa argentina mantiene respeto por su personaje sin disminuir sus fragilidades y carencias. Se interroga sobre las contradicciones del escritor y con frecuencia prioriza el juicio de otras voces sobre la interpretación personal, manteniendo así una distancia que por instantes el lector leerá como neutral (aunque, en rigor, la neutralidad en un biógrafo es imposible): “Dejo que el lector haga su propia composición de lugar, arme el puzzle de la vida de Rulfo, una vida íntimamente ligada, por supuesto, a la construcción de su obra”.[xx] Aborda en distintos contextos un tema recurrente en su biografía: los alcances y las secuelas del silencio creativo.
Al escribir Juan Rulfo, el arte del silencio,[xxi] la española Nuria Amat se empeñó en colocar al autor de “Luvina” entre los escritores más importantes del siglo XX, además de difundirlo más en Europa. Su texto fue concebido como una biografía literaria. Los objetivos responden a su oficio: es novelista, no biógrafa, por lo tanto le importa ahondar en los procesos de la creación y acentuar la influencia del Rulfo fotógrafo sobre el Rulfo escritor, antes que llegar, por ejemplo, a los intersticios de la vida sociocultural de la Ciudad de México entre las décadas de los cuarenta y los sesenta. La suya es una reflexión e interpretación de los caminos escriturales de Rulfo en su agotamiento ante la hoja en blanco y los intentos creativos de largo aliento sin fructificar. Una de sus aspiraciones fue escribir una biografía que pudiera leerse como se lee una novela. “Aún me he guardado algunas teorías personales. Sobre Rulfo queda mucho por decir y escribir…”[xxii]
La familia Rulfo Aparicio le solicitó al académico Alberto Vital escribir la biografía del escritor; Clara Aparicio Rulfo escribió a modo de prefacio en Noticias sobre Juan Rulfo, 1784-2003 (2004): “Afrontar la tarea de escribir sobre la vida de Juan Rulfo requiere del empeño de una persona con una actitud escrupulosa y sincera, que deje a un lado anecdotarios o mitos sin sustento. Porque Juan no vivió con la actitud de que su persona pasara a la posteridad. Lo que deseaba es que su obra lo hiciera”.[xxiii]
Es la única biografía autorizada de manera expresa por la familia del escritor. Contiene fotografías de sus descendientes y no pocas del propio Rulfo. Aquí la discreción informativa y la sobriedad estilística se imponen; las fuentes testimoniales del escritor (epistolarios u otros documentos) se deslizan con una mesura que por momentos pareciera que graduaron los herederos. El lector se introduce con detalle a los antepasados del escritor, sigue de cerca la trayectoria física y bosqueja la obstinación del futuro autor de Pedro Páramo. Como motivos conductores aparecen las inquietudes intelectuales, artísticas y, también, la preocupación por disciplinas como la historia, la antropología social y la arquitectura. Vital reitera la integridad moral y el carácter insondable de su personaje; sobre el halo hagiográfico de las biografías autorizadas señaló: “Yo quise hacer la biografía de un creador en su fase generativa, no sólo en su vida personal, sino en la literatura y la cultura mexicana. No intento santificar la vida de Rulfo. Si se descubriera un texto sobre su alcoholismo, replantearía mi biografía”.[xxiv]
El autor de Noticias sobre Juan Rulfo es el único biógrafo que contó con el archivo personal del escritor y documentos de sus herederos; es notoria la ausencia de una recuperación de la ciudad de México que Rulfo conoció y respiró entre 1935 y 1985. Ya en Aire de las colinas. Cartas a Clara (2000), Vital -autor del prólogo- pudo enriquecer el epistolario con notas sobre acontecimientos, nombres y fechas que evidenciaran la vida cotidiana del escritor y que precisaran los cambios de residencia y las rutinas del escritor en su trayectoria laboral y en el gremio de los escritores. El biógrafo delinea su austeridad personal y penetra, con intermitencias, en ese complejo vínculo que el escritor jalisciense tuvo con la Ciudad de México donde encontró en la Secretaría de Gobernación –en 1936- al personaje más significativo al inicio de su vida literaria: Efrén Hernández. De la amistad entre ambos escritores casi nada se sabe.
Grupo Editorial Tomo presentó en 2004 una biografía concisa sin más pretensiones que las de contar la vida de una celebridad y vender el amplio tiraje; está narrada como un amplio reportaje y coloreada con menciones textuales directas o indirectas; en ningún caso los autores –que con seguridad firmaron con seudónimo- consignan las fuentes biblio-hemerográficas.[xxv]
Juan Antonio Ascencio publicó la última biografía de Rulfo que hasta ahora conocemos; su autor, abogado de profesión, lo frecuentó a partir de 1982, año en que lo representó en un juicio. Luego alcanzaron una estrecha convivencia. Se trata de Un extraño en la tierra (2005),[xxvi] cuyo subtítulo “no autorizada” fue añadido por la editorial, sigue un recuento cronológico sostenido en largos anecdotarios de personajes que conocieron a Rulfo. Ascencio documenta muchas de sus exposiciones, sobre todo las que tienen que ver con temas polémicos, y afirma no creer que el escritor se hubiera encubierto en máscaras. Señala que la biografía per se no le interesa, sino ligada a la obra: “La afirmación de que la vida del escritor en nada ilumina la obra me parece dictada desde un escritorio”.[xxvii]
El pintor Juan Pablo Rulfo, hijo del escritor, señaló que su familia está en desacuerdo con esta biografía aunque “nosotros no censuramos nada, lo dejamos a la interpretación y sentido común del lector”. Y añade: “Yo no sé por qué inventarle cosas a una persona tan discreta como mi padre […] Después de su muerte le aparecieron muchos amigos a quienes les dijo cosas únicamente dirigidas a ellos y que luego las transcriben en biografías, artículos y otros textos […] Mi padre, al ser tan discreto, dejó un enorme vacío que muchos han venido llenando con sus propias invenciones o ideas”.[xxviii] Y el director de la “Fundación Juan Rulfo”, Víctor Jiménez, declaró en mayo de 2005: “padecemos una plaga de seudobiografías hechas por ignorantes, antologías y estudios de dudosa calidad”.[xxix]
II
La cantidad de entrevistas que Rulfo ofreció dentro y fuera de México podría desmentir su fama de hombre silencioso;[xxx] ciertamente rehuía los grandes auditorios y era experto en eludir a la prensa y desaparecer por las escaleras de servicio, mientras los periodistas y admiradores esperaban en salas de prensa o en el lobby de los hoteles. Tenía estrategias para proteger su intimidad, aislarse y mantenerse en el anonimato en los encuentros de escritores y otras celebraciones a las que asistía, en ocasiones obligado por los compromisos que el prestigio le exigía. Las entrevistas son fuentes imprescindibles para vislumbrar halos de su personalidad por cuanto oculta, sugiere, recrea, altera, fabula. Por una capacidad de invención que por más fantástica que sea, siempre tiene asideros en la realidad erosionada de expectativas, esperanzas, confinamientos; una realidad teñida de los nublazones de la pérdida y la violencia que precipitaron el fin de su inocencia y que, sin remedio, abismó su existencia.
Hay entrevistas que por sus rasgos estilísticos y revelaciones entrelíneas son acercamientos biográficos. Las conversaciones que Elena Poniatowska tuvo con Rulfo son, en su conjunto, un ejemplo; la amistad que los unió le permitió relajarse aunque a pesar de todo siempre se encubre con ironía y sarcasmos. Su sentido del humor va de la puerilidad al repentino sobresalto. “Juan Rulfo, ¡Ay vida, qué mal me pagas!” (1987)[xxxi] es un extracto de las entrevistas publicadas entre 1945 y 1980. Otra entrevista reveladora es la de José Emilio Pacheco quien lo presenta así en 1959: “En un medio donde impera el menosprecio por la obra ajena [la de Rulfo] ha despertado una admiración casi unánime entre todos los literatos. Rulfo no busca la notoriedad por medios bastardos; es lacónico, hosco; posee una modestia que no tiene la mayor parte de sus colegas. Su obra no es producto de la improvisación: ha madurado lentamente en años de continuo e inflexible trabajo”. En contraste Rulfo se entrevé manchado de amargura a los 42 años de edad; cuando la fama empezaba a tocarlo manifestó: “El éxito de mis libros en el extranjero puede tener resonancia para los lectores de otras lenguas, a mí ya no me importa. Para el autor un libro publicado es una cosa liquidada”.[xxxii] Rulfo se muestra como un actor representando diversos papeles en la misma escena y se desdobla en un virtuoso conversador en el encuentro que tuvo en 1974 con estudiantes de la Universidad Central de Venezuela. Y quizá sin advertirlo deja caer jirones de sus conflictos ante el papel en blanco.[xxxiii] A lo largo de la conversación, por ejemplo, se contradice respecto de la escritura de la mítica novela “La Cordillera”. En otra entrevista, el mismo escritor comentó aquella conversación: “Contestaba todas las preguntas con mentiras. No utilicé para nada la verdad de los hechos. Inventé que un señor era el que me contaba a mí los cuentos y que este personaje había muerto y que, desde entonces, yo no había vuelto a escribir cuentos porque no tenía quién me los contara. Fue un éxito de mi imaginación sobre mi miedo que esos momentos me provocan”.[xxxiv] Sus respuestas sobre sí mismo, como se ve, variaban dependiendo del interlocutor, el espacio y el momento. De esa vaguedad se han alimentado las leyendas que rodean al personaje y definen una imagen, construida voluntaria e involuntariamente por el escritor, por el gremio de sus contemporáneos, por la prensa –que en sus inexactitudes y adjetivaciones vivifica el mito- y en los últimos ocho años por la Fundación Juan Rulfo, que aparece, a través de su vocero, como una especie de ujier y, en diversas momentos, como dictaminador censor de quienes investigan, crean y escriben en torno a Juan Rulfo y su obra.
Otras entrevistas ilustrativas sobre los fulgores y abismos del escritor, son las de Eugenia Caso (1968), Juan Cervera (1969, Joseph Sommers (1973), Ernesto González Bermejo (1979),Fernando Benítez (1980), Armando Ponce (1980), Eric Nepomuceno (1982), Jesús Torbado (1982), González Boixo (1983), Victoria Azurduy (1984) Sylvia Fuentes (1985), Gustavo Cobo Borda (1986) Roman Samsel (1986), Juan Osorio (1990) y Ernesto Parra (1990).
III
Los cronistas de Rulfo han recorrido interminables travesías en plenos eriales. Aún hay interrogantes que las biografías sólo han vislumbrado. La obsesión por alcanzar datos y fechas fidedignos podrá inhibir la escritura del texto y agostar los horizontes del universo creativo, social y afectivo del protagonista. La precisión de fechas y lugares no alteran ni magnifican las acciones, los méritos o el silencio de un creador, aun con la evidencia de expedientes originales, que aparecen como pruebas irrefutables de la autenticidad de los hechos narrados, confiriendo, además, rigor al texto. Los documentos presuponen la aprehensión neutral de los sucesos. El resultado es una suerte de impresión en negativo de la realidad.
Una biografía original, pues, no sustenta su autenticidad en la exactitud de fechas y lugares, sino en la recuperación del personaje, destacando rasgos inéditos no sólo de sus itinerarios físicos (que en la vida de Rulfo no fueron demasiados), sino en el ahondamiento de los territorios anímicos y creativos que supone entrar a las turbulencias inescrutables de todo ser humano. Acaso una biografía reveladora de Rulfo exigirá rehacer los fragmentos autobiográficos que él dejó en las entrelíneas de sus declaraciones; confrontándolas, asimismo, con una glosa de sus textos literarios. De este modo se establecería un vínculo entre vida-obra que, por otra parte, se ha banalizado con una ligereza que ha impedido nuevas conclusiones sobre el escritor mientras se siguen repitiendo lugares comunes que han alimentado el mito.
Las crónicas y biografías sobre Rulfo muestran la perdurabilidad de su aura enigmática. Aprehender su figura, seguir sus vaivenes existenciales no se limita, pues, a la precisión de datos y al hallazgo de lapsos desconocidos en su periplo vital, lo cual ha venido siendo un obstáculo mayúsculo para cronistas, biógrafos e investigadores. El mayor reto consiste en recuperar la presencia de un hombre esquivo, impredecible e insondable que sobrellevó una vida interior sin sosiego con laconismo y aparente indiferencia. En sus aspiraciones creativas e intelectuales, más que en sus ademanes, rutinas, simpatías y sinsabores cotidianos, se encuentran rasgos de atmósferas anímicas manifiestas en su literatura. La dificultad mayor de los biógrafos -después de la búsqueda de información que despeje los oleajes de ambigüedad, tan reiterada por la prensa y, con algunas excepciones, por quienes omiten opiniones-, está en asir a un personaje que al intentar aprehenderlo parece difuminarse. Al igual que con Pedro Páramo cuando se trasladó al cine, existe el riesgo de que se petrifique al escritor como un monolito en el que se funden leyendas y lugares comunes alterados y actualizados al paso del tiempo. Ello dejaría un rostro multiforme que esculpe la memoria colectiva, identificable en los medios de comunicación, el gremio literario, la cultura oficial -que por más de tres décadas elevó la memoria del escritor para exaltar al Estado- y la “Fundación Juan Rulfo” que durante los últimos años ha oscilado entre el dictamen y el enjuiciamiento absolutos.
La participación de los biógrafos en la transformación de la imagen del escritor ha sido mínima; si se exceptúa su valor documental y literario, -con algunas excepciones pasajeras- se han repetido anecdotarios y polémicas con variaciones circunstanciales. Será necesario aprehender –con cuidado estilístico- la personalidad emocional del escritor (las biografías de Roffé y Amat ahondan con perspicacia en este aspecto; la primera penetra en la fragilidad del niño y en la presencia de la imagen de la madre en la vida adulta del escritor; la segunda se interroga sobre las búsquedas afectivas del escritor, entrelazadas con sus aspiraciones escriturales), más que referir sus viajes dentro y fuera de México, los cuales dan cuenta de un hombre excepcional e inestable que, a pesar de sí mismo, alcanzó el reconocimiento de la academia, de los editores y de los lectores de todo el mundo. Habrá que situar al personaje en su época e integrarlo en la transformación de la cultura en México a lo largo del siglo XX, sin dejar de observar cómo incidieron esos cambios en su vida interior. Así podremos acercarnos a un hombre cuya obra -en su estilo y en su habla- es la cima inefable e insuperada entre nosotros, y cuyo genio supo aprehender el dolor y el desarraigo impronunciables que como una malignidad de sombras nos acompañan.
[i] Federico Munguía Cárdenas le preguntó al autor de “Luvina” en dos ocasiones su lugar de nacimiento; la primera, respondió que en Apulco y la segunda que en San Gabriel. Véase Hermenegildo Olguín, “Los Rulfo, burócratas; los Vizcaíno, caciques”, en Rulfo en llamas, México, Proceso–Universidad de Guadalajara, 1988, 2ª. ed., p. 187.
Felipe Cobián, al parecer, fue el primero que documentó el año exacto del nacimiento de Carlos Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno: 1917; lugar: Sayula. Cobián prueba su afirmación con el acta de bautismo. Véase “Dato fidedigno: Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917. Carlos Nepomuceno era su nombre”, La Jornada, 11 de enero de 1986, p. 22. Fuentes allegadas a la “Fundación Juan Rulfo” más recientemente han decidido que Apulco es el lugar verídico de nacimiento. Juan Rulfo. Voces y silencios, México, INBA, 2002, p. 51.
[ii] El cambio de apellido del escritor -Juan Pérez Vizcaíno, en ocasiones con Nepomuceno- lo atribuye Federico Munguía Cárdenas a una sugerencia del tío David (Pérez Rulfo): eliminando los dos patronímicos iniciales para revivir, como primero, el tercero de ellos, que era el menos común y lograr así el nombre con el cual aparecen firmados sus cuentos desde la mitad de la década del 40 y con el que se le conoce en todo el mundo. Federico Munguía Cárdenas, “Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo”, Homenaje a Juan Rulfo, recopilación, revisión de textos y notas de Dante Medina, Guadalajara, Universidad de Guadalajara (Colección del Centro de Estudios Literarios, 1989, p. 337).
[iii] A pesar de las constantes negativas del escritor a ser entrevistado, tuvo concesiones con algunos periodistas, estudiosos y colegas. Es extraño encontrar cerca de ochenta referencias biblio-hemerográficas de entrevistas con el autor de “Un pedazo de noche” en el ámbito mexicano, y más de medio centenar se pueden consultar en bibliotecas y hemerotecas públicas. Roberto García Bonilla, “XII. Entrevistas y conversaciones” en “Apéndice” de Un tiempo suspendido. Cronología en torno a la vida y a la obra de Juan Rulfo, México, Dirección General de Publicaciones de Conaculta (En prensa).
[iv] Luis Harss (en colaboración con Barbara Dohmann), “Juan Rulfo o la pena sin nombre”, Los nuestros, Buenos Aires, 1968, Sudamericana, pp. 301-77.
[v] Reina Roffé, Juan Rulfo. Autobiografía armada, Buenos Aires, Corregidor, 1973.
[vi] Ramiro Villaseñor Villaseñor, Juan Rulfo. Biobibliografía, apéndice de Ricardo Serrano, Guadalajara, Gobierno del Estado de Jalisco-Unidad Editorial, 1986, p. 11.
[vii] Está crónica originalmente se publicó entre el 8 y el 11 de enero de 1986 en el diario La Jornada.
[viii] Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo, Jalisco, Gobierno del Estado de Jalisco (Ensayo e
investigación), 1987.
[ix] Antonio Alatorre, “Cuitas del joven Rulfo, burócrata”, Umbral, Guadalajara, 2 (1992), pp. 58-71.
[x] “La persona de Juan Rulfo”, Literatura Mexicana, X, 1-2 (1999), pp. 225-47.
[xi] En Juan Rulfo: Toda la obra, edición crítica y coordinación de Claude Fell, México, Conaculta-ALLCA XX (Archivos, 17), 1992, pp. 467-70.
[xii] Orlando Gómez-Gil consigna en la Historia crítica de la literatura hispanoamericana (Holt, Rinehart and Winston, 1968, pp. 722-24, 736) a “La cordillera” como novela publicada; en el segundo tomo –Literatura hispanoamericana: antología crítica. Desde el modernismo hasta el presente– se menciona otra vez la novela que ya había anunciado La Gaceta del Fondo de Cultura Económica en su primer número de 1964 entre otros nuevos títulos de la colección Letras Mexicanas: Rito de iniciación de Rosario Castellanos; El héroe sin vida de Carlos Fuentes; Los errores de José Revueltas; “La cordillera” de Juan Rulfo; La pequeña edad de Luis Spota; Música concreta de Amparo Dávila y Seguimiento de Gabriel Zaid. En la misma publicación apareció la reseña “Ayuquila, Dionisio Árias, una casta condenada: ‘La Cordillera’”, firmada por A.S.
[xiii] Sergio López Mena, Los caminos de la creación en Juan Rulfo, México, UNAM, 1993.
[xiv] Emmanuel Carballo, “Juan Rulfo, 1917-1986”, Protagonistas de la literatura mexicana, México, Porrúa, (“Sepan Cuantos…”, 640), 1994, pp. 409-28.
[xv] Fabiola Ruiz, Por el camino de Juan, presentación, Hugo Gutiérrez V., Zapopán, Hidalgo, Jalisco, Doble Luna Editores, 1995.
[xvi] Fabiola Ruiz, Por el camino de Juan [Iconografía], Universidad de Guadalajara, Secretaría deCultura/Gobierno de Jalisco, 43 pp. (29 fotografías). La misma autora publicó, Memoria. Rulfo. Las mujeres, Colima, Gobierno de Colima- Secretaría de Cultura, 1999.
[xvii] Milagros Ezquerro, “Le roman en première personne” en L’autobiographie dans le monde hispanique, Universidad de Aix en Provence, Etudes Hispaniques 1, 1980, pp. 63-76 y Juan Rulfo, Paris, Editions L´Harmattan, 1986.
[xviii] José Riveiro Espasandín, Pedro Páramo. Juan Rulfo, Barcelona, Laia, 1984.
[xix] Reina Roffé, Juan Rulfo. Las mañas del zorro, Madrid, Espasa-Biografías, 2003.
[xx] Roberto García Bonilla, entrevista con Reina Roffé, inédita.
[xxi] Nuria Amat, Juan Rulfo, el arte del silencio, Barcelona, Ediciones Omega, 2003.
[xxii] Nuria Amat, “Un viaje al revés”, El Angel, de Reforma, México, 27 de febrero, 2005, p. 4. En la novela La intimidad (Alfaguara, 1997), Juan Rulfo y Pedro Páramo se funden como escritor y personaje por designios de la narradora de Nuria Amat.
[xxiii] Alberto Vital, Noticias sobre Juan Rulfo, 1784-2003, México, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, RM, 2004, p. IX.
[xxiv] Véase Adriana Cortés Coloffón, “Noticias sobre Juan Rulfo”, La Cultura en México, de Siempre¡, México, 29 de agosto de 2004, p. 69.
[xxv] Juan Rulfo, Grigori Karlenovich Gazarian y Sorel Contreras Meyerberg, México, Grupo Editorial Tomo (Los Grandes Mexicanos), 2004.
[xxvi] Juan [Antonio] Ascencio, Un extraño en la tierra, Biografía no autorizada de Juan Rulfo, México, Debate, 2005.
[xxvii] Véase Jorge Luis Espinosa, “Sólo escribo lo que el propio Rulfo expresó”, El Universal, México, 3 de marzo de 2005, p. 6.
[xxviii] “Morbo, el tema del alcohol”, ibid.
[xxix] “A Rulfo, Feria de Letras en Coyoacán”, ibid., p. 3.
[xxx] En el apéndice de Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo del mismo autor de este texto (México, Conaculta, en prensa) se consignan 78 entrevistas; algunas son conversaciones que luego se transcribieron. La mayoría procede de la prensa mexicana, pero hay también textos de periodistas españoles y sudamericanos. Acaso por sentirse menos asediado, Rulfo se nota, generalmente, más afable y extrovertido con sus entrevistadores extranjeros. Muy probablemente, fuera de México le abrumaba menos la pregunta sobre la publicación de su siguiente libro (se hablaba sobre todo de “La Cordillera”). El investigador español José Carlos González Boixo alguna vez le preguntó a Rulfo cómo decidía a qué periodista le concedía una entrevista y con quiénes se negaba. Él sencillamente dijo que aceptaba ser entrevistado por quienes le simpatizaban más.
[xxxi] Elena Poniatowska, “Juan Rulfo, ¡Ay vida, qué mal me pagas!” en ¡Ay vida, no me mereces! México, Joaquín Mortiz, 1984, pp. 133-65.
[xxxii] José Emilio Pacheco, “Imagen de Juan Rulfo”, México en la Cultura, de Novedades, 20 de julio de 1959, p. 3.
[xxxiii] “Juan Rulfo examina su narrativa”, diálogo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, el 13 de marzo de 1974, trascripción y edición de María Helena Ascanio, Escritura, I, 2 (1976), pp. 305-17.
[xxxiv] Juan E. González, “Entrevista con Juan Rulfo”, Revista de Occidente, 9 (1981), p. 112.
