David Enríquez
El nieto de Mariano Azuela, escritor de Los de abajo, nació en la Ciudad de México el 30 de junio de 1938. Habría cumplido 74 años este 2012, pero le llegó la muerte unos días antes, el día 7 del mismo mes.
Quienes lo conocieron, en ocasiones recuerdan a hombres con caminos muy separados. El Arturo Azuela músico, el que fuera difusor cultural, el maestro, el escritor. Y es que Arturo Azuela fue una persona incansable, con un ímpetu y una creatividad que difícilmente se estaban quietos. Para hacer coincidir todos los caminos que lo delimitan, yo quisiera recordarlo como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, como director del Seminario de Cultura Mexicana, y como escritor, premio nacional de novela en dos ocasiones.
La Academia y el Seminario de Cultura Mexicana
Sobre él, me escribió Vicente Quirarte: “Llegaba a la Academia en silencio, diestro en el manejo de su bastón. Digno y discreto, ocupaba su sitio antes que todos, como para no notarse. En general sus palabras orales eran pocas. Sin embargo, cuando hacía uso de ellas sus observaciones eran puntuales y certeras. A veces trasgredían el orden pero en una banda de hermanos se trata de diferir y argumentar.
Cuando conversábamos en corto, a la menor provocación recordaba con afecto a mi padre, el maestro Martín Quirarte, y las apasionadas lecciones de Historia de México que recibió de él. Tuvimos el privilegio de que se integrara a la Comisión Editorial, donde sus consejos eran siempre bienvenidos. En coedición con el Seminario de Cultura Mexicana, por él dirigido, publicamos un libro dedicado a la memoria de nuestro mutuo amigo José Rogelio Álvarez y siempre tenía proyectos en marcha, como la Enciclopedia Científica del Quijote que acogimos con entusiasmo. El mejor homenaje a su memoria será tomar la adarga y continuar blandiéndola con la gallardía y el temple de su ejemplo.”
Azuela trabajó con el maestro Quirarte en la Academia Mexicana de la Lengua. En esta institución, fue el segundo en ocupar la silla número XXX; antes de él, sólo Agustín Yáñez ocupó esta posición.
Llegar a la Academia Mexicana de la Lengua, en la silla que perteneciera nada menos que a Agustín Yáñez, fue un honor que Arturo Azuela desempeñara cabalmente; aprovechando otra posición privilegiada: la de director del Seminario de Cultura Mexicana, publicó una edición crítica de Al filo del agua, y un libro biográfico, Agustín Yáñez en las letras y en la historia, por ejemplo, entre muchísimas conferencias y varias decenas de artículos.
Ya señaló Eduardo Matos Moctezuma sobre el Azuela más académico: “Siempre era impulsor de proyectos, era incansable y hasta el último momento no faltaba para presidir las reuniones del Seminario [de Cultura Mexicana], entonces es realmente una gran pérdida, desde luego, pero nos marcó el camino y habrá que seguirlo”[1]
Las palabras de Eduardo Matos Moctezuma no fueron dichas nada a la ligera. Arturo Azuela marcó el camino a muchísimas personas, si no a través de su palabra escrita o sus más de 300 artículos periodísticos, como docente, tanto en el Seminario como en las aulas. Él dio cursos en varias universidades del mundo, por decir alginas, en La Sorbonne de París en 1984, o en la Universidad de Edimburgo, en Escocia, de 1976-1977, entre muchísimas otras; y en México, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue Director y donde impartió temas de Historia y pensamiento científico; y en la Escuela Nacional Preparatoria y el Posgrado de Ingeniería, con clases de Matemáticas y Física; además de sus cátedras por un par de años en el Instituto Politécnico Nacional, y en la Universidad de Guadalajara.
El escritor y el hombre
Todos los Arturo Azuela que hizo posibles, los hombres dentro del hombre, parecen convivir y alternarse en su obra literaria. Ahí está, por ejemplo, su novela El matemático, de 1988, que nos recuerda al científico; o Estuche para dos violines, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1994 y reeditada un año después, obra que gira en torno al robo de un violín Stradivarius (Gibson ex Huberman, para ser exacto), anécdota real, que ocurrió en 1936, y en la que nos habla el Azuela más apasionado por la música.
Sin embargo, su obra más importante es El tamaño del infierno, con la que obtuviera en 1974 el premio “Xavier Villaurrutia”. El tamaño del infierno está fechada en el centenario del nacimiento de Mariano Azuela, en 1973, y parte de la biografía de este escritor para abordar cien turbulentos años de la vida de México. Un texto de esta índole necesariamente desborda el asunto histórico, el de la biografía familiar, para sondear en la historia y la sociedad mexicana, en sus valores y vicios, y su vida en general.
En El tamaño del infierno, se vive desde la Revolución Mexicana hasta la matanza de Tlatelolco en 1968, a través de la mirada de Mariano Azuela, el tío Jesús y tres tecolotes que vigilan a la familia. Ahí se pinta a los personajes, los históricos, casi míticos, y los más de carne y hueso, y a la sociedad en su crecimiento como nación. La obra ha sido traducida al inglés, ruso, polaco y portugués; además, la editorial Cátedra publicó una edición crítica, encargada a Jorge Rodríguez Padrón, que lleva a los lectores españoles las vicisitudes de nuestra patria, con glosario incluido.
A pesar de esto, El tamaño del infierno, como muchas obras de Arturo Azuela, y de tantos escritores, recibe con el tiempo menos interés del mercado. Los libros regresan por mérito propio y mantienen asuntos y personas vivas en sus páginas, pero a veces este esfuerzo no es suficiente para que no sean cada vez más arrinconados por el paso de los años. Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes, se comprometió a reeditar y cuidar el legado del maestro Arturo Azuela, y todos sus amigos y lectores lo recordaron el día de su muerte y el de su cumpleaños con tanto cariño como a las más grandes figuras literarias.
Cuando muere el personaje de Mariano Azuela en El tamaño del infierno, Arturo Azuela escribe un párrafo que ahora pareciera empalmarse con él mismo, y revelar detrás de todos los méritos, premios y libros al hombre que caminaba por su querida Alameda de San Rafael y el kiosco morisco que la corona, y que tenía tanto qué decir y hacer:
“Las combinaciones son múltiples y todos aseguran poseer el espejo mejor pulido… ¿Y el hombre a secas?¿El atormentado, el introvertido, el soberbio?¿Y el iracundo y el enemigo de la soledad?… De nuestros purgatorio salen prismas y prismas que le dan perfiles a un hombre que nunca existió …Sin embargo ahí está su palabra escrita y aquel que quiera descifrar algunos rasgos de sus contradicciones, deberá identificar al escritor con sus propios personajes, deberá entender que todos somos uno y mucho, la línea recta y un enjambre de curvas parabólicas…”[2]
