Espurio y legítimo son lo mismo

Raúl Cremoux                                   

Dice Pedro Joaquín Coldwell que, contrariamente a lo que se piensa, nuestro sistema electoral es de dos vueltas; la primera se da en las urnas, la segunda en los tribunales. Así de clara es nuestra naturaleza electoral, sobre todo la que se inclina a la izquierda, aunque recientemente ya comienza a darse también a la derecha.

El caso más sonado quizás lo podamos encontrar ahora en la inhiesta figura de Felipe Calderón. Apenas en la noche del primero de julio felicitaba al ganador de la contienda Enrique Peña. Diez días más tarde, penetrado por el virus de la trampa y el engaño, el cual  hace seis años a él lo hacía padecer, ahora declara “cada vez asoman más evidencias de la compra de votos y eso la autoridad debe investigarlo y castigarlo”. Podía pensarse que le vino a recordar el caso de su hermana la Cocoa que fue acusada precisamente de eso en su natal Michoacán cuando quiso ser la gobernadora. Quizás debió pensar antes que la autoridad responsable para investigar y hacer esos castigos está a cargo del Ejecutivo Federal a través de la Procuraduría General de la República y su Fiscalía Especial para Delitos Electorales (Fepade). Quizás debió pensar que se refería a su ineficacia o a su negligencia. Quizás pudo ocurrírsele pensar en Guanajuato y Jalisco, donde esa práctica ha sido común cuando la ciudadanía ha ido a las urnas y no ha sido castigada para dar lugar, una vez más, a la impunidad. El caso es que ahora, en su más reciente divagar sobre cómo manchar el cargo que él pronto dejará, se le ha ocurrido subirse a los lomos de la bestia sobre la que cabalga Obrador.

De la cabalidad y transparencia con la que se condujo el Instituto Fderal Electoral y, de manera subrayada con la que actuó la sociedad el pasado uno de julio, Felipe Calderón pareciera que busca desacreditar. ¿Qué manera más ruin que la de mal calificar a quienes supuestamente se dejaron atrapar en las redes de su necesidad para, en la soledad de la casilla electoral, cumplir con el contrato de sufragar por alguien anticipadamente acordado? Y sobre todo, ¿cómo probar ese hecho multiplicado masivamente?

De eso precisamente lo acusó Obrador hace un sexenio. ¿Ya no se acuerda?

El encono entre ambos ha sido borrado. Ya no hay más presidente espurio ni tampoco legítimo: los dos son lo mismo.

Felipe Calderón repite la fórmula que su partido propuso para ganar los gobiernos de Puebla, Oaxaca, Sinaloa. El amasiato para enarbolar tristes victorias de réditos inexistentes.

De principio a fin de su mandato, nos ha dicho de qué está hecho: haiga sido como haya sido.

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