Los cinco millones de votos comprados
Félix Fuentes
La última extravagancia de Andrés Manuel López Obrador es que el PRI “compró cinco millones de votos” y, como acostumbra, afirma tener las pruebas. Para empezar debiera decir en cuál botica los venden y cuánto cuesta cada uno, si todo lo sabe.
Esta vez no se queja de rellenos y robo de urnas, de acarreados o actas alteradas. Tampoco habla de triquiñuelas en el Instituto Federal Electoral, ni niega que el priista Enrique Peña Nieto le haya sacado ventaja de 3 millones 329 mil 785 sufragios (6.82 %), hechos todos los recuentos exigidos por sus representantes.
Tampoco es reclamado el “voto por voto, casilla por casilla”, tonada de hace seis años. Esto porque los obradoristas lograron el recuento de 78 mil 469 paquetes electorales que contienen 45 millones 49 mil 356 votos.
Sin posibilidad de hacer reclamaciones de esa naturaleza, López Obrador se quedó desarmado y se sacó de la manga la fábula de los 5 millones de votos, azuzado tal vez por los tránsfugas priistas del pasado corrupto, Manuel Camacho Solís, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal y ahora Manuel Bartlett.
El rostro del tabasqueño es de pesadumbre y angustia. No alcanza a comprender, como dice una melodía, que todo se derrumbó. No asimila el golpe, si ya sentía en el pecho la banda tricolor y tenía armado el gabinete presidencial, con el “mejor político de México” a la cabeza, Marcelo Ebrard.
Andrés Manuel se regodeaba porque sería el guardián de los tres billones de pesos del presupuesto federal, “pogque ege dinero alcanja para todos”. Y tras él Ricardo Monreal, quien estaría junto a la silla presidencial, con los hilos del país en las manos.
Ambos decidieron que no todo se acabaría en las cuentas del IFE y enviaron gente a esa institución a cercarla e incitar a los jóvenes del Yo Soy 132 a tirarse en el asfalto para bloquear la circulación del Anillo Periférico.
Sin embargo, los estudiantes repararon que ni actuaban como apartidistas y habían caído en brazos del Peje. Por ello rechazaron la propuesta de acampar junto al Instituto Federal Electoral a fin de presionar “hasta que la elección del 1 de julio sea anulada”.
También se apartó de López Obrador el futuro gobernador de Morelos, Graco L. Ramírez, quien afirmó que su triunfo no lo debe al tabasqueño y sugirió a éste seguir por las vías institucionales.
Jesús Zambrano no olvida sus aventuras porriles de la Liga 23 de Septiembre e invitó al panismo a unirse al llamado Movimiento Progresista para, juntos, hacer las impugnaciones en el IFE. Tan perdido en el espacio como siempre, el líder blanquiazul, Gustavo Madero, aceptó. Pero debieron jalarle las orejas y terminó por decir que siempre no.
Ante el fantasma de la soledad, Monreal fue enviado a exhibir 3 mil 500 tarjetas de Soriana, las pegó en paredes y, afirmó, eran la prueba de la compra de votos. En apoyo a esa falacia, el jefe de Gobierno del Distrito Federal ordenó el cierre de dos tiendas de la empresa en Iztapalapa, y algunos medios, entre otros Proceso, cayeron en ese juego.
Humberto Fayad, director corporativo de Soriana, aclaró que las tarjetas presentadas de Monreal son de descuento de 15% en medicinas y otras líneas y “no tienen dinero cargado y no se les puede cargar”. Son de promoción a la clientela en general.
Agregó que con el PRI tuvieron un convenio en Nuevo León, hace tres años, y las del logotipo de la CTM fueron entregadas a los afiliados cuando no ha habido elecciones. Es decir, se trata de otra falacia burda pejelagartona.
Sin embargo, los obradoristas van a inventar otras argucias por sentirse obligados a demostrar ante el Tribunal Federal Electoral cómo fue la compra de los cinco millones de votos. E incluso harán otras marchas, pero Andrés Manuel perdió la fuerza para copar de nuevo Paseo de la Reforma. Sólo le queda el camino a su rancho, el que usted sabe cómo se llama.
