Patricia Gutiérrez Otero
La democracia en México es como Sísifo y su piedra. Mito griego retomado en el siglo XX por el filósofo y literato existencialista, Albert Camus en el ensayo El Mito de Sísifo. Para los griegos, Sísifo era un hombre astuto e, incluso, asesino. Sus argucias incluso hicieron que la muerte le dejara regresar a la Tierra. Finalmente, recibió su castigo, empujar una pesadísima piedra para llevarla a la cima de un monte: al alcanzarla, la piedra rodaba, y Sísifo debía volver a subirla. Camus interpretó esto como el destino del hombre: tratar una y otra vez sin desesperar por no llegar al término. Aunque una existencia así es absurda, Camus afirmaba que “Uno debe imaginar feliz a Sísifo” en el momento en que logra subir la piedra, antes de tener que volver a empujarla cuesta arriba. Esta felicidad es la que evita el suicidio del hombre: experimentar todo lo posible, como lo señala el epígrafe de Píndaro con el que abre el ensayo: “No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”.
Nosotros, en cada una de las elecciones presidenciales, en particular después de la de 1988 cuando la caída del sistema impidió saber a ciencia cierta que Cárdenas había perdido ante Salinas de Gortari, somos como Sísifo, seres no muy inocentes que pagamos un castigo empujando la inmensa roca de lo absurdo, de nuestra fatiga, de nuestra pobreza, de nuestro talante y nuestra historia. Nos lanzamos a las calles, escribimos, volanteamos, publicamos, informamos. Salimos a las marchas, gritamos, inventamos nuevos eslóganes. Usamos ahora los medios de comunicación electrónicos para crear redes, para plantear pensamientos y acciones. Durante un instante creemos que hemos llegado a la cima, y, como Sísifo, nos experimentamos felices.
Luego viene el resultado de los fraudes en sus diversas manifestaciones, los acarreos típicos, la compra de votos, los votos gremiales, las amenazas y cada vez más el uso de la televisión que llega a los menos informados de los mexicanos: no saben leer ni escribir, pero la televisión los mantiene desinformados o malinformados. Con ansiedad, con enojo, vemos cómo la gran piedra empieza a rodar. Hacemos de todo para detener su deslizamiento: más marchas, más publicaciones, más acciones; demandas, impugnaciones. Y esperamos un momento, deseando que la roca se detenga en su caída por todas las pequeñas piedras que hemos puesto bajo ella. Luchamos entre esperanza y desesperanza. Esperanza de que la ciudadanía detenga la caída, y desesperanza de que quizá debamos bajar para empujar de nuevo. Esperamos la resolución de un Tribunal que ya está mostrando de qué lado mastica la iguana. Pero esperamos porque juntos hemos sido felices al luchar, y porque de lo contrario deberíamos hacer nuestra la frase, también de Camus: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”.
Espero que algún optimista me diga que aunque no parezca, con cada nueva subida, y deteniéndola un poco, la inmensa piedra se está fijando en su lugar, que vamos avanzando. Además, opinamos que hay que defender los Acuerdos de San Ándres, evitar los monopolios, en particular el de los medios de comunicación; apostarle por otro estilo de vida sencillo y más feliz; exigir que se apruebe la Ley de Víctimas; apoyar a nuestros hermanos indígenas…
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