Juan Antonio Rosado

La poesía, como lo advierte Borges, “habla a la imaginación”: se impactan, se proyectan imágenes —auditivas, conceptuales, plásticas— en el espejo de las palabras, y si éstas no han sido antes apresadas por la luminosidad y fragilidad de los vocablos, hablamos de poesía que brilla por su novedad. El universo poético de Pura López Colomé, como el de todo gran poeta, se ha caracterizado por una permanente, obsesiva búsqueda en las entrañas de la palabra, en la piel de los versos. En su libro, Una y fugaz, su juego no obedece tanto a un prurito de comunicar contenidos, sino más bien de transformar la misma materia prima con que se nutren. Es claro este deseo desde el primer poema, “Cápsula”, del que sólo cito los primeros versos:

en

balsa amante

plena de aromas,

áloe, almizcle embalsamante,

cuan insignificante la ilusión,

perpetuidad deslizándose en el cuerpo […]

Los significantes se desdoblan y desbordan en significados que frontalmente atacan los sentidos, empezando por la vista y el olfato, y continuando por el cuerpo entero. En este poema desfilan imágenes iridiscentes, etéreas; aliteraciones e intensidades de emociones que desembocan en un yo lírico, “personaje monólogo sorpresa” o “una/ buena/ para nada”. También aparece la violencia social, la falsedad emergida del altavoz, porque el yo vive donde ese altavoz retumbaba y hacía que retemblara “en sus centros la tierra”. Luego el yo se dirige a un tú, y ese yo se pierde ¿por la inútil vía negativa? en la impersonalidad atemporal, y estalla en un imperativo: “quítate la máscara/ déjate caer a fondo,/ suéltame”.

De la concepción al ascenso a la montaña mágica (¿la lectura?), pasando por el nacimiento, el desarrollo, otra vez la concepción, la pregunta por el ser, la muerte… En alguna medida, eso es “Una”, la primera parte del poemario. Se trata de una poesía “en caída libre”, a veces “disfrazada de ladrillo”, que de repente recontextualiza (y resignifica) frases o expresiones conocidas (“de pe a pa”, “adivina adivinador”, “pilares de oro y plata”…), las cuales adquieren inusitadas, desconcertantes resonancias. El juego con el lenguaje se opera no sólo en los niveles fonético, léxico y morfosintáctico, sino también, sobre todo, en el semántico, a menudo con intención lúdica o autorreferencial: “(sobra una sílaba)”, por ejemplo.

Es imposible, en una breve nota, desentrañar los misterios, revelar los secretos, los guiños de ojo de este volumen. Cada poema brilla y grita (en la parte titulada “travesía”, viaja de muchas formas). Y si es cierto que a lo demasiado abstracto suele costarle trabajo despertar la imaginación de ciertos lectores, López Colomé —al contrario— despierta y agita la mente con color, olor, disputa, y estimula los sentidos y la memoria con imágenes que caen en palabras para sufrir una metamorfosis y llenarse de brío. Una auténtica desautomatización del lenguaje se opera de principio a fin.

Pura López Colomé, Una y fugaz. Bonobos Editores/ Universidad Nacional Autónoma de México, 2010; 108 pp.