El bien común no pasa por su mente

Carlo Pizano Salinas

Muchas voces, panistas y no panistas, se están pronunciando en el sentido de hacer cambios al partido fundado en 1939 y que encabezó la transición en el sistema político mexicano. Sin duda, las opiniones emitidas desde fuera de Acción Nacional son un signo de la importancia de dicho partido para la política de este país. Toca a los panistas, ante la crisis evidente, salvar uno de los mejores instrumentos democráticos y de cambio que tiene el país: el PAN.

Esta crisis tiene un claro causante: el poder. En efecto, “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” como lo afirmó el historiador católico británico Lord Acton. En el caso de Acción Nacional no aplica la segunda parte de la frase, ya que si los gobiernos de Vicente Fox o Felipe Calderón hubieran tenido el poder absoluto las reformas trascendentales para el país serían hoy una realidad.

El poder corrompió a algunos integrantes de Acción Nacional y contaminó la democracia interna. A partir del 2000 el partido fundado por Gómez Morín, González Luna, Preciado Hernández y Estrada Iturbide, entre otros, fue utilizado por oportunistas que poco a poco transformaron la institución en una plataforma de acceso a cargos de gobierno. No tendría nada de malo aspirar a gobernar, el problema es querer gobernar como finalidad y aprovechar el poder para beneficio personal.

El bien común no pasa por este tipo de mentes. Fue triste observar que la máxima maquiavélica de “el fin justifica los medios” sustituyera el principio de la dignidad de la persona humana, o a la subsidiariedad.

También la omisión de muchos de nosotros fue causa de la factura que se pagó el pasado primero de julio. Omitimos denunciar la violación de estatutos o la violación de la ley,  por desidia o simplemente por la estúpida idea de “cuidar la imagen del partido”.

Conviene señalar algo: lo que sucede en Acción Nacional no sólo es de interés de los panistas, importa a todo ciudadano; claramente el artículo 41 de la Constitución señala que los partidos políticos son entidades de interés público. Dejamos de ser fieles a nuestros principios en el gobierno y en los congresos, en algunos casos preferimos hacer lo “políticamente correcto” y evitar críticas mediáticas y de la opinocracia. Acción Nacional en muchos casos dejó de pensar en política y cómoda e irreflexivamente asumió las posturas del gobierno, ya sea federal o local. Omitió ser contrapeso de sus propios gobiernos.

Sin dejar de reconocer los logros de la transición impulsada por Acción Nacional y de los cuales todos los panistas y los mexicanos debemos sentirnos orgullosos, las tareas de vigorización del partido ya están. Ahí está el dilema de si debemos ser un partido de cuadros formados en los principios humanistas o ser una institución política con numerosa militancia.

Seguir apostando al mismo modelo de democracia interna o innovar para asegurar los candidatos congruentes y mejor preparados para gobernar. Ante estos dilemas, Carlos Abascal tiene una sugerencia: “el partido no necesita verdades sexenales que le sirvan, sino una verdad permanente a la cual servir: la dignidad de la persona humana”.