Patricia Gutiérrez-Otero y Javier Sicilia

En este país, hablar mal del trabajo es una afrenta para millones que no lo tienen. Sin embargo, los que sí lo tienen son a su vez explotados, pues deben cubrir la ausencia de los desempleados. Casi todos sabemos que el trabajo que antes hacían dos personas, ahora recae en una. En muchos casos no se trata sólo de una explotación desalmada por parte de las empresas, los institutos o las organizaciones voraces, sino de una lucha por su subsistencia. Si los trabajadores no rinden lo suficiente, la empresa puede llegar al quiebre. El empleado debe hacer con más rapidez sus tareas —lo que también causa errores— o debe dedicarle mucho más tiempo. Aunque el trabajador puede hacerlo con buena voluntad porque ama lo que hace o porque cree en la institución en la que labora o porque sabe que puede perder su empleo, el empleado (incluyendo a ejecutivos, obreros, intelectuales, académicos, vendedores, empleados, etcétera), llega al agotamiento, al desgano, a la falta de vitalidad para empeñarse en otras actividades en su tiempo libre. Una de ellas, la acción política.

Esta acción empieza con estar informados de los sucesos en el país y hasta en el mundo. Informarse de manera crítica requiere tiempo para buscar lo que se dice o escribe sobre el tema, y un tiempo de reflexión para formarse un criterio propio. Cuando hay agotamiento, la persona difícilmente tiene la disponibilidad física y mental para dar seguimiento a los eventos, en particular cuando por el tipo de trabajo no tiene cercanía con estos temas o cuando no tiene acceso a periódicos o revistas de modo físico o por Internet, y, menos aún, cuando su fuente de información es el duopolio televisivo que da basura porque le atrae televidentes y le da más poder. En el caso de que tenga la información, la reflexione y tome postura, el siguiente paso es la acción política. ¿Qué hacer?

En caso de elecciones, como el que acabamos de vivir, es votar. Entre más ignorancia hay, más fácilmente la gente vende su voto, y no somos quien para juzgarla, más bien es una campana que suena en nuestra conciencia: ¿qué hemos hecho los que sabemos leer y escribir; los que trabajamos con el pensamiento, para alfabetizar y ayudar a los menos afortunados en ese aspecto a no depender sólo de la televisión o la radio? Nos excusamos de nuestra inactividad pensando que el gobierno debería ocuparse de ello —para eso pagamos impuestos—, pero si no lo hace tenemos que tomar al toro por los cuernos… Posiblemente no hemos pensado en hacer algo con las personas que conviven en nuestra casa (las señoras o señores que nos ayudan a la limpieza y mantenimiento del hogar), en nuestro barrio o colonia, en nuestro lugar de trabajo. Pero ellos y nosotros terminamos agotadas y agotados. Además, hay que realizar las compras de la semana, preparar comidas, ocuparse de la ropa, del mantenimiento del hogar.

El empleo, en estos casos, aunque es un bien, impide la inserción de la persona laboralmente activa en el ejercicio de la política. Ir a una marcha, ¡va!; a dos, bueno…, a tres, ya no nos da el pellejo, como dicen nuestros hermanos chilenos. Quizá por eso en las manifestaciones públicas vemos a muchos jóvenes y gente de la tercera edad, quienes, queriéndolo o no, tienen más tiempo para salir a las calles. Otros, empleados, transmitimos información por Internet; otros no logran hacer casi nada, ni siquiera informarse. El exceso de trabajo para los que tenemos empleos se vuelve causa de falta de participación política… Juntos, todos y todas, de todas las edades, tenemos que pensar alternativas. ¡La imaginación al poder!

Además, opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que el Senado acepte la Ley de Víctimas sin cambios sustanciales, que las mineras dejen en paz el territorio de Wirikuta, que se activen leyes antimonopólicas, que no se firme el ACTA, que apoyamos, como podamos a los movimientos pacíficos que quiere un México bueno…

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