Gerardo Yong

El concepto del fin del mundo, no sólo ha sido estudiado por la cultura maya, sino por la mayoría de las civilizaciones antiguas, entre estas, los chinos, quienes también han puesto un importante sello en la interpretación sobre el destino de la humanidad. La obra de Shao Kang-chieh (1011-1077), conocido también como Shao Yong (邵雍), es un extenso compendio dedicado a la filosofía, principalmente a la interpretación cosmológica, además de un virtuoso poeta, historiador y notable matemático, que vivió durante la dinastía Sung (960–1279), Shao fue uno de los precursores del estudio del I-Ching, un sistema matemático-filosófico que usó para formular una teoría metafísica que explique la transición de la historia humana.

Según la teoría shaoniana, el experto debe enfocar los fenómenos sociales y naturales desde su propia perspectiva, involucrándose en la esencia espiritual. Este desdoblamiento, iniciado desde la realidad fáctica hacia la espiritual, tiene la función de someter a un profundo análisis todo lo que se percibe mediante lo que él llama “una razón inmanente”, algo así como una visión interna y particular en cada persona. Para él, es importante entender el ámbito metafísico partiendo de las perspectivas múltiples que se originan en el pensamiento de las personas y sus enfoques, desde donde la naturaleza les permitió observar las cosas. Es decir, que el punto de vista, la manera en la que el observador conoce, es un referente importante para comprender los hechos ocurridos en el Cielo (acontecer astronómico) y en la Tierra (cambios sociales). Al igual que los mayas, los chinos fueron estudiosos de la astronomía, la cual dominaron con gran maestría. Ambos pueblos fueron capaces de predecir eventos cósmicos como transiciones y ciclos planetarios, solsticios, equinoccios y otros fenómenos celestes con una gran precisión y muchas veces a simple vista.

El Dragón de Agua

Según los cálculos de Shao, el mundo no se acabará en 2012, pero tendrá que dedicar mucho cuidado a los fenómenos atmosféricos relacionados con el agua, ya que es un año fuertemente influido por las aguas. Según el calendario chino, este año está dedicado al Dragón de Agua; un interesante hecho para alguien que lo predijo hace casi mil años.

Esto se debe a que todos los calendarios, incluyendo la polémica interpretación de los mayas, están hechos para proyectar la relación del hombre con el medio ambiente a lo largo del tiempo. Estas civilizaciones no contaban con satélites o sondas que les permitieran conocer con mayor precisión el cosmos, como ha sido nuestro caso en la actualidad. La única posibilidad que estas culturas tenían para ver las cosas desde arriba y poder hacer mapeos, rastreos, proyecciones geográficas o predicciones astrales era, como ellos mismos lo decían, estudiando el movimiento de las estrellas.

Conocer para perdurar

Hay que recordar que el concepto de teoría, palabra griega que significa “ver como los dioses”, se realizaba estudiando los astros y efectuando una observación a la inversa; es decir, intuyendo una visión desde los astros hacia la Tierra que les ayudara a entender los fenómenos naturales y establecer las implicaciones de la vida diaria, así como para calcular la duración de sus propias civilizaciones, imperios o regímenes. Estos conocimientos, por supuesto, estaban más a la disposición de los gobernantes para asegurar su dominio e, incluso, predecir su durabilidad. Por ejemplo, el imperio romano de Occidente prevaleció poco más de 500 años (27 a. C-476 d.C.). Su estabilidad se logró con base en sus adelantos astronómicos, muchos de ellos heredados por los griegos, así como por sus avances tecnológicos y a su organización política más compleja y jerarquizada. Pese a estos factores, la civilización romana occidental no pudo garantizar su persistencia. El imperio otomano tuvo una duración aproximada de más de 600 años (del 1300 a 1922). El propio Hitler creía que su régimen duraría mil años. Su proyecto apenas si duró más de mil días.

El fin del mundo, según Shao

Para este matemático chino, el mundo se acabará dentro de 800 millones de años, cuando se detenga el tiempo. Este tipo de observaciones era muy común entre los expertos antiguos, ya que conectaban el conocimiento de los astros con el desarrollo, auge y declive de las civilizaciones en las que vivían. Es por ello, que la mayoría de las culturas ancestrales realizaban estas investigaciones llamadas apocalípticas, a fin de buscar una revelación sobre el fin del mundo, que en ese momento habían creado; era como abrir una ventana hacia un futuro con la intención de cambiarlo o evitarlo. Muchas veces esas mediciones excedían los pronósticos de sus propias civilizaciones, cuya caída llegaba antes de que se cumpliesen sus destinos proféticos. En el caso del calendario maya, éste estaba correctamente definido por sus fundamentos matemáticos y precisiones astronómicas, al grado que superaron incluso las perspectivas de su propia sobrevivencia e incluso alcanzaron a medir el transcurso astral de otras culturas ajenas a esa visión mesoamericana.