Enrique Peña Nieto
René Avilés Fabila
Si algo ha caracterizado a Andrés Manuel López Obrador son dos cosas: su devoción por el poder y su rechazo a la derrota. Dos veces perdió el gobierno de Tabasco y dos la Presidencia de la República y en esas cuatro ocasiones ha refutado el fracaso y declarado, tajante, que son resultados del fraude. En lógica consecuencia, el pobre hombre vive abrumado y perseguido por el complot eterno.
Sin embargo la única vez que ha ganado, la jefatura de gobierno del Distrito Federal, lo hizo con trampas evidentes. Carecía de residencia en la ciudad y se la fabricaron. Ya entronizado permitió que floreciera la corrupción porque era una forma de recabar los recursos necesarios para ir en pos de su primera aventura presidencial. Utilizó la capital en dos sentidos: uno para obtener dinero, y dos, para conseguir un prestigio del que carecía.
Felipe Calderón lo derrotó por poco margen y López Obrador dijo que no era legal y decidió que la actriz Jesusa Rodríguez le colocara la banda presidencial en ridícula ceremonia en el Zócalo. Su gobierno, sintiéndose un Benito Juárez de petate, lo estableció en el Paseo de la Reforma. A lo largo de tres años desde las calles, “gobernó” un país imaginario.
Recuerdo a un amigo perredista que seriamente quería solicitarle la embajada de México en Francia. Dijo, más o menos, que sería para él, un diplomático de carrera, un honor estar con López Obrador. Ignoro si llegó a darse el encuentro, pero así estaban las cosas hasta que Andrés Manuel pensó que lo adecuado sería renunciar a la alta investidura y recorrer el país con enormes recursos de dudosa procedencia, pedir el voto en cada municipio y crear su propia organización política con sus más fanatizados adeptos.
Pero tampoco pudo ganar a pesar de obtener una cifra de votantes cercana a los 16 millones. Enrique Peña Nieto obtuvo más de tres millones y medio adicionales a lo que obtuvo el candidato de “las izquierdas”. Fue mucho para él y sus más fieles seguidores y, ahora, mejor asesorado, corre por la vía legal. Eso está bien, el problema es que no tiene realmente pruebas de que le hicieron un segundo fraude. Hasta hoy apenas han tomado en cuenta sus cajas llenas de pruebas escasamente serias. Pero el hombre es terco.
Lo que en consecuencia le aguardan a Peña Nieto son por lo menos tres años difíciles donde será asediado por muchachos del Yo Soy 132, los señores de Atenco, los que estuvieron en el sindicato de electricistas y aquéllos que se sientan agraviados por el sistema. Me parece que o asume una conducta más hábil, audaz e inteligente, o cada vez que aparezca en público Peña Nieto será abucheado por sus enemigos, que son los fanáticos de López Obrador. No le será fácil gobernar.
Recordemos que Calderón jamás pudo entrar en la Cámara de Diputados y que para tomar posesión lo hizo entrando a gran velocidad por una puerta trasera. Peña Nieto obtuvo una cantidad de votos que le convendría hacer valer. Pero hay algo más, entre los que votaron por el PRI, Panal, PAN y los que se abstuvieron o no pudieron sufragar, existe una enorme masa de ciudadanos que tienen las intenciones de vivir en paz, lejos del belicoso Andrés Manuel. A todos ellos Peña Nieto debe apelar, no tanto por su caminar entre los escenarios políticos (ya Calderón lo hizo sin problemas), sino por el país que comienza a mostrar su irritación por la conducta belicosa y majadera de López Obrador y un puñado de expriistas rencorosos.
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