En los últimos días sin Calderón
Jorge Carrillo Olea
Nos acercamos a los últimos días de Felipe Calderón. Este, para salvar su perfil, está utilizando su tiempo en autoelogios cotidianos. Todos los días le oímos hablar de su portentoso gobierno: el suyo ha duplicado todo lo que se hizo desde la Creación. Calderón debiera hacer el esfuerzo de ser más elaborado y genuino.
México ha cambiado terriblemente en estos últimos seis años y no necesariamente todo es para mal y poco de esto se debe a él. Hay cosas que capitalizar y no en una enorme egolatría y narcisismo hablar sólo de él. Aprovechar con inteligencia y sobriedad los últimos cien días pareciera no ser una decisión.
Si esos días no parecen estar siendo planeados para bien de la nación, para fortalecer su ánimo decaído, lejos de despersonalizar su discurso final y dejar de cantarse loas, Calderón parece que seguirá retratándose a sí mismo como un cruzado dispuesto a morir en la lid o que murió por ella en Tierra Santa.
Pero su derrota mayor, que no es vista con claridad por él, es la creciente cainisación social que no advierte en su mesianismo y por ende resulta todo lo contrario a un estado de ánimo, en el que debería existir una visión compartida de país y una determinación sobre lo satisfactorio de un modelo de sociedad inspirado en la tranquilidad, la concordia, los afectos mutuos, basado en un estado benevolente por su justicia, su seguridad.
A la larga ese sería el balance de un buen gobierno y su alarde correspondería a la voz popular y no a la voz ególatra que es vituperio.
No, ante el vacío de ese liderazgo moral el egoísmo de todos avanza a extremos. No existe una conducta colectiva que sea positiva porque no hay el héroe convocador que se basaría en una seductora noción de nosotros y no el de yo. Pero no, hoy vamos todos tras lo de otros y todos juntos tras el gobierno y pronto o ya casi, tras las instituciones. La situación es una proyección de un gobierno hedonista, ególatra que se solaza en supuestos triunfos.
Como resultado de ese heliocentrismo nos hemos alejado de ser una sociedad que se sienta parte del Estado nacional mexicano y no rival de sí misma o del gobierno. Esto Calderón sencillamente no lo concibió y su pésima estrategia de educación y comunicación, desplegada a lo largo de seis años, nunca pensó en la necesidad de promoverlo. Ni siquiera como indispensable refuerzo de su política anticrimen, que aunque piense, anhele y diga lo contrario, es un bumerang y será por lo único que se le recuerde. Es él mismo el que lo evita, es él en su personalismo el que camuflea los avances nacionales, escasos pero presentes.
Le hubiera hecho bien al país y al gobierno tener en su primera autoridad un sistema de conducta de efectos constructivos, irradiantes de entusiasmo. A cambio nos receta diariamente loas y más loas a lo magnífico de su gobierno, dando ejemplo de egolatría y egoísmo. La conducta personal del presidente, el que sea, es un faro. Orienta bien u orienta mal.
Lamentablemente en ausencia de esa convocatoria, hemos ido de la indiferencia al dolor ajeno en nuestros actos. Son estos residuos del desánimo, de la frustración, del vacío de un llamado que enarbole vitalidad. El resultado es una sociedad en vías de fragmentarse de manera difícilmente reversible.
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…Suspensivos: ¡¡¡Falso, falso de toda falsedad. No hubo compra de votos!!! Así se sintió de vigoroso el discurso de Peña Nieto del martes 10. Pero resulta que al menos en Morelos, que es mi rincón, rodó por las calles la tarjeta EFECTIVA, cuyos beneficios anunciaba nuestro candidato hasta en la TV local. De esto, el PRI no se enteró porque la EFECTIVA, según ellos, no existió, lo soñamos miles. Es un invento de los malos que quieren dividir el país.
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