Entrevista a Sandra Rodríguez Nieto/Autora de La fábrica del crimen
Eve Gil
“Yo amo Ciudad Juárez, más que mi tierra natal (Chihuahua)”, asegura la periodista Sandra Rodríguez Nieto (1973), cuyo valiente trabajo fue reconocido en el 2010 con el Premio Internacional de Periodismo, concedido por el diario El Mundo, y autora del libro La fábrica del crimen (Temas de Hoy, Editorial Planeta, 2012).
“No he pensado por un minuto en irme, he aprendido a asimilar el miedo, pero no nada más yo: todos los que vivimos allá. Una conversación usual en la redacción de El Diario es qué hacemos con tus restos si te matan”.
Sociópata o psicópata
Sandra sonríe, pero sus dulces ojos se han llenado de lágrimas que como flores del desierto aparecen y desaparecen en un pestañeo. No puede permitirse el lujo de dejar aflorar su sensibilidad. Baste leer La fábrica del crimen para entenderlo. En este asombroso reportaje se recrea aquel caso que conmocionó el mundo entero, el de Vicente León Chávez, un jovencito de dieciséis años que, en complicidad con dos amigos, mató a toda su familia (padre, madre y hermana), excepto a su hermano pequeño, al que incluso cuidó con cariño durante el trance.
“Originalmente, mi idea era escribir una serie de crónicas periodísticas sobre Ciudad Juárez —aclara Sandra—. No me planteaba una tesis consistente de todo un libro, pero el caso de Vicente estaba muy presente, pues murió en 2009, justo el año en que participé en un libro colectivo titulado La guerra por Juárez. Para el 2010 empiezo a visualizar un libro propio que incluiría el accidente del camionazo del líder del cártel de Juárez, Los Aztecas, a los que yo había estado monitoreando, y tenía una lista de historia que casualmente están relacionadas con el caso del libro. Cuando empiezo a investigar a Vicente en particular y checo su ficha criminal, me entero de que formaba parte de los Artistas Asesinos. Me doy cuenta de que continuó en la delincuencia tras salir de la Escuela de Mejoramiento y supe que él era el personaje emblemático, incluso le toca nuestra nueva coyuntura, que es la guerra entre cárteles. El libro termina hablando de todo lo relacionado con su caso, incluso el sistema penal y como éste alienta la impunidad.”
El hecho de que Vicente experimentara por su hermanito el cariño suficiente para salvarlo, lo exime de ser catalogado como psicópata. Es, sin embargo, un sociópata, y éstos, a diferencia de los psicópatas, son producto de una serie de factores socioculturales, y Ciudad Juárez, desde mucho antes de convertirse en centro de la llamada “guerra contra el narco”, según demuestra Sandra en su libro, era una sociedad enferma que llegó a habituarse a los llamados feminicidios, término que, como nos lo hace ver Sandra, se presta a confusiones absurdas por parte de quienes redactan sobre las rodillas las leyes que rigen este país
Sin apoyo familiar
La fábrica del crimen no justifica la acción de Vicente, pero nos hace ver que no es el único culpable de esa atrocidad. ¿Qué orilló a este joven a darles una muerte violenta a sus padres y a su hermana, y luego calcinar los cadáveres?
En su investigación, Sandra advirtió varios detalles que podrían explicar el odio de Vicente hacia su familia, empezando por el hecho de que era sistemáticamente maltratado; que mientras su hermana tenía el privilegio de tener su propio auto, él se trasladaba en camión a la escuela.
Pareciera, además, un caso excepcional de justicia cumplida, cuando en realidad fueron la inexperiencia de Vicente (sus continuas contradicciones durante el interrogatorio) y la ausencia total de apoyo por parte del resto de su familia, que se desentendió de él, lo que lo puso tras la rejas, no obstante que “por la reforma penal, Vicente estaba en la Escuela de Mejoramiento, y a los 18 lo mandan al Cereso, y en el 2008 entra una ley especial para adolescentes infractores que señala que, aunque seas mayor de edad, tienes que compurgar tu pena en una prisión diferente a la de los adultos.”
“Pareciera, en efecto, un caso excepcional, de un crimen resuelto, pero yo más bien pienso que es un caso representativo: por un lado, un adolescente mata a sus padres, sus amigos lo ayudan a ejecutarlos aduciendo «al fin y al cabo no son mis papás». Ninguno se sentía realmente culpable. A todos los igualaba la noción de que todo era fácil y «la vida no vale nada». Si esto le sucedió a un joven perteneciente a una familia, digamos, integrada… ¿qué podemos esperar de un chico que abandona la escuela porque no tiene dinero para comprar zapatos nuevos y es blanco de las burlas de sus compañeros?”
Una carta
¿Quién es, pues, el culpable? ¿Vicente? ¿Sus padres que no supieron ganarse su respeto? ¿La sociedad materialista y estupidizada por los medios de comunicación? ¿El gobierno que no mueve un dedo para hacer posibles los más elementales derechos humanos?
Reproduzco a continuación un fragmento de una carta que una lectora envió al diario donde labora Sandra:
“Sentía una incomodidad que no entendía y empecé a analizar qué era lo que me molestaba. Y recordé que a la edad de Vicente yo también deseé, no una sino varias veces y de diferentes maneras, desaparecer a mis papás, pues por mucho tiempo fui golpeada, utilizada como ayudante de trabajo, maltratada emocionalmente, pues solo escuchaba por parte de ellos que yo no servía para nada. El día de hoy le doy gracias a Dios por no haber llegado a la acción, de poder atenderme y hablar y sacar el dolor con la terapia, a la que quizá Vicente no tuvo acceso…” (p. 81)
