Mercedes Pomares 

El desatinado ir y venir de un grupo de jovencitas que cruzan presurosas grandes avenidas entre vehículos veloces, sin esperar la señal peatonal, es la imagen del conflicto que viven esas chicas africanas en Chad.

Numerosas muchachas de las áreas rurales de Chad abandonan sus comunidades en busca de un mejor futuro en Yamena, la capital, donde se integran al servicio doméstico.

La República de Chad -perteneciente al Africa Subsahariana- es una nación sin costas situada en Africa Occidental, rodeada por Libia al norte, la República Centroafricana al sur, Sudán al este y Níger al oeste.

Cuna de unas 20 etnias, toma su nombre del lago Chad, la principal reserva de agua del país y el cuarto lago más grande de Africa.

Francia conquistó ese territorio en el siglo XIX, y en 1920 lo incorporó al Africa Ecuatorial Francesa. En 1960, alcanzó su independencia.

En la actualidad el poder lo ostenta el presidente Idriss Déby al frente del partido Movimiento Patriótico de Salvación. La economía de Chad está ligada a la tierra. El 80 por ciento de su población depende de la ganadería y la agricultura, aunque desde 2003, Chad integra la lista de países productores de petróleo.

Sin embargo, pese a las prometedoras posibilidades de inversión social derivadas de los hidrocarburos,  se mantiene la pobreza que afecta sobre todo a la población femenina.

La mujer en Chad

La Constitución de Chad establece la igualdad de derechos para todos los ciudadanos, pero las tradiciones culturales en la práctica mantienen a las mujeres en un estatus inferior.

La educación primaria en ambos sexos es igual. Mientras la cifra de alumnas a partir de la secundaria es menor porque las niñas de 11 y 12 años de edad son destinadas al matrimonio.

Con una baja preparación escolar, la oportunidad de la mujer en el mercado laboral es menor.

La situación económica que afecta a esta nación desértica africana, con más de 8 millones de habitantes, coloca a las jóvenes en un sendero pedregoso, afirma Johanne Dunn, Asesora para la protección infantil de Unicef en Chad.

La tragedia doméstica 

Hace poco, durante un encuentro en la Asociación de Sirvientas de Chad (ASCH), la joven Gisele Itno declaró: por cocinar, limpiar, cortar leña, atender a los niños y otras tareas recibo tan poco dinero que no puedo ayudar a mi familia.

Mientras, Rosalie Dunde de sólo 12 años, llegada hace poco de la región Borkou en el desértico norte, reveló que trabaja sin descanso todo el día. Añadió: si me quejo, el patrón amenaza con castigos o con no pagarme.

En otras reuniones, las mujeres han indicado que hacen una sola comida al día, viven apretadas en una habitación donde duermen en el suelo. Y varias han denunciado el acoso o abuso sexual de sus patrones, afirma Kaguere Hamit, directivo de la ASCH.

El abuso cometido por los empleadores de esas menores de entre 8 y15 años de edad no es sancionado ni por las autoridades ni por la policía, censuró Felicién Ntahiyimana, responsable de protección infantil en Chad.

El empleo de mujeres jóvenes en casas particulares de Yamena y otras ciudades donde son maltratadas y mal retribuidas es una forma no visible de explotación infantil, agregó Ntahiyimana.

Por su parte, Constante Thomas, Directora para la eliminación del trabajo infantil en la OIT, indicó que el número de niños víctimas del trabajo infantil ha disminuido en el mundo de forma general. Sin embargo, en el período 2004-2008, la cifra se elevó en Africa Subsahariana, donde la explotación infantil afecta a uno de cada cuatro menores.

En espera de la ley

El gobierno de Chad ratificó la Convención de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para la eliminación de las peores formas de explotación infantil, en 2016.

De acuerdo con las autoridades chadianas, para cumplir con ese objetivo, un Comité Interministerial trabaja actualmente en un texto de ley para proteger a las jóvenes sirvientas.

Según Hamit, muchas jóvenes en Chad siguen a Gisele y Rosalie, al salir del autoritario mandato masculino del hogar para trabajar por un salario. En la ciudad dejan de hablar su dialecto nativo “sara” para aprender el árabe, considerado un idioma extranjero que les dará nuevas oportunidades de empleo.

Agregó que además, se unen en la ASCH donde discuten los problemas sociales del sexo femenino en espera de la ley. Y mientras ese día llega, siguen trabajando para obligar a las autoridades a plasmar en un texto jurídico, el reconocimiento de sus derechos humanos y de género.