Juan Antonio Rosado

Entre las zonas recorridas por la voz poética a lo largo de los siglos, se halla la necesidad de un vínculo, es decir, la religiosidad. Los antiguos que cantaban a la fertilidad o a su imprescindible contraparte, la esterilidad, sentían este arrebato, este júbilo: la sensación de misterio que los ligaba a un mundo, a un origen, a un proyecto. Con un sentimiento semejante se abre el nuevo poemario de la autora judeomexicana Orli Guzik: En el corazón de mi estirpe. En el texto de la cuarta de forros, el poeta Sergio Mondragón —también muy ligado a la espiritualidad— advierte (en los poemarios de Guzik) “un suave hálito de frescura expresiva [que] se alía a la naturalidad de una escritura experimental”, lo que da como resultado una poesía novedosa.

En el corazón de mi estirpe es un poemario frágil que nos liga desde el inicio a la tradición judía y a la importancia de la fertilidad en esta concepción. En “Siempre fértil” podemos incluso detectar la belleza, la luminosidad de lo femenino que encierra, por ejemplo, la idea hinduista de Sakti, muy cara al tantrismo. Es lo “absoluto femenino”, la matriz universal: “Desde el origen del mundo/ mi voz plena se escucha/ como paloma que vuela/ hacia el alcázar portentoso”. Esta “trova peregrina” contendrá justo la “dimensión mística” de su linaje. Ese yo abre el poemario por donde corren manantiales y se erigen montañas; es la voz genésica (el mismo Bereshit del libro) que nos lleva a “Recuerdos de arena”, el segundo poema: el arribo de la abuela (origen judío) a una tierra de maizales y tunas. Este es uno de los asuntos en los que insiste Sergio Mondragón: ya no es el desarraigo y la dispersión representados por la visión judía, sino la felicidad: “la autora expresa la gratitud y amor hacia la tierra que recibió a sus antepasados” y muestra su orgullo por pertenecer a una tradición.

El vínculo con el pasado se fortalece con estos cantos a la vez sencillos y complejos, que se nutren de dos tradiciones fundidas en un yo que a veces sólo percibe y siente; otras, se adentra en los “caminos de leche y miel”, en una edad de oro y en el productivo mestizaje cultural. A veces, hallamos homenajes (a Emma Lazarus o Golda Meir, entre otros). La naturalidad, la espontaneidad es el rasgo común a todas las piezas. Jorge Luis Borges nos recuerda unas palabras de John Keats a propósito de la naturalidad: “el poeta debe dar poesías naturalmente, como el árbol da hojas”. Otra vez la fertilidad. Esta es la sensación que me produjo el poemario de Orli: cada poema es una hoja del árbol de la vida, y su presencia “en todas partes se consagra”. Orli Guzik Rubinstein, En el corazón de mi estirpe. Ilustraciones de Marc Chagall. Ediciones Eón, México, 101 pp.