Eve Gil

Los judíos masacrados durante la Segunda Guerra Mundial no se portaron como ovejas llevadas al matadero. Esto lo deja bien claro Batia Cohen en una primera novela estremecedoramente bella y reveladora, Una amapola entre cactus (Khalida Editores, 2012).

“Eran una minoría —dice— tratando de escapar a una organización perfecta que había decidido su aniquilamiento completo, no sólo de ellos, sino de cualquiera que no tuviera una sangre «pura»”.

            Tres razones

Una amapola entre cactus debe ser leída por varias razones. La principal, considero yo, es que se aparta de todos los lugares comunes relacionados con el Holocausto, y otra más: se trata de una historia absolutamente verídica, cuya protagonista, la lituana Szura Pupko, no sólo existió, sino que era abuela materna del esposo de la autora, y formó parte de los partisanos, la resistencia judía que tenía su, digamos, “centro de operaciones”, en los bosques de Bielorrusia.

Empecé a escribirla en mi mente, sin sentarme escribir, hace muchísimos años, quince a lo sumo —comienza a decir Batia, doctora en estudios mesoamericanos por la UNAM y profesora de historia del arte en la Florida International University—. La forma en que ella contaba era muy escueta, tenía una barrera muy fuerte, y no fue sino hasta mucho después que me reveló incluso cosas muy íntimas, como lo de sus abortos, que están plenamente justificados en el contexto de la guerra. Conforme avanzó su edad, creo, dejó de importarle el qué dirán. Murió a los 96, el año pasado, y estaba muy lúcida. Llegó a ver el manuscrito, pero no alcanzó a verlo publicado. No fue sino hasta hace cinco-seis años que me senté a escribir de tiempo completo, y ella empezó a hablar más, más y más.”

La trama

“Como investigadora de arte —agrega— me encanta el proceso de investigación, y antes de que ella se abriera del todo ya yo había leído muchísimo sobre el tema y la época. Desde el principio supe que la narraría en primera persona. Tuve una conexión tan especial con ella, que fue como si Szura hablara a través de mí. Yo sentía lo que ella.”

Los Pupko eran propietarios de una cervecería de la que se apoderaron los nazis, e inicialmente salvaron su vida porque éstos no tenían idea de cómo manejarla, y los dueños pasaron a ser los esclavos, pero tras una serie de cambios “administrativos”, dejaron de ser útiles y conducidos a una muerte segura.

Dice Batia:

“La historia de Szura —que empieza siendo Szifra— empieza siendo un poco costumbrista porque su vida está llena de obstáculos desde el momento en que, siendo un bebé, pierde a su madre y es adoptada por sus abuelos maternos, y siendo judía crece en un medio que le es adverso, aunque sin imaginar hasta dónde va a llegar este antisemitismo que al principio se manifiesta en agresiones que no pasan a mayores. Escribí una novela en primera persona, en vez de una biografía porque me resultaba imposible tomar distancia del dolor de Szura.”

Cuando Szura es llevada al campo de exterminio junto con su esposo, Sioma, y su pequeña hija, la inolvidable Maszha —que se roba la novela con su ternura e inteligencia— y a pesar de no estar seguros de cuál es el destino que les espera, se enfrentan a la alternativa de llegar a su destino o saltar del tren y morir en el intento. Unos se arriesgan, otros se quedan en el vagón.

Batia realizó un tour por cada lugar donde Szura pasó su infancia, su adolescencia y su matrimonio que, no obstante haber sido arreglado, fue feliz en un principio, antes que diera inicio la pesadilla de la persecución contra los judíos.

Precisa la autora:

“Llegué a sentirme ella, a experimentar su sufrimiento. Yo viajé dos veces al área, estuvimos en Lituania, en Bielorrusia, en Polonia, encontré su casa, donde había estudiado, me impactó mucho llegar a estos bosques donde saltan desde el tren, y que sería parte de la resistencia de los partisanos que lucharon contra los nazis. Llegamos al punto exacto de este bosque, donde construyeron refugios bajo tierra, y cuando te pones a pensar cómo era posible que estuvieran allí con una niña, no puedes creer cómo la mente te ayuda a sobrevivir tantas cosas. Conocí a otros sobrevivientes, tuve la suerte de conocer gente que compartió la experiencia con ellos, como a Bela, otra de las que saltó del tren y era una jovencita. La historia se hizo completa porque no fue sólo la versión de Szura, sino la de otros que saltaron al vacío.”

La historia de alguien que luchó

Además, es una de las novelas que mejor reflejan la persecución contra los judíos y se sale del lugar común de los nazis y Auschwitz para presentarnos otros grupos fanáticos antisemitas y otros campos y masacres incluso peores.

“Definitivamente, no es una historia más sobre el Holocausto —señala la autora—. Tampoco es la historia de una sobreviviente, sino de alguien que luchó. No se resignó a lo que parecía su destino inminente. Siempre hay matanzas en el mundo, contra diferentes grupos de gente; matan a grupos enteros, ¿por qué? Porque son de otra religión o siendo de la misma religión, porque piensan diferente. En aquella época existían, además, infinidad de ideologías, y todos muy idealistas, y los judíos buscaban adherirse a alguna de ellas porque preconizaban la igualdad, y en muchos lugares tenían la calidad de ciudadanos. El socialismo les ofrecía esa oportunidad, y sin embargo, el primer embate lo reciben por parte de los rusos que, comunistas y todo, llegaron directo a matarlos. Los católicos fueron testigos de la matanza porque nadie podía siquiera defender a los judíos.”

 

eburin_k@yahoo.com