Toda una pena

Jorge Carrillo Olea

La situación poselectoral ha degenerado de manera tal que los actores, todos, aunque con diferencias, han perdido respetabilidad. Es toda una pena. Algún día terminará, sin que podemos apostar a que no bien. Son tales y tantas las estulticias en que se ha caído que no habrá regeneración suficiente ni oportuna.

La asunción de Enrique Peña está fuera de duda. Las “pruebas” que aporta el Rayito de Esperanza probarán lo que él quiera, pero nunca invalidarán la elección. Nadie sensato lo duda, salvo sus ultras. Lo que ahora debería preocuparnos son los efectos inmediatos: ¡algunas formas de violencia, ¡claro!; un presidente abollado, ¡claro!; mayor desprestigio del sistema político ante el pueblo, ¡claro!; una reputación internacional por los suelos, ¡claro! Y lo que se acumule esta semana, decía un anuncio.

Andrés Manuel López Obrador es ya un autoproclamado mesías. Si se duda, recordar que dice que a él como a Hidalgo, Morelos, Juárez y Madero se les persiguió. A dos se los cargó la inquisición virreinal. El otro murió con el corazón extenuado y el último asesinado. Peña, con muy mala estrategia y peores emisarios se sube al ring a través de ellos sólo para ser llevado contra las cuerdas. El Rayito gana las ocho columnas, los segundos de televisión, marca la pauta. Y de la autoridad electoral poco bueno de que hablar. Protagonismos, vaciedades, frases-fórmula, siembran dudas y más dudas entre más hablan, un desastre  desprestigiante. Si nunca hubo una elección tan satisfactoria, nunca manejó su consejo tan mal el post.

Con lo amargo que sea, todo esto queda atrás si hemos de ser mínimamente avispados. Lo que tenemos delante es un grupo que mañana gobernará y que evidentemente no tiene capacidad de reacción y seguramente tampoco de creación. Educados en la cultura del dominio aplastante, no aprendieron a sobrevivir, materia en la que el Rayito les da lecciones.

Pasado el momento de los reflectores unidireccionales sobre Peña, la opinión empieza a percatarse de que con ellos no habrá mucho a dónde ir. Al momento de buscar legitimidad los rudos fueron mandados a la banca. No son oportunos. Sus artes fulleras y su indecencia no van con el momento, se demanda una buena imagen que ellos no pueden propagar. Hoy los rudos están a la baja pero serán secretarios de estado. Enrique Peña recurrió al que hoy necesita para contrastar con el Rayito, uno de buena imagen, suave. Uno brillante y culto, dialéctico y convincente. Uno que marque la diferencia entre las prácticas nuevas y las viejas prácticas: Luis Videgaray. Por el otro lado la arenga primitiva de Ricardo Monreal.

Al grupo aldeano se le esconde todavía, pocos son presentables. Mientras ellos afilan los dientes. Se saben meritorios de la cultura del provincianismo, del Síndrome de Atlacomulco. ¡Creen que le deben! Que les llegó su hora.  El titular del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, es un hombre decente, de experiencia, formas e ideas. Nada más que no compagina con esa comparsa. Si los enfrentamientos en el grupo son menores se debe a su compostura. Merece un espacio más propicio.

Algunas de las promesas notariadas de Peña son imposibles sencillamente, como la de seguridad social universal y la pensión a mayores. No hablemos de los vales de medicina. Como gran urgencia primero habría que regularizar las terribles insuficiencias de las instituciones oficiales no sólo en el abasto de medicamentos. Hoy se programan cirugías y consultas externas a meses de distancia. Sólo eso ya sería un éxito sexenal. ¿Entonces?

Su gendarmería nacional es otra. Dice que tomará cuarenta mil soldados de la Secretaría de la Defensa Nacional para crearla. No le dicen que el mejor soldado está muy lejos de ser el regular policía indispensable, no por deficiencias sino por diferencias. Son dos quehaceres independientes y distintos. ¡Aguas ahí, señor Peña, que no lo empinen a otra simulación!

Mientras tanto, nuestra tremenda Corte nos hace llorar. No por recuerdos nostálgicos de aquella enmarañada forma de justicia cubana, que ha sido el mejor programa cómico de la radio. No sólo porque fue un programa humorístico fuera de serie, también es añorable como ejemplo de que fue toda una escuela donde la materia prima era una brillante imaginación y la mejor capacidad de realización, condiciones ausentes en la de acá. El juez, Trespatines, Rudecindo, Nananina, todos tienen su versión mexicana. Aquélla fue una maravilla. Esta es amarga, frustrante, opaca por su estrechez de espíritu, reducido y antiguo.

                                                                  hienca@prodigy.net.mx