A pesar de las componendas de los mercaderes

Alfredo Ríos Camarena

El deporte a lo largo de la historia constituye una actividad, no sólo lúdica, sino también de la manifestación objetiva de la fortaleza de las naciones; desde las olimpiadas griegas hasta las guerras floridas en el México precolombino, los esfuerzos que se realizan en el ejercicio del deporte son representativos de la fuerza vital de los pueblos, y al mismo tiempo, representan el orgullo de las naciones, que en guerras de paz y de concordia, plantean la superación del músculo y el espíritu.

En un análisis sociológico elemental, la actividad deportiva es privilegio y orgullo de aquellas naciones que desde este ángulo muestran su fortaleza. Por eso, en las olimpiadas modernas, son los países más desarrollados y más fuertes los que obtienen el mayor número de medallas; así vimos el ascenso de la Unión Soviética frente a los países capitalistas, particularmente Estados Unidos, y hoy, desde hace varios años, aparece el poderío chino como símbolo de una nueva sociedad. Son pues, aquellos países que mejor preparan a sus atletas y los que más recursos invierten, los que obtienen los mejores resultados.

En México, las políticas públicas del deporte han sido, como tantas otras, confusas y corruptas; por eso, nuestros atletas que tienen todas las capacidades para el éxito, se han convertido en garbanzos de a libra, que individualmente han realizado su lucha por el triunfo deportivo.

Sin embargo, desde hace muchos años, hemos tenido héroes deportivos como Joaquín Capilla en clavados, o como el mal logrado general Humberto Mariles, con su caballo Arete y sus jinetes militares, que nos dieron la presea de oro en la olimpiada de Londres de 1948; hay por supuesto muchos deportistas, como Pilar Roldán en esgrima, o el Tibio Muñoz en natación; en caminata el sargento José Pedraza, Carlos Mercenario, Bernardo Segura, entre otros.

O bien, la velocista Ana Gabriela Guevara o Soraya Jiménez en levantamiento de pesas y Belem Guerrero en ciclismo; en estos juegos de Londres 2012 Paola Espinosa, Alejandra Orozco y Laura Sánchez en clavados; Aída Román y Mariana Avitia en tiro con arco y la Selección Mexicana olímpica de futbol; sólo por mencionar algunos de los mexicanos que han subido al podium olímpico en las diferentes ediciones de dichos juegos.

Lo que no hay en México es una política pública eficiente, lo que le impide al Estado darle el apoyo necesario a los atletas de alto rendimiento y sólo el esfuerzo personal, como el de los ya señalados, nos ha permitido el éxito.

En esta olimpiada vemos con claridad dos cosas: que los equipos de clavados y de tiro con arco han tenido una excelente preparación y han producido magníficos resultados, y también el futbol, al que somos tan aficionados, con todos los millones y millones que se han invertido en este deporte-negocio, han permitido más triunfos en los últimos años.

Finalmente, por encima de las componendas de los mercaderes, hay un pueblo lleno de pasión, de alegría y de fuerza para competir en los deportes internacionales.

Somos buenos organizadores, así lo testimonian las olimpiadas del 68, los mundiales de futbol en 70 y 86 y también los juegos panamericanos en 55, 75 y 2011, que se han celebrado en nuestro territorio. El problema está en que no tenemos una ruta definida que pueda impulsar a plenitud a nuestros deportistas nacionales.

Hoy unifica a la nación el apoyo a sus deportistas, pero mañana estamos obligados a darle a los miles y miles de mexicanos, que tienen vocación deportiva y un camino claro hacia la esperanza y el éxito, el apoyo y los recursos suficientes para alcanzar sus metas.

Hay que barrer con las estructuras obsoletas y escleróticas. Basta ya del control de tantos viejos enclaustrados en el dominio de la disciplina deportiva. Se requiere una limpia y una voluntad; México lo merece.