Ricardo Muñoz Munguía 
(Primera de dos partes)

Una década, la de los sesenta. Varias miradas, la de los nacidos en los sesenta. Así, distintas marcas indelebles de aquella época —algunas que ensombrecen la vida del país, y otras que le dan luz—, son enmarcadas por la mirada de quienes la vivieron con el asombro que dota la infancia.

A la convocatoria de Sandra Lorenzano acuden dieciocho escritores para dar un panorama de la década que les tocó nacer, asomarse al mundo, asombrarse de lo que marcaba al hombre por los diferentes hechos que fueron punto de partida para alcanzar lo que hoy podría ser tan común. Sandra Lorenzano, coordinadora del volumen que hoy nos ocupa, señala el punto que atrajo para la realización de Lo escrito mañana: “Compartimos todos un cierto ‘aire de época’, por decirlo de alguna manera; sin embargo, cada uno ha ido construyendo, a lo largo de los años, un significado diferente para la idea de ‘ser de los sesenta’. Fue la curiosidad de saber cómo vivían esta ‘marca’ mis compañeros de generación lo que me llevó a pensar en este libro˝. Y “cinco décadas después, su huella permanece”, como lo apunta Paola Tinoco en el texto de presentación. El arranque de estas remembranzas es de Ricardo Chávez Castañeda con el descubrimiento de “la mortalidad enfrente de mi casa, en un bosque hoy agónico que por entonces sí hacía honor a su nombre: El bosque de los remedios”; Ana Clavel apunta sobre un hecho ocurrido en La tragedia de Hungría, y que en su texto se le da la forma de cuento que fue, como tampoco fue en Hungría sino en Tlatelolco, en el 68; Adriana Díaz Enciso muestra la condición humana, la vida, el mundo, todo a partir de fijar la mirada en la generación a la que se cree que ha faltado pues se quejó mucho de ella en su juventud porque “como lo hicimos tantos, como nos parecía que era preciso hacerlo. Ahora veo las cosas desde otra perspectiva”; Fernando Fernández en su apartado que titula “Los últimos alzados de cartón” se basa en una foto que le fue tomada de niño con vestimenta de revolucionario a unos cuantos días de la matanza del 68, un episodio “decisivo en la historia moderna de México” y, por lo demás, “es cierto que para entonces la Revolución, burocratizada hace décadas, es la caricatura de la caricatura inicial”; Ana García Bergua habla de la “calamidad de ser de los sesenta: cuando tuvimos la edad para entrar a la fiesta, ya no era tan divertida. Quiero decir que ocurrió el gran trancazo del sesenta y ocho, las drogas se convirtieron en un problema bastante serio” y los sitios en que se vio en la infancia, para aterrizar agradeciendo, “por mí y por mis hijas, haber nacido en la época de las píldoras anticonceptivas y la liberación femenina”; Claudia Guillén se centra en el valor de sorprenderse, de la infancia que hace alargar las distancias y los espacios más grandes, todo bajo un esquema de cuento maravilloso apegado al viaje a la luna, de amigos de escuela donde las mentiras de algunos niños, por lo regular, consiguen botarnos la imaginación en el encanto, en lo sorprendente…; Norma Lazo menciona el profundo significado de cómo se nos puede ver cuando niños, lo que termina en separación o en vergüenza por el juicio recibido en la infancia y que a Lazo la hizo “pensar que yo no era normal”.

Un libro que nos descubre y redescubre la esencia en los nacidos en los sesenta.