Patricia Gutiérrez-Otero

Sin duda, siempre ha habido violencia en el mundo, por algo Hegel habló de ciertas dialécticas en las que uno prevalece sobre el otro: varón/mujer; amo/esclavo… Sin embargo, al mismo tiempo, estamos en una época en que la sensibilidad a la violencia ha ido en aumento: desde la violencia a la madre Tierra, pasando por la de los animales, hasta la violencia humana, individual y grupal. Las reacciones individuales y sociales son múltiples, lo que ha llevado a crear ONG’s como Amnistía Internacional, Médicos sin fronteras, Periodistas sin fronteras, etcétera. Paradójicamente, la violencia no se ha reducido: en nuestro país se encuentra en un estado de exacerbación.

No hablemos ya de la violencia de los grupos criminales coludidos o no con el gobierno, con el ejército, con cualquier autoridad que recibe beneficios, incluso la iniciativa privada. Ésta es una violencia que hizo surgir al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que ahora recorre los Estados Unidos de Norteamérica esperando encontrar corazones que sientan y digan no al sufrimiento que su sistema provoca en nuestro país. Es un acto gandhiano. Cuando Gandhi pidió no comprar telas hechas en Inglaterra, fue a ese país a explicarles a las mujeres de las fábricas por qué no debían comprarlas: el algodón cultivado en India, era transformado por la industria inglesa en tela que les vendían como tal o en forma de vestidos a los hindúes. Las obreras inglesas entendieron. Gandhi retomó la rueca para hilar el algodón que sirve para hacer tela y vestidos. Sicilia intenta mover conciencias, como Gandhi, su maestro, lo hizo.

Pero, a esta violencia social, parece corresponder una violencia privada. Aquí sólo quiero referirme a las relaciones de muchos jóvenes con sus camaradas. Esta violencia va desde la expresión verbal llena de vituperios, pero antes aclaro que las palabrotas, malas palabras, groserías, etcétera, no son malas en sí mismas, a veces expresan con más fuerza lo que uno quiere decir, como cuando Sicilia dijo: “¡Estamos hasta la madre!”, frase contundente en la lengua de México. Esta expresión, en este contexto, no estaba destinada a herir a alguien en particular, sólo hacía referencia a un estado de hartazgo por parte de una porción grande de la ciudadanía. Su sentido cambia cuando se dirige a otro con el fin de denigrarlo.

Así como la palabra, de origen albañil, güey, se implantó entre los jóvenes, que cuando hablan entre sí no pueden omitirla, aunque al principio fue una palabra usada por varones y ahora es indistinta, otras expresiones muy fuertes se utilizan a diario entre los jóvenes: pendejo, estúpido, cabrón, cabrona, pendeja, estúpida; o expresiones: no chingues, no mames, no jodas, fuck you, hijo de puta, etcétera. Cuando la intencionalidad es herir o sobajar, uno lo sabe; ellos y ellas lo saben. Cuando son expresiones descriptivas de un estado de ánimo, se sabe, y no son peligrosas. Pero, ¿qué pasa cuando estas palabras o frases se vuelven el medio de comunicación normal de los jóvenes? ¿Hasta qué punto son o no violentas o precursoras de violencia?

A veces, no saberlo, unido al individualismo autoprotector de “no te metas, no es tu pedo”, puede llevar a que se lleven a cabo actos de violencia letal.

No estoy a favor de un control del lenguaje, pero sí de una toma de conciencia de la violencia y el individualismo de nuestras sociedades y de sus formas de expresión y de exacerbación, que incluso pueden pasar por formas refinadas de expresión. ¿Evolucionamos o involucionamos?

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, evitar las mineras depredadoras de la Tierra, el Aire y el Agua, no olvidar a las sesenta mil víctimas de la Guerra contra el Narco, defender el voto y cultivar un corazón simple y amoroso.