René Avilés Fabila
Es malo que un mexicano cualquiera viole las leyes, es pésimo cuando quien las transgrede resulta ser el presidente de México. Nuestra patria no es de formas y leyes, allí están, al alcance de todos, el problema es que pocos o nadie las respeta. Los políticos buscan la forma de eludirlas. Nadie en este caso como los viejos priistas ni como los perredistas.
Allí vimos a Andrés Manuel López Obrador arrancando su carrera hacia el gobierno capitalino mintiendo, evadiendo los preceptos legales, al carecer de domicilio en el Distrito Federal o a Alejandro Encinas jurándonos que es nativo de Texcoco.
Los demás políticos, para no entorpecer la mala marcha del país, se hacen de la vista gorda y todo sigue su paso para contravenir las leyes. Lo curioso o ridículo es que los gobernantes nos digan que el nuestro es un país de leyes, donde la legalidad impera.
Ahora Felipe Calderón va al Vaticano a un acto religioso, a la beatificación de un papa, Juan Pablo II. El presidente de México puede creer en el dios que quiera, pero lo que no puede hacer porque significa una violación fragrante a las leyes y a una historia terrible de luchas fratricidas para obtener la separación del Estado y la Iglesia.
Nuestra nación es laica, tiene que serlo para que convivamos católicos, protestantes, mahometanos, judíos y los que no creemos en ninguna deidad. El presidente mexicano es el símbolo de esa separación. Si él quiere rezar por su familia y por su salud, perfecto, pero tendrá que hacerlo en la intimidad y no en público.
Pero es el presidente y entonces suponemos que puede hacer lo que le venga en gana, hasta romper las normas y en nombre de todos los mexicanos (no a título personal por su investidura) y al Vaticano, hincarse y pedir por el alma de Juan Pablo, como seguramente muchos católicos nacionales lo harán.
La diferencia estriba en que el Presidente de la República está acotado y eso significa impedido para hacer prácticas del culto religioso externo. Claro, estas disposiciones que venían de largo tiempo, Vicente Fox las rompió con desparpajo y falta de conocimiento, con estupidez visible.
En tal sentido, Jesús Zambrano, en su momento amigo de las alianzas con el PAN, ahora fue tajante: Calderón violará el artículo constitucional 130 si asiste a la beatificación de Juan Pablo II. Y no deja de tener razón: independientemente de que el Estado mexicano es laico, aquí hay muchos y graves problemas que resolver.
Calderón ha visto cómo crecen sus enemigos, incluso los que hasta hace unas semanas eran sus aliados, los perredistas, los que ahora han recuperado los insultos para su persona y su partido, el odio si uno lee las redes sociales. No le importa. Va a cerciorarse de que un papa será canonizado y que él ha contribuido.
Ojalá que Juan Pablo pronto sea convertido en santo para ver si le devuelve el favor a Felipe, le ayuda a ganar la guerra contra la inseguridad y le permite el milagro de retener Los Pinos.
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