César Arístides

Para Ana Laura Valencia Escasamente difundido en México, el poeta español Dionisio Solís tiene en su producción lírica una composición ingenua, de vuelos más íntimos que celestiales, tocada por una graciosa belleza y un sencillo candor: “La pregunta de la niña”.

En este poema dulce y aceptablemente encabalgado, una jovencita —que nos recuerda el contexto de pastorcilla en la pradera o ingenua serranilla— acude al consejo de su madre para desahogar una inquietud que desborda su corazón: “Madre mía, yo soy niña;/ no se enfade, no me riña/ si fiada en su prudencia/ desahogo mi conciencia,/ y contarle solicito/ mi desdicha o mi delito,/ aunque muerta de rubor”.

Le dice a su madre el terrible y feliz encuentro con un tal Blasillo, muchacho que la quiere seducir y se le aparece mientras ella cuida su manda en el bosque, le confiesa además, que él le pide un beso, cuando ella supuso que solicitaría una rosa, y acepta temerosa y embelesada. Con la agitación que dan los avisos del primer amor, siente en su espíritu la dicha y la tempestad.

Acepta el beso en la boca y en esa entrega silvestre, en medio de la naturaleza y cercana la noche, su vida se transforma para convertirse en un alma marcada por el éxtasis o la enfermedad del amor. A partir de ese momento sus pensamientos sólo tiene una búsqueda: el joven amado, sus emociones un destino: la idealización: “Desde entonces, si le miro,/ yo no sé por qué suspiro,/ ni por qué si a Clori mira,/ se me abrasa el rostro en ira;/ ni por qué, si con cuidado/ se me pone junto al lado,/ me estremezco de placer./ …/ Siempre orillas de la fuente/ pienso en él y me sonrío.// Y entre mí le llamo mío,/ me entristezco de su ausencia,/ y deseo en su presencia/ la más bella parecer”.

La niña está rendida al amor, su juicio navega en las estrellas y las nubes cobijan su deseo. La flama se ha encendido y la contradicción amorosa aplica aquí sus filos a su corazón tierno: sufre y se ilusiona, padece la fiebre feliz/feraz de la dicha y entran a su pensamiento los nubarrones de los celos.

Muchos son los poemas que hablan del primer amor, de las primeras llamaradas tibias que mecen los rubores y el ensueño, versos sobre la entrega del anhelo, el corazón, las esperanzas en el punto en que la niñez fractura su rumbo, y este poema de Dionisio Solís, aun con sus quebrantos formales y algunos versos indecisos, resuelve su candor con aplomo y añoranza para lograr una viñeta clara, llena de gracia y con la esencia lúdica del amor infantil.

El amor que siente la niña rebasa todo juicio y prudencia, sus sentimientos han rendido su alegría fresca y su decisión al amor puro; en su mente de párvulo sólo se enaltece el estremecimiento: “Confundida, peno y dudo,/ y por eso a usted acudo;/ dígame, querida madre,/ si sentía por mi padre/ este plácido tormento,/ esta dulce que yo siento/ deliciosa enfermedad./ …/ Diga usted con qué se cura/ o mi amor o mi locura,/ y si puede por un beso,/ sin que pase a más exceso,/ una niña enamorarse,/ y que trate de casarse/ a los quince de su edad”.

Las bondades del amor tienen sus misterios, sus dolores abren múltiples senderos, y en este poema la conclusión sorprende por su ternura infantil, el deseo fragante y el padecimiento se expresan de una manera sutil, para dejar que asomen en los versos la travesura y el encanto ingenuo, lleno de ilusión.