Eve Gil

Las relaciones públicas, tan imprescindibles para algunos, tienen dos caras: una, cultivar cierta intuición para saber a quién aproximarse y perfeccionar el arte de la adulación de tal manera, que premios, becas y recomendaciones empiecen a fluir. La otra es la que muestra Carlos Fuentes en su libro póstumo —que no “último”, según tengo entendido— Personas (Alfaguara, 2012) donde retrata en forma admirable —unas veces más que otras, algunos retratos se quedan algo cortos—, a una serie de personajes que conformaron su círculo social y vital. A través de este libro, Fuentes deja claro que las relaciones públicas también le sirven a un escritor para observar el mundo a través de los ojos de los demás y retroalimentarse con base en una convivencia amistosa que no pocas veces representa un aprendizaje, aunque ocasionalmente derive en malos entendidos; admirables personajes que a veces se filtran en la ficción, según advertirán los familiarizados con la obra de este notable escritor mexicano, nacido accidentalmente en Panamá durante una misión diplomática de su padre, en 1928.

Personas es, además, un recorrido biográfico del propio Fuentes que, a través de sus amigos, conocidos, profesores y encuentros casuales pero decisivos, se narra, inevitablemente, a sí mismo. Escrito en plena madurez física, emocional e intelectual, resulta significativo que Fuentes hubiera optado por realizar esta recapitulación precisamente en este momento, como si de algún modo se despidiera de sus lectores, y de los amigos que le sobreviven —aunque la mayoría de los que tienen cabida en este libro se le han adelantado en el camino… o García Márquez, que quizá no se entere nunca de las afectuosas palabras de su amigo. Es casi una bildungsroman con la que describe de qué manera contribuyeron a su crecimiento personal e intelectual diversos personajes, como el mismísimo Alfonso Reyes, “mi amigo don Alfonso”, o sus profesores de la escuela de Derecho de la UNAM, cuando vivía en “un México balzaciano, pero aún no babilónico”: “…Contra el atiborrado ambiente, (Manuel) Pedroso ofrecía una selección severa: bastaba, decía, leer tres libros en la clase de Teoría del Estado para entender el tema: La república, de Platón, El príncipe, de Maquiavelo y El contrato social, de Rousseau” (p.56).

En lo personal, considero que el retrato más disfrutable es el de Luis Buñuel, y donde de paso refiere a Salvador Dalí —imposible hablar de uno sin mencionar al otro: una memorable relación de amor-odio. Buñuel, el excéntrico que impregnó de su locura genial a la cinematografía mundial, en medio de uno de más provechosos y enriquecedores exilios de la España de Franco. Fuentes estuvo a su lado en el momento más interesante de todo creador: el de la búsqueda de una estética personal, y el escritor mexicano, si bien poseía un temperamento muy distinto al del cineasta español —“ciudadano del mundo” como ninguno— disfrutó inmensamente sus andanzas compartidas… como aquella en que fueron expulsados de un cine, durante la proyección de una de las bizarras epopeyas religiosas de Cecil B. DeMille, en que Buñuel exclama en medio de una escena en la que el demonio pretende tentar a Jesús con tesoros, “¡Mira, le está ofreciendo Disneylandia!”.

Refiriéndose a Buñuel, uno de los exponentes del surrealismo, escribe Fuentes: “(…) El arte está al servicio del misterio, del sueño, de lo irracional. Y más: las contradicciones del ser humano sólo se resuelven en la libertad ejercida contra un sistema social inhumano que es el nuestro…” (p. 29). Más allá de las hilarantes anécdotas al lado de Buñuel, está la apoteósica crónica de la no menos suntuosa toma de posesión, en París, del representante de la Izquierda, François Mitterrand, quien habría de sumar catorce años de mandato, un récord entre los presidentes franceses. Del mismo modo que al escritor mexicano le gustaba rodearse de políticos inteligentes —raras avis, según declara… especialmente los estadounidenses, con tres excepciones muy específicas: John F. Kennedy, Bill Clinton y Barak Obama— al político francés le gustaba rodearse de intelectuales… y sus favoritos eran los latinoamericanos y estadounidenses, “Mitterrand no ha invitado a gobiernos, sino a escritores que ha leído, a amigos que han compartido con él la ‘larga marcha’ presidencial…” (p. 84). De tal suerte que Fuentes vivió este momento histórico prácticamente tomado de la mano de Gabriel García Márquez. Mitterand triunfaba en las elecciones tras haber perdido ante Charles de Gaulle en 1965 (otro personaje retratado en este libro) y Giscard d’Estaing, en 1974. Cada uno de sus retratos con políticos o involucrados en la política como André Malraux, nos permite conocer la ideología política de Fuentes, quien consigna, además, frases memorables que éstos compartieron en la intimidad con él, y debieran ser del dominio público, como la magnífica frase del antes citado Malraux: “¿Por qué no aceptar a Dios como un pintor moderno?” (p. 108).

Y si bien considero que la intención de Fuentes no es desmitificar a nadie, lo cierto es que uno sale de este libro convencido de que es cierto aquello de “El león no es como lo pintan”, como serían el caso de Fernando Benítez, una fiera tierna según su propia experiencia. Nos deja asomarnos brevemente a la novela inédita de Cortázar, a quien alguna vez llamó “el Bolívar de la novela latinoamericana”, pues “Nos liberó, liberándose”; nos revela pincelazos de heroicidad en Arthur Miller como presidente del Pen Club, cuando intercedió por autores encarcelados o condenados a muerte, como sería el memorable caso de Salman Rushdie; nos muestra la cara amable del torturado William Styron; nos relata la memorable noche en que, junto con éste, escuchó al mismísimo Bill Clinton declamando, de memoria, parrafadas enteras de William Faulkner y manifiesta su admiración por esa mujer “dura” pero maravillosa que fue Susan Sontag, y que también dijo algo que Fuentes tuvo a bien consignar: “…Lloremos juntos —dijo el 11S— pero no seamos estúpidos juntos”. El libro cierra, brillantemente, con Lázaro Cárdenas, el único presidente mexicano que amerita un sitio en su personal cuadro de honor: “….Quizá, como alegan sus críticos, no era un demócrata. Pero su organización del país, su victoria sobre el caudillismo y el caciquismo (absoluta la primera, relativa la segunda), su modernización desde abajo, su confianza en el capital humano del país, su respeto a la vida humana, son todas semillas para el México democrático, pluralista y diversificado que hoy queremos” (p. 252).