Gerardo Yong
Pocos inventos humanos han sido tan criticados como el condón o preservativo, pese a que se trata de un artefacto que ha sido usado por la humanidad desde hace miles de años. Según registros históricos, se tienen indicios de que la civilización egipcia (1350 a. C.) usaba estos dispositivos a partir de la tripa de algunos animales como la cabra. Desde entonces, su función ha sido la misma que hasta la actualidad: la contracepción.
Un poco de historia
Fue el médico italiano Gabrielle Fallopius en el año 1500, quien redirigió su uso hacia fines profilácticos. Incluso se dice que inventó un preservativo a base de lino, mismo que sometió a prueba con más de mil hombres para evaluar su eficiencia. El resultado: ninguno de ellos se contagió de sífilis, enfermedad que azotaba a Europa en esa época.
El preservativo de goma fue desarrollado a partir de un método denominado “vulcanización”, hecho por Goodyear y Hancock en 1843, que consiste en someter al caucho a un proceso de alta temperatura con ácido sulfúrico para convertirlo en un material flexible y resistente. Esto permitió que en 1930 se inventara el látex, material más adecuado para propósitos sexuales y es el que se sigue usando hasta nuestros días.
Una dualidad criticada
La dualidad sexo-condón es una fórmula que ha tenido que ser tomada en cuenta por todos los gobiernos del mundo. En primer lugar, como una forma de control natal y en segundo para evitar la propagación de enfermedades infecciosas a través de los órganos sexuales. Sin embargo, este último factor se ha convertido en la pieza central de las estrategias de salud mundiales, ante el alarmante aumento de enfermedades como el VIH-Sida. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 34 millones de personas viven con esta enfermedad en el mundo, la gran mayoría se encuentran en países de ingresos bajos o medios. También calcula que en los dos últimos años se sumaron a las cifras más de 2.7 millones de pacientes. Hasta la fecha ha cobrado la vida de casi 30 millones de personas, se estima que cada año mueren 1.8 millones de personas en el planeta.
Ante este panorama lúgubre, organismos no gubernamentales como la Fundación para la Lucha contra el Sida A. C.; Fundación para la Planificación Familiar (Mexfam) y Ave de México, A. C. se unieron a la campaña Pa´ la Banda, patrocinada por una firma de preservativos, a fin de intensificar la consciencia de su uso como la principal herramienta para atacar varios problemas sociales en la juventud, como los embarazos no deseados y los contagios de enfermedades como el Sida y otras infecciones de transmisión sexual, principalmente en adolescentes.
Campañas deficientes
Las campañas en favor del uso del condón no han mostrado una tendencia a disminuir el problema de los embarazos no deseados en las jóvenes, que posteriormente, pasan a formar parte de otro grupo social conocido como “madres solteras” debido a que no logran estabilizar su situación mediante las formas institucionales. Los mensajes que reciben van desde “si usas condón, es más probable que te puedas desvelar en una fiesta y no para tener que darle el biberón a un bebé”. El slogan es débil, ya que en lugar de promover el uso efectivo del preservativo, fortalece los hábitos de una población adolescente que de por sí ya tiene problemas por falta de dedicación escolar y compromisos de superación personal, al grado que se les ubica como un sector que ni estudia ni trabaja. El condón no es la mejor opción para combatir este fenómeno, si no viene acompañado de medidas sociales como la creación de oportunidades para los jóvenes.
Un estilo de vida, no de flojera
El uso del preservativo debe ser enfocado más como un estilo de vida; como una práctica que permite acceder a una cultura más consciente de los procesos biológicos interpersonales. La mayoría de los países que tienen una cultura del uso del condón son de las llamadas primer mundo. Naciones como Alemania, Holanda y Francia han sido pilares en estas estrategias porque han sabido conjuntar las políticas económicas con las de desarrollo social; una fórmula que funciona en muchos aspectos, al procurar una mayor integración y un modelo de vida que puede impactar positivamente en la eficiencia poblacional. Cuando una pareja tiene un buen nivel sociocultural, los efectos en la planeación familiar son más intensos y eficientes y sus decisiones se convierten en contrapeso de las políticas gubernamentales, sin tener que destacar factores que, a final de cuentas, sólo promueven un ámbito de flojera global.

