Renació el Día del Presidente

Alfredo Ríos Camarena

La Constitución debe ser la norma superior que rija la vida del Estado nacional. Sin embargo, en ocasiones sus reformas han sido producto de políticas coyunturales.

Hace 6 años, ante la imposibilidad de que el presidente Fox leyera su informe ante el Congreso de la Unión, y de que el presidente Calderón no pudiera rendir la protesta constitucional, sólo la institucionalidad de los priistas de la LX Legislatura impidió que se afectara la gobernabilidad.

PAN, PRD y PRI reformaron el artículo 69 constitucional, para que el presidente enviara por escrito su informe. Hoy renace el Día del Presidente, y el titular del Ejecutivo reúne a sus simpatizantes en Palacio Nacional, para recibir el aplauso ante sí mismo, sin ninguna vinculación con el Congreso; organiza su fiesta, su besamanos y pronuncia un discurso de corte triunfalista, para impresionar a la opinión pública a través de los medios de comunicación.

El presidente Calderón cerró la última página de su gobierno;  insistió en sus políticas de seguridad y ofreció cifras impresionantes que poco tienen qué ver con la percepción de una nación donde miseria, desigualdad y la más brutal de las inequidades prevalecen.

Calderón se va, y con él, una página que sólo la historia podrá juzgar. Se despide casi con lágrimas en los ojos; mientras tanto, la presencia ominosa del crimen organizado sigue predominando y propiciando hechos como el de “la emboscada” —así llamó el embajador de Estados Unidos el ataque en días pasados a los agentes de la CIA y a un oficial de la Armada—, donde hemos tenido una total falta de información y un desconcierto general.

Se ha combatido el crimen, pero el resultado no ha sido el esperado. En el Ejército queda la duda de la aprehensión del general Angeles y otros militares. Se han capturado los capos más importantes, pero como hidra de mil cabezas surgen células de los diferentes carteles, que amenazan a la ciudadanía y rompen la tranquilidad, manteniendo en zozobra a millares de ciudadanos.

En materia de salud, ha habido éxitos; la infraestructura se ha ampliado, aunque las carreteras son negocios de empresas privadas; la competencia en televisión y en telefonía sigue empantanada; se han invertido millones en educación, pero los resultados no han sido los esperados; en el campo, más de 20 millones de mexicanos se encuentran en la pobreza y en la ausencia de producción. Los indígenas viven quizás el momento más dramático de la historia contemporánea. No puede ni debe culparse al Congreso de esta falta de resultados; el Ejecutivo federal tiene los elementos materiales y las facultades para cambiar el rostro de la nación y no lo ha hecho.

El presidente electo, Enrique Peña Nieto, tiene un panorama difícil de resolver; sería injusto esperar que de la noche a la mañana pueda transformar esta realidad. A lo que sí está obligado es a darle un nuevo rostro a la nación, atacando el tema fundamental de la pobreza, la enfermedad y la miseria. El país está urgido de un cambio: reformar la Ley Orgánica de la Administración Pública, para crear nuevas competencias y facultades dentro del Ejecutivo federal; combatir la corrupción es un imperativo categórico; resolver la desigualdad con una mejor política educativa, con una nueva visión de la producción agraria y agrícola. Los parches a la Constitución no son la solución.