Raúl Reyes Aguilar
En este espacio “el del amante abandonado”, la música ranchera es un campo de inmensa productividad de composiciones relacionadas con este tema. “La canción ranchera antes de la aparición de José Alfredo Jiménez era agresiva, de manera general, y si se trataba del tema amoroso, adoptaba un tono exigente y fanfarrón” [i]: “Me he de comer esa tuna/aunque me espine la mano…”
Con simplemente escuchar las canciones producidas durante la etapa de la primera gran figura de la música ranchera, Lucha Reyes, se puede observar lo dicho anteriormente. En la canción “Ay, Jalisco no te rajes”, la presencia de la mujer no pasa de ser casi un objeto, se cosifica a la persona:
Pa’ mujeres, Jalisco primero,
lo mismo en los Altos que allá en la Cañada
mujeres muy lindas, rechulas de cara
así son las hembras en Guadalajara
“Ay, Jalisco no te rajes”
Se advierte el machismo prototípico, las palabras que definen a la mujer provienen de un lenguaje provinciano. Si al principio utiliza el sustantivo mujer y después se adjetiva con las palabras lindas y rechulas, al final cierra con otro sustantivo: hembras, con esto se consuma la cosificación, al nombrarlas como hembras, la Mujer pierde por completo importancia y asimismo su individualidad, la visión del macho hace acto de presencia: ellas son las hembras y yo soy el macho… estas palabras son muy utilizadas por el macho mexicano de aquella época para referirse a la mujer. Además algo interesante es que únicamente hay una descripción física y para ser más específicos, del rostro, como si únicamente tener buen aspecto físico fuera lo trascendental en una mujer.
Años después, los intérpretes del género ranchero, como Jorge Negrete, Pedro Infantes y Miguel Aceves Mejía (hombres que también cantaron las composiciones de Jiménez), continuaban pregonando lo mismo. Al contrario, para José Alfredo el desamor se presenta como el fin de un momento o tiempo cuando era feliz. De este modo se distinguen las letras de José Alfredo de las de sus antecesores por presentar a un hombre derrotado, vulnerable, y que es capaz de llorar por una mujer (algo impensable y contradictorio para el arquetipo del gran macho mexicano). Desde su primer gran éxito “Yo”, José Alfredo nos deja ver la posición del amante ante el desamor.
Yo, yo que tanto lloré por tus besos,
yo, yo que siempre te amé sin medida
hoy sólo puedo brindarte desprecios;
yo, yo que tanto te quise en la vida.
Aquí, en esta composición, coexisten el despecho hacia la mujer, pero también el amor que alguna vez existió. En estos cuatro versos, se presenta todo el transcurrir amoroso, desde sus inicios hasta el final: “…lloré por tus besos” alude al tiempo en el que el enamorado anhelaba el amor de la mujer, es decir, el cortejo y las “pruebas” que debió pasar el hombre para que ella lo aceptara. El segundo verso remite a cuando el amor fue correspondido y la pasión aumenta paulatinamente: “yo, yo que siempre te amé sin medida”. Y finalmente, los últimos versos hablan de la separación y de esa ambivalencia que subyace en el Yo del amante: por un lado están los desprecios; y por el otro, los recuerdos lacerantes del amor que le tuvo a su amada.
Esta nueva experiencia, la de la separación, hace que el individuo se enfrente con un sinfín de sentimientos encontrados que lo llevarán por distintos modos para sobreponerse a la ausencia. “La necesidad más profunda del hombres es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad.”[ii]. Y para lograr escapar de la separatidad recurre a varios mecanismos de defensa.
Ante el conocimiento en una primera instancia de la ruptura inevitable, tal acontecimiento es catalogado como algo más apocalíptico que un simple desastre: “la pena que traigo ni Dios la sabe”, “Yo sentí que mi vida/ se caía en un abismo/ profundo y negro/ como mi suerte”.
Fuiste mi cielo, mas con el tiempo
mi cielo en nubes se convirtió
un día nublado con mucho viento
entre otras nubes se me perdió.
“Día nublado”
La separación hace que el espacio interior del abandonado se vuelva turbio, lo que antes era un lugar ameno porque existía el amor, ahora adquiere una sensación de desdicha: “Fuiste mi cielo, mas con el tiempo/ mi cielo en nubes se convirtió”, la analogía del día nublado puede entenderse como la congoja que lo embarga, ahora sólo hay incertidumbre y parece que las penurias aumentaran aún más: “un día nublado con mucho viento/ entre otras nubes se me perdió”. Asimismo el descenso en el cataclismo del desamor se manifiesta gravemente.
No quiero ni volver a oír tu nombre,
no quiero ni saber a dónde vas,
así me lo dijiste aquella noche,
aquella negra noche de mi mal.
“La noche de mi mal”
El Yo lírico siente el rompimiento como una catástrofe. Las palabras proferidas contienen la calamidad y el desprecio total: “no quiero ni volver a oír tu nombre/ no quiero ni saber adónde vas”, esta frase parece tener cierta correlación con el ambiente, puede inferirse que mientras se van diciendo las palabras el ambiente interior del hombre lentamente se va degradando: en primer lugar se habla de una noche cualquiera, luego se le agrega el adjetivo “negra”, si ya así la noche contiene la idea de oscuridad, esto aumenta más la intensidad y, finalmente, para rematar una frase imperiosa con la que se cierra la estrofa: “de mi mal”. por donde se le quiera ver, la estrofa se percibe como una maldición que le ha sobrevenido de pronto y de la cual no puede escapar: “qué suerte la mía, estar tan perdido/ y volver a caer”.
