La ceremonia del adiós

Humberto Musacchio

La noche del Grito, un Zócalo semivacío despidió a Felipe Calderón en medio de una tremenda lluvia y los gritos persistentes de la chamacada del Yo Soy 132 que le recriminaba la mortandad desatada por su guerra contra el crimen organizado.

Por primera vez asistimos al penoso espectáculo de un presidente derrotado y criticado con dureza por su partido, que varias veces le impidió colocar a sus amigos como gobernadores. Para los usos y costumbres de la política mexicana, Acción Nacional ha mostrado muy poca disciplina al no aceptar línea del ocupante del Ejecutivo; para los amantes de la democracia, el PAN ha dado una bella lección de dignidad al negarse a aceptar acríticamente la imposición de amigos de Calderón como candidatos al Poder Ejecutivo de varios estados.

Por si algo faltara, la dirección de su partido se negó a ser manipulada por Felipe y sus paniaguados, quienes querían introducir cambios inaceptables en el PAN que pretendían dejar la mesa puesta para que el ahora ocupante del Ejecutivo federal instaurara sobre su partido una especie de maximato, o más propiamente un minimato, sobre la militancia albiazul.

Durante su desfasado, inútil y oneroso viaje a Rusia, Calderón declaró que algunos panistas le habían pedido apoyar a Josefina Vázquez Mota durante la reciente campaña electoral y dijo que había negado a emplear con ese fin “fondos públicos” que habrían sido ilegales. Gustavo Madero, presidente del PAN, le contestó de inmediato y le exigió que dijera quiénes eran esos panistas, lo que por supuesto no hizo el huésped de Los Pinos.

Por si fuera poco, en una junta con senadores panistas celebrada el 28 de agosto, Calderón llamó “cobarde” a Javier Corral, ausente de la reunión. No fue lejos por la respuesta, pues el senador por Chihuahua le envió una carta en la que le reviró el calificativo, pues le dijo que en todo caso el cobarde era el propio Felipe, adjetivo que le endilgó cuatro veces —¡cuatro!—, hecho sin precedente en el trato republicano y que sorprende por tratarse de funcionarios del mismo partido.

Ya en el tobogán de salida, el domingo 16 de septiembre, Ricardo García Cervantes, una de las figuras más relevantes del panismo, anunció que se retiraba de la política porque el gobierno calderonista había sido incapaz de atacar la corrupción y la impunidad. Don Ricardo informó también que seguirá exigiendo justicia por lo ocurrido en Pasta de Conchos, caso ante el cual los gobiernos panistas han sido indiferentes.

Y todavía le faltan más de dos meses para entregar la banda.