López Obrador deberá acostumbrarse a la caída

 

René Avilés Fabila

Como si fuera poca cosa el estéril escándalo que Andrés Manuel López Obrador ha provocado en un país que necesita tranquilidad para reflexionar sobre su futuro, ahora, en una larga entrevista que intenta mostrarnos el lado humano del político, nos dice que no se retirará, que seguirá luchando por salvarnos. Si alguna característica tiene es sin duda la necedad y si algo ama sin duda es el poder. Quizá, según leo en la entrevista, es un hombre bueno, generoso, tal vez hasta su amor por el pueblo sea real como es evidente su mal carácter, tendencia al autoritarismo y su falta de lecturas políticas de gran calado. Con banalidades, aun en un país que practica a diario la banalidad política, no se puede triunfar.

Lo que se desprende es su capacidad para manejar dos o tres ideas sin duda sacadas de sus inicios de militante priista que pensó en Benito Juárez y en Lázaro Cárdenas, pero lo hizo al modo priista, viendo héroes acartonados. No basta citar sus mejores frases ni intentar repetir sus acciones. Ya están fuera de contexto. Es como citar a Marx y a Lenin en un mundo que los ha rechazado. Lo importante es utilizar sus ejemplos de lucha en los tiempos que corren. No son los franceses los que constituyen lo que Obrador llama la “mafia del poder” ni tiene sentido insistir en que el petróleo, como la Virgen de Guadalupe, es nuestro. De poco nos ha servido.

Dice Andrés Manuel que no se retirará nunca, que se quedará para siempre a dar las batallas que sean necesarias para que México al fin sea por completo libre y democrático. ¿Esto sólo se logrará a través de sus acciones, de sus ideas gastadas? Quien le pide que se vaya, en principio, son más sus correligionarios que sus críticos. Supongo que con sentido común se nace y él no lo tiene como hemos podido juzgar a través de sus muchos años de lucha. Lo que a otros les concedería experiencia, sabiduría, a él lo llena de terquedad. Su fama y glorificación en un país necesitado no de ideas sino de caudillos, lo lleva a imaginarse un redentor, un hombre iluminado que está señalado por Dios para abrirnos las puertas de la grandeza. ¿Cómo hacerle comprender que es un simple mortal, que Dios no le dio ningún encargo? Lenin ni era creyente ni suponía ser un Mesías, era algo más: un revolucionario que meditaba cuidadosamente sus actos, el camino a seguir. Dueño de una mente poderosa y una cultura amplia, sabía cómo cambiar no Rusia sino el mundo. Lo intentó y estuvo a punto de conseguirlo, la utopía avanzaba cuando murió. Sus peores seguidores dieron al traste con sus logros.

Si López Obrador tuviera los pies en la tierra y fuera un hombre de férrea ideología, las cosas podrían haber sido diferentes. Pero la certeza de que su tarea es divina, lo perdió. Podrá tener una tercera oportunidad, no lo dudo, pero no llegará a Los Pinos ni será eternamente seguido por las masas. Con más agudeza que rabia, pudo convertirse en algo más que un presidente de México, en un gran líder del país, un hombre clave para los cambios que requerimos. Entre su arrogancia y su incapacidad intelectual, su negativa a escuchar y su necesidad de mandar, ya estuvo en su punto más alto. Ahora tendrá que acostumbrarse a la caída, al descenso, hasta padecer un completo olvido. Es una pena. Los grandes hombres supieron escuchar, él no.

 

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