César Arístides
El 19 de agosto de 1936 murió de manera trágica el poeta Federico García Lorca. Con este suceso, en tiempos de guerra civil española, los poetas y lectores sufrieron una gran pérdida, que asuntos villanos de la vida les impuso, no sólo por la calidad literaria, también por el deceso del amigo, el hermano en la batalla y la escritura que sangra. La muerte del poeta inspiró una serie de intensos y bellos cantos a Antonio Machado, “El crimen fue en Granada” donde la elegía y la gracia gitana se enlazan para hablar del acontecimiento funesto (otros poetas, Miguel Hernández, por ejemplo, también redactaron versos de profundo dolor/ amor a la muerte de Federico, “capitán de poesía”). Machado, el poeta ligero de equipaje, dueño de hermosas composiciones donde la evocación y la naturaleza, el paisaje, la niñez, el viaje, expresan su profunda sencillez y una radiante alegoría del paisaje que aclara en más de una ocasión la inquietante búsqueda del ser; en la serie de cantos al granadino elabora una estampa donde llevan entre fusiles al poeta hacia el punto final de su último verso, de su vida intensa: “Se le vio, caminando entre fusiles,/ por una calle larga,/ salir al campo frío,/ aún con estrellas, de la madrugada./ Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba./ El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara./ Todos cerraron los ojos;/ rezaron: ¡ni Dios te salva!/ Muerto cayó Federico/ —sangre en la frente y plomo en las entrañas—/ …Que fue en Granada el crimen/ sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada…”. Con una exégesis sencilla y puntual, dolorosamente hermosa, la segunda parte de esta breve serie es un encuentro de terribles enamorados, la muerte gitana y el poeta, con las frases y tanteos líricos que tal vez hubiese empleado García Lorca. Machado desarrolla un diálogo/reseña/soliloquio del abrazo eterno entre la muerte y el asesinado; la belleza del poema no cede y la reflexión del encuentro, pese a la tristeza, anuncia la eternidad a la que se verá encaminado el bardo, por su literatura y su personalidad: “Se le vio caminar solo con Ella,/ sin miedo a su guadaña./ —Ya el sol en torre y torre; los martillos/ en yunque— yunque y yunque de las fraguas./ Hablaba Federico,/ requebrando a la muerte. Ella escuchaba./ ‘Porque ayer en mi verso, compañera,/ sonaba el golpe de tus secas palmas,/ y diste el hielo a mi cantar, y el filo/ a mi tragedia de tu hoz de plata,/ te cantaré la carne que no tienes,/ los ojos que te faltan,/ tus cabellos que el viento sacudía,/ los rojos labios donde te besaban…/ Hoy como ayer, gitana, muerte mía,/ qué bien contigo a solas,/ por estos aires de Granada, ¡mi Granada!’”. Cierra el canto con una evocación intemporal del terruño de García Lorca y una humilde, a la vez potente, solicitud de que labriegos, entiéndase poetas, lectores y hombres sencillos, de bien, erijan un recuerdo ardiente al poeta para gloria trágica de quien dio su vida y sus versos a los hombres: “Se le vio caminar…/ Labrad amigos,/ de piedra y sueño, en el Alhambra,/ un túmulo al poeta,/ sobre una fuente donde llore el agua,/ y eternamente diga:/ el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”. Tiempos de guerra eterna los del hombre, de amor cenizo y esperanza rota, y este homenaje poético, con encabalgamiento audaz y trémulo, nunca fallido, insiste en que se recuerde la amada tierra de García Lorca a la que amó y donde lo asesinaron. Bello poema sobre la pena mortal y un elogio —incluso con su parte gallarda y plena en gracia— a quien se admira, se lee con pasión y se recuerda con inmenso respeto.
