Las cifras dan cuenta del desastre
Humberto Musacchio
La política externa es zona de desastre. Lo sospechábamos muchos, pero ahora lo confirma un documento interno de la propia Secretaría de Relaciones Exteriores, donde se señala que México ha reducido drásticamente su presencia en el mundo, el personal diplomático de carrera ha envejecido y ha sido desplazado por políticos y empresarios improvisados.
Las cifras dan cuenta del desastre. México, que necesita contrapesos efectivos frente al poderío de la potencia más avasallante del mundo contemporáneo, ha ido cerrando embajadas y hoy ya sólo cuenta con 73 representaciones en otros países, mientras que Brasil dispone de 125, Argentina de 82 y Cuba, con diez veces menos población que México, tiene 123 embajadas.
Lo anterior es resultado de limitaciones económicas, pero también de la nefasta idea de que carece de sentido abrir las relaciones con el mundo si fatalmente nos hallamos uncidos al vecino del norte, que por esa misma dependencia se vería en la obligación de protegernos. Es el síndrome de la pareja golpeada llevado al plano internacional.
De ser un país con autoridad moral y política, hoy, después del reiterado y vergonzoso entreguismo de Ernesto Zedillo y de las costosas payasadas del dúo Fox-Castañeda, estamos en una penosa situación. Don Sergio González Gálvez (La Jornada, 9/X/2012), embajador emérito y hombre que sí conoce del asunto, declaró que en los gobiernos panistas empresarios y políticos sin experiencia han sustituido en funciones diplomáticas a los cuadros del Servicio Exterior Mexicano.
Es así —lo digo yo, HM— como se ha tomado la embajada mexicana en España como una especie de retiro semivacacional para los amigos, como se ha enviado a El Vaticano a la mochería panista y como se han hecho cosas peores. González Gálvez cita como el “ejemplo menos afortunado” el del señor Jorge Eugenio Guajardo, quien al llegar a Pekín como embajador de México pidió que “no le invitaran comida china” porque no le gusta.
Se trata, por supuesto, de un caso extremo, pues Guajardo aportó gruesas sumas de dinero a la campaña presidencial de Calderón y éste, como pago, le dio a su benefactor la embajada en el país que es nuestro principal competidor comercial en el mercado estadounidense. El resultado ha sido que ese individuo, sin calificación para el cargo, ha inferido repetidas ofensas al país que lo recibió, donde es fama que lo único que conoce de China son los bares y casas de lenocinio. Como nadie, Guajardo encarna las miserias del calderonismo, al que todavía, para desgracia de la nación, le resta más de un mes en Los Pinos.
