Patricia Gutiérrez-Otero
(Segunda y última parte) 

Los seres humanos adultos, nuestros pensamientos nuestros y nuestras acciones nuestras, en general no surgimos de la nada. Nuestras vivencias asumidas responsablemente nos permiten aceptar o no el kairos, el momento único, de nuestras vidas. Es lo que vivió Javier Sicilia. Su temperamento, su historia familiar, la influencia de su padre, los amigos que encontró en el camino, los autores que amó y que aceptó en su vida, sus acciones sociales, su reputación como novelista y ensayista, su toma de posición ética, todo lo llevó a poder elegir cuando en su vida se presentó la tragedia: o sumirse en su pena y dolor ante el cuerpo torturado de su hijo o levantar la voz por las víctimas que no tenían acceso a los medios y unirse a ellas. En la entrega anterior omití, queriendo o sin querer, mencionar la red de solidaridad en la que Sicilia participó activamente, y que fue, en el kairos del poeta, el humus y el empuje del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD): la lucha en Cuernavaca, Morelos, por salvar lo que fue el Casino de la Selva en el año 2001. En esa lucha se unieron diversos intelectuales y activistas. Muchas veces sus intereses por salvar el Casino no coincidían, sin embargo tampoco chocaban: entraban en diálogo complementario. Unos querían salvar la fauna y la flora que encontraba refugio en ese edén; otros salvar los vestigios prehispánicos; algunos más, salvar el patrimonio histórico y cultural presente en ese lugar, incluyendo los murales, las estructuras arquitectónicas paraboloides y más; los menos, evitar el cambio del uso del suelo en un territorio donde no podían implantarse megatiendas, lo que abriría a la implantación de edificaciones no aptas para ese lugar, y a la destrucción del medio ambiente urbano del área… La maravilla es que en esa defensa todos tenían el mismo lugar y el mismo voto en las reuniones para tomar decisiones y en la que no faltaba alguien que llegaba con cien tortas y aguas. Opinaba el catedrático, hablaba el que bolea zapatos, decía el ama de casa, respondía el joven estudiante: todos votábamos. Se distribuían las tareas de manera casi mágica. Había gente que era cabeza de alguna organización, pero su voto valía lo mismo: Flora Guerrero, de los guardianes de los árboles; Suárez Huape, exdiputado del PRD y hombre cabal; Javier Sicilia, director de la revista Ixtus y escritor; Pietro Ameglio, organizador de Servicio Paz y Justicia (SERPAJ), agrupación de la que muchos jóvenes adherentes eran como los pajarillos y los ratones de Cenicienta para hacer y deshacer acciones; Jean Robert, el pensador que fue capaz de articular todas las propuestas… Además, había tanta gente comprometida, pero sin un grupo en especial. Fue un verdadero movimiento ciudadano. Uniéndose a la trayectoria personal de Javier Sicilia, de los autores que lo marcaron, de su interés por lo social y su actividad en pro de la justicia… La relación que se creó con gente que quiere el bien de los animales, de la flora, del planeta, de los seres humanos y su sociedad, hizo que cuando Javier regresó de Filipinas, tras el brutal asesinato de su hijo, ya hubiera gente dispuesta a apoyarlo para construir una ciudadanía activa. Las mayores movilizaciones fueron, en ese momento, en Cuernavaca. De ahí salió la primera marcha. Termino diciendo que el kairos de Sicilia le pertenece, sin embargo no es ajeno al contexto de lucha ciudadana que lo acompañó. Javier asumió su hora en un contexto que él sostuvo y que lo sostuvo. Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y los Acuerdos sobre las víctimas, erigir un memorial y no un momento, evitar que nos vendan como país y como seres humanos…

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