Claudio R. Delgado
Miguel Capistrán (Córdoba, Veracruz, 1939-ciudad de México, 2012) es un personaje dentro del mundo de nuestra literatura que dejó huella. Un personaje singular y comedido dentro del ámbito de la investigación y el análisis literario. Fue él quien rescató y desempolvó dentro del mundo del olvido en este medio, de por sí ingrato de la memoria literaria de México, al importantísimo y muy singular grupo de Los Contemporáneos. Fue Miguel Capistrán, quien gracias a su impulso aventurero, logró traer a México por primera vez en 1973, al escritor argentino, Jorge Luis Borges.
En 1978, Capistrán también tuvo que ver en la segunda visita de Borges a nuestro país, sólo que en esa ocasión, totalmente distinta a la primera, llegó a nuestro país el autor del Aleph, porque Miguel participaba en una serie de programas televisivos en el que Jorge Luis Borges dialogaría con el grandilocuente, Juan José Arreola. Miguel era en ese momento el organizador y productor de dichos programas para la entonces televisión oficial mexicana.
Desafortunada y lamentablemente, Miguel ya no está; se ha ido y no volverá, nos ha dejado huérfanos en un mundo en el que no campean investigadores tan pertinaces e inquietos como él. Pero sobre todo investigadores reales, conocedores, cultos, hombres entregados con pasión a la necesidad de descubrir nuestro pasado histórico-literario para preservarlo y darlo a conocer a quienes vienen detrás de nosotros. Creo que el único que queda de esta estirpe es Emmanuel Carballo, el otro era José Luis Martínez, ya también fallecido, quienes junto con Miguel Capistrán, formaban la triada de investigadores y rescatadores de nuestro pasado literario más sobresaliente del siglo XX mexicano.
Conocí personalmente a Miguel recién iniciado el presente siglo XXI, en el año 2000, con motivo de la publicación de la primera edición de su libro Borges y México, el cual apareció en aquel momento bajo el sello de Plaza y Janés. Era un volumen que él había preparado en el que se contenía una serie de textos de escritores mexicanos que hablaban de Borges con respecto o por motivo de su primera visita a nuestro país, y que de alguna manera habían tenido contacto con el escritor en 1973. Y de otros autores que ya antes se habían referido al escritor. El pretexto para la publicación de ese libro, fue entonces, el centenario del argentino. Una segunda edición de ese trabajo, apareció apenas hace dos meses con el sello de la casa editorial Random House Mondadori México, y por el cual tuve la oportunidad de entrevistar de nueva cuenta a Miguel Capistrán, pero ahora para este suplemento que dirige nuestra querida y común amiga, la maestra Carmen Galindo.
Lo entrevisté en aquel entonces para la agencia de noticias china, Xinhua. Agencia para la que trabajé durante tres años, y la cual se encarga de distribuir información de todo tipo para América Latina y el sur de Estados Unidos desde nuestro país. Nos encontramos en el Sanborns que estaba o está, bajo la entonces Torre de Mexicana. Allá por el sur de la ciudad.
Era Miguel un personaje singular. Yo lo noté la primera vez retraído, tal vez hasta lacónico en su manera de hablar, pero con una memoria fotográfica, con un manejo de datos, lugares y anécdotas que me sorprendieron. Era sin duda, Miguel Capistrán, un hombre inteligente y sencillo. Era un personaje que a mí logró conquistarme porque, debo confesarlo, además, era un respetuoso conocedor de uno de los escritores mexicanos que más admiro, don Jaime Torres Bodet, miembro importante de Los Contemporáneos y figura indispensable en el desarrollo de nuestra historia cultural.
Recuerdo a Miguel y su compañía, en la aventura que desde hace ya varios años, he venido emprendiendo, como predicador en el desierto, al tratar de revalorar el trabajo del escritor veracruzano, Rafael Solana. Personaje al que por cierto, Miguel entrevistó en algunas ocasiones y del que conocía partes muy importantes de su trabajo.
Una tarde en la que nos encontramos, no recuerdo si fue en Bellas Artes, o en algún otro lugar, le revelé un nuevo hallazgo. Pues había yo localizado un artículo de Rafael Solana en el que se refería a Jorge Cuesta. Escritor al que conoció personalmente el autor de Debiera haber obispas.
Al saberlo Miguel, pede ver en su mirada, el brillo del cazador que al dar con la presa deseada, se precipita para asirla con las manos y no dejarla escapar. Tal fue la expresión de mi amigo, a quien confieso, aunque quedé en darle dicho texto, jamás lo hice; y no por que no quisiera hacerlo, sino por falta de tiempo, ya que las tareas en las que me encontraba ocupado en aquel momento me absorbían sobremanera el tiempo que a veces juzgaba yo, era para mí. En ese entonces me desempeñaba como Coordinador de Comunicación Social en el Senado de la República, responsabilidad ciertamente, aunque apasionante, demasiado absorbente.
Creo que Miguel lo entendió y sólo me reduje a darle algún rasgo de la opinión y de la manera en que Solana conoció a su paisano Cuesta.
Me tocó ver a Miguel afligido por cuestiones que tenían que ver con el presupuesto y el apoyo a sus trabajos de investigación, por parte de las autoridades encargadas de apoyar y difundir el trabajo, el esfuerzo de hombres que como Miguel Capistrán, se empeñaron en legar a las generaciones siguientes, a nuestro país, una memoria histórica de nuestra literatura.
Es una lástima que no exista en este país, a esta altura de nuestra vida nacional, un compromiso, un esfuerzo real, claro, contundente, por apoyar a nuestros investigadores (en todas las ramas del saber). De nada sirven las condolencias o los pesares expresados por las autoridades al morir estos personajes como Miguel Capistrán, si durante su vida, al buscar el apoyo de las autoridades que “administran” la mal llamada “cultura”, para difundir y dar a conocer su trabajo, padecieron lo que no debían padecer.
Doble discurso y falsa verdad la que propagan a través de la prensa los funcionarios “culturales”.
Capistrán iba a ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua, el pasado 9 de octubre. No llegó a la cita, sin embrago, la Academia, estará editando su discurso de ingreso en forma de plaquette, será muy importante conocer lo que Miguel había preparado para fecha tan memorable en su vida.
Hablé por teléfono con él, hace más o menos tres meses (lo encontré después en dos ocasiones en Bellas Artes, durante un homenaje que se tributó a Borges y en el que estaba la viuda de éste. Lo encontré bastante desmejorado y con un semblante que me preocupó), para invitarlo al homenaje que había yo preparado con motivo de los 20 años de la muerte del escritor Rafael Solana y que se realizaría el 10 de octubre en la Capilla Alfonsina.
Me preguntó como siempre, de manera breve y afable, cuándo sería dicho homenaje, cuando le respondí, me dijo: “No puedo, para el 9 de octubre estaré ingresando a la Academia de la Lengua y estoy preparando mi discurso”. Lo cual, por un lado lamenté, pues Miguel fue siempre solidario con Solana. Pero por otra parte, me dio gusto el saber de ese reconocimiento y propuesta hecha, entre otros, por Ernesto de la Peña, para que un investigador literario del calibre de Miguel perteneciera a esa Academia.
El enterarme de la muerte de Miguel Capistrán fue impactante para mí. Me comuniqué con Carmen Galindo y le pregunté si la información difundida por El Universal en su portal electrónico el 25 de septiembre, dando cuenta de la muerte del investigador, era cierta. Carmen me confirmó lo dicho por tal periódico. Hablamos y nos lamentamos por su pérdida; entre otras cosas, ella me dijo la frase de Sergio Fernández al saber la triste noticia: “Ya estará en el paraíso platicando con Los Contemporáneos”. Sin embargo, yo prefiero imaginarlo como el Dante en la Divina Comedia: En el Limbo y en una constante plática con el resplandeciente Jorge Cuesta, con Xavier Villaurrutia, con Novo, José Gorostiza y Torres Bodet. Y por supuesto con su admirado Jorge Luis Borges. Descansa en paz querido Miguel.
